Centroamérica, una región pobre que expulsa a su propia población por falta de oportunidades, tiene que lidiar con un fenómeno en el que solo está presente por razones geográficas. Si no estuviera atravesada en el camino, ninguno de estos trashumantes del siglo XXI estaría en su territorio.

El mundo se encuentra en un momento de grandes migraciones. Hay enormes contingentes de población que no tienen las condiciones mínimas para vivir y deben moverse buscando alternativas. Es una tragedia: nadie se va del lugar en donde vive, abandona sus referentes primarios, su familia, sus parientes, sus amigos, el paisaje que conoce, la lengua que habla, si no está compelido por la necesidad más apremiante.

Las razones son la pobreza, la guerra, el cambio climático. Son las consecuencias calamitosas de siglos de colonialismo y neocolonialismo que hoy pasan la factura. Quienes son los principales causantes de todo esto no saben qué hacer. Las viejas potencias coloniales levantan murallas y se atrincheran, viven un estado de psicosis permanente ante las oleadas de seres humanos que llegan a sus puertas y no cesan.

La pujante Alemania, en Europa, y los Estados Unidos en América, son los grandes focos de atracción. Los alemanes, que llegaron tarde a la rapiña colonial del siglo XIX, intentaron en el siglo XX recompensar esa falencia y conquistar territorios que pudieran surtirla de fuerza de trabajo y materias primas. Hoy, después de sus anteriores fracasos, que terminaron en grandes confrontaciones bélicas dejándola derrotada en una esquina del cuadrilátero, vuelve a la carga con otra estrategia, sangrando al sur de Europa cuyos capitales y fuerza de trabajo más capacitada alimentan su pujante desarrollo.

Los Estados Unidos se encuentran en otra situación. En el trasfondo de sus bravuconadas bélicas y su prepotencia está el sentimiento de fin de fiesta; son una potencia en declive cuya primacía mundial es por primera vez cuestionada seriamente por otras potencias emergentes, y sus respuestas a esta situación son propias de un época de crisis aguda.

Donald Trump y sus ascenso vertiginoso en la escena política es un claro ejemplo en este sentido. Los mismo republicanos están asustados de la bestia que han liberado pero, ahora, no les queda más que cabalgarla.

Trump ha hecho de los migrantes que llegan del sur un referente de su campaña política, y lo único que se le ocurre es hacerlos blanco de insultos y proponer planes descabellados para frenar su llegada.

Independientemente de lo que quiera Trump, la migración hacia su país no se detendrá. Puede ser que se torne más difícil, que haya más muertos en el camino, pero nada detendrá la marea humana que no tiene alternativas.

Centroamérica es una región cuyas élites gobernantes, especialmente las del Triángulo Norte, han hecho de la migración una solución para su incapacidad de generar políticas sociales inclusivas. Son cientos de miles los centroamericanos que parten huyendo de la violencia y la pobreza.

Pero recientemente ha salido a la luz una nueva dimensión de este fenómeno, el de migrantes africanos que intentan cruzar la región provenientes de Brasil y Colombia. Han cruzado el océano de polizontes en barcos mercantes, y luego se arriesgan en travesías peligrosísimas hasta llegar a Centroamérica.

Se aglomeran en las fronteras de Costa Rica y Panamá, como hace no mucho lo hicieron cubanos. Para estos hubo solución y prácticamente todos se encuentran ahora en los Estados Unidos. Por razones políticas, tienen privilegios en ese país que no tiene ningún otro tercermundista.

Eso lo están viviendo en carne propia los africanos.

Hace tan solo una semana, un muchacho de 23 años murió en la calle de un pueblecito cercano a la frontera con Nicaragua, en donde no los dejan pasar bajo ningún concepto. Antes murieron otras dos mujeres, y ninguno tiene las más mínimas condiciones para vivir.

Centroamérica, una región pobre que expulsa a su propia población por falta de oportunidades, tiene que lidiar con un fenómeno en el que solo está presente por razones geográficas. Si no estuviera atravesada en el camino, ninguno de estos trashumantes del siglo XXI estaría en su territorio. Y quienes han sido los causantes del problema ven para otro lado y se lavan las manos.

*Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.