Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) cumplió con entregar los resultados de la segunda vuelta al 100 por ciento y el país ha recuperado el aliento después de cuatro días de incertidumbre.

Pedro Pablo Kuczynski derrotó a Keiko Fujimori por un cerrado, pero significativo margen de 50.12 por ciento frente a 49.88 por ciento. Es decir, por aproximadamente 41 mil 360 votos.

La expectativa de los fujimoristas por las actas pendientes de contabilización de la votación de los peruanos en el extranjero y en las provincias y distritos del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem) se esfumó cuando estas llegaron a Lima. El resultado fue largamente desfavorable para Keiko Fujimori, quien ha sumado una segunda derrota.

Es la primera vez que un descendiente de germano-polaco ocupará el sillón de Palacio de Gobierno.
El gran desafío de Kuczynski será gobernar con un Congreso copado por el fujimorismo. El legislador de Fuerza Popular, Pedro Spadaro, en una desafortunada declaración, ha manifestado el sentimiento de su organización política ante la perspectiva de la derrota: “El Congreso ya sabemos de quién es”.

Las palabras de Spadaro hicieron recordar el periodo del fujimorato en el que la mayoría naranja imponía su propia agenda contra viento y marea, en un acto que contradice las prácticas democráticas.

Se trata de una inaceptable expresión autoritaria de quienes suponen que el voto popular es una licencia para hacer los que les da la gana. La ex candidata presidencial del Frente Amplio, Verónika Mendoza, respondió contundentemente al fujimorismo: “No, señora Fujimori. El Congreso no es suyo. Es del pueblo. Y el pueblo se lo recordará cada vez que sea necesario”.

Los 73 congresistas que ha conseguido Fuerza Popular ubican al fujimorismo en una posición ante la que Kuczynski estará obligado a negociar. El consenso no es imposible, pero debido al conocido perfil de los fujimoristas, será un largo camino. Pasará un buen tiempo antes que los seguidores de Keiko Fujimori asimilen la derrota.

Cuando aparecieron las últimas encuestas autorizadas, Keiko Fujimori parecía haberse asegurado la victoria sobre el candidato de Peruanos por el Kambio. Pero fueron los propios actos indebidos de los fujimoristas que motivaron que un importante número de electores sintiera miedo ante un gobierno de Keiko Fujimori que repitiera las prácticas de su padre, el recluso ex mandatario Alberto Fujimori.

El punto clave no fue que un testigo de la policía antidrogas estadounidense (DEA) informara que este organismo investigaba al secretario general de Fuerza Popular, Joaquín Ramírez, por presunto lavado de activos. Lo que fue letal fue que el jefe de la campaña fujimorista, José Chlimper, filtrara a un medio de comunicación amigo un audio trucado en el que dicho testigo se desdecía de lo que había afirmado.

Esta burda maniobra demostró que el fujimorismo no había cambiado y que la imagen que durante toda la campaña había proyectado Keiko Fujimori era un simple maquillaje.

Ahora Kuczynski deberá gobernar con un partido marcado por la soberbia de ser mayoría en el Congreso y por el mal humor de una derrota que creía imprevista.

La República