Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La disyunción fuerte que supone la segunda vuelta plantea escenarios a veces esquemáticos y la que llega a su fin este domingo no es una excepción. A lo largo de esta, las dos fuerzas en contienda han identificado carencias y culpas en la candidatura rival y, por el solo hecho de ser la única alternativa a ella, han tratado de presentarse como la expresión más cabal de la virtud que permitiría conjurarlas.

La verdad, sin embargo, es que una cosa no se desprende necesariamente de la otra. La inexperiencia de un potencial gobernante en los asuntos públicos, por ejemplo, no hace a su contrincante automáticamente experto en ellos, ni las permanentes marchas y contramarchas de un postulante en sus decisiones de campaña convierten al otro en la suma de la resolución política.

En esa misma línea, entonces, es importante resaltar que la acumulación de cuestionamientos morales en torno a quienes están de un lado de la actual disputa electoral no santifica por ‘default’ a quienes se alinean en la trinchera opuesta, pues esa es una ilusión óptica que algunos actores políticos parecen querer crear en estos días entre la ciudadanía.

En la presente coyuntura, efectivamente, el recuerdo del autoritarismo y la corrupción de los noventa, sumado a las nuevas sombras que se ciernen sobre varios de los rostros más importantes de Fuerza Popular, ha determinado que algunos, al rechazar una opción éticamente contaminada, intenten estratégicamente procurarse para sí mismos una limpieza contagiosa.

Así, hemos visto recientemente a algunos actores políticos que, aunque cargan desde hace tiempo su propia ‘mochila’, han expresado –abierta o crípticamente– su respaldo a la candidatura de Peruanos por el Kambio (PPK) argumentando que lo hacen porque no se puede transar con la turbiedad que entraña la de Keiko Fujimori, como si al proclamar los cuestionamientos ajenos pudieran disolver, de forma asolapada, los propios.

Muchos de ellos, sintomáticamente, forman o han formado parte del actual gobierno o de la frustrada aspiración de llegar nuevamente al poder que el humalismo abrigó al inicio de este proceso electoral. Ahí están, desde luego, el ex ministro del Interior y desembarcado candidato presidencial del oficialismo Daniel Urresti y su compañera de fórmula (y ex alcaldesa de Lima), Susana Villarán. Y también, claro, la primera dama.

De paupérrimas gestiones en las responsabilidades públicas que les tocó cumplir, Urresti y Villarán enfrentan, adicionalmente a esa carga, cuestionamientos de diversa naturaleza. Él, por las acusaciones todavía no despejadas sobre su presunto involucramiento en la muerte del periodista Hugo Bustíos; y ella, por haber olvidado su antiguo compromiso con los derechos humanos al aceptar integrar una misma plancha con él (así como por haber faltado a su palabra de no presentarse a la reelección municipal en el 2015).

Todo esto, no obstante, parece solo un eco lejano cuando pregonan que hay que estar contra la postulación fujimorista porque “sigue estando envuelta en la oscuridad” o “solo por amor a la democracia, solo por rechazo a la corrupción”.

Más clamorosa todavía es, sin embargo, la situación de la señora Nadine Heredia, enredada en el affaire de sus agendas –primero negadas y luego aceptadas– y las posibles derivaciones que ellas acarrean respecto de los fondos de campaña del nacionalismo en los pasados procesos electorales. Un feo asunto que no la turba a la hora de modular mensajes como: “Narcotráfico y lavado, marca personal del fujimorismo” o “Mentir, insultar, difamar, adulterar conversaciones, en nada han cambiado los fujis”.

Entiéndasenos bien: los inquietantes indicios de la subsistencia de los viejos vicios y la presencia de algunos nuevos en el entorno de la candidata de Fuerza Popular merecen ser denunciados, y así lo hemos hecho en estas páginas. Pero no por eso hay que dejarse aturdir por quienes quieren aprovechar la ocasión que ello les da para intentar desentenderse de los cuestionamientos que pesan sobre ellos. Un esfuerzo, digamos, de escurrirse ellos mismos por la puerta chica. Más de un actor político pretende escapar de los cuestionamientos propios a fuerza de pregonar los ajenos.

El Comercio