Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Muy pocos hechos en la historia de Colombia pueden ponerse al nivel del ocurrido este 23 de junio. Hay que decirlo con total claridad: la firma del fin del conflicto armado entre el Estado y las Farc es de una trascendencia colosal. La organización guerrillera más grande y antigua del país se ha comprometido a cambiar fusiles por argumentos. Y lo hará siguiendo una hoja de ruta que incluye plazos concretos, y un procedimiento transparente que será en todo momento sujeto a verificación de la ONU. Así empieza a debilitarse el que ha sido el más trágico de los sinos que han acompañado a Colombia desde su constitución como república: el del vínculo entre la política y las armas.

La alegría que se reflejó en el rostro de quienes estuvieron presentes en La Habana para ser testigos de la firma de este punto del acuerdo, así como en el de millones de colombianos, es de una naturaleza muy potente. Surge de la perspectiva, cada vez más sólida, de que les dejaremos una patria mejor a hijos y nietos.

Que en el último tiempo la confrontación armada se haya circunscrito a unas pocas regiones no oculta la manera como impregnó muy disímiles aspectos de la vida cotidiana de la nación. De una u otra forma, su impronta está dolorosamente presente en la historia personal de más de 40 millones de colombianos, y entre ellos más de 6 millones de víctimas cuyo alivio, por medio de la verdad, la reparación y la garantía de no repetición, ha sido el gran motor de esta negociación.

Hoy se puede celebrar que finalmente se vislumbre como algo factible el que vastas regiones del país puedan vivir sin la zozobra de la guerra y con la certeza de que habrá presencia de instituciones para facilitar la convivencia y proveer bienes y servicios tan básicos como la justicia, la salud y la educación. Miles en estas regiones podrán coexisitir en un marco de dignidad, y no bajo la deshumanizante ley del más fuerte.

Ilusión y reconocimientos aparte, procede advertir sobre la importancia de no perder el polo a tierra, que tiene dos bifurcaciones. Una es la de la necesidad de terminar las tareas aún pendientes para la mesa, que incluyen temas que no son de poca monta. El gran reto ahora es llevar a la práctica los acuerdos con el máximo rigor, para que no queden poros por los que se filtre el germen de un nuevo conflicto. Aquí se debe incluir el desafío de robustecer con ingenio y buena pedagogía la masa crítica que acudirá a las urnas en caso de que la Corte Constitucional avale el plebiscito para que la refrendación de los acuerdos les dé a estos el blindaje político que requieren.

La segunda pasa por entender que, independientemente de lo positivo de la firma, este es el comienzo, no el fin, de una hoja de ruta que busca transformar a Colombia.

Del acuerdo final se pueden esperar el silenciamiento de los fusiles y la primera piedra de una construcción colectiva que nos atañe a todos. Y esto es fundamental: la clave de la paz estable y duradera está en asumir que esta no vendrá por arte de magia. Que cada colombiano identifique cómo puede hacer su aporte para que la herida que ayer paró de sangrar pueda cicatrizar.

El Tiempo