Gradualmente, Venezuela se ha ido convirtiendo en una sociedad secuestrada por la cultura del miedo. Condición que a su vez conlleva consecuencias en la estructura afectiva y en las relaciones interpersonales, especialmente con “el otro” diferente, que percibo como adversario o como un peligro para mi seguridad.

En la Venezuela actual conviven (o mal-viven) la inseguridad como problema social, la agenda político-mediática sobre el tema, los discursos de la mano dura y la “justicia por mano propia”, la construcción social del sujeto “peligroso” y las políticas de seguridad del Estado.

Estudiosos del tema aseguran que la empatía y sensibilidad -fundamentales para identificar al otro como sujeto de derechos humanos- ceden paso al miedo, la angustia y conducen a la ciudadanía a exigir el restablecimiento de condiciones de seguridad aunque ello conlleve, incluso, aceptar la violencia del Estado o simplemente la violencia. “Sin querer queriendo” se erige la imagen de una violencia negativa del “otro” amenazante, que salta a la condición de enemigo”. Suerte de víctima sacrificial, que, cual chivo expiatorio, devolvería la tranquilidad a la sociedad y el orden al Estado.

Además del toque de queda autoimpuesto, surgen en el país nuevas sensibilidades (o insensibilidades) que dan lugar a fenómenos tales como la disociación empática, los linchamientos simbólicos de carácter mediático y por redes sociales.

La empatía es la capacidad cognitiva de percibir lo que otro ser puede sentir; es “la capacidad de identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”; es un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra. En contraste, la disociación es la desconexión entre cosas generalmente asociadas entre sí y, desde la perspectiva psicológica, es una falta de conexión en los pensamientos, memoria y sentido de identidad de una persona.

La disociación de la empatía explica reacciones indolentes ante determinados tipos de violencia. La disociación de la empatía explica las reacciones ante muertes interpretadas con “purgas sanadoras”. La disociación empática se relaciona con la apatía ante la escenificación de formas crueles de muerte provocadas por el crimen. Un ejemplo claro son los videos sobre linchamientos que circulan “exitosamente” por redes virtuales.

Tal disociación explica, además, los linchamientos simbólicos llevados a cabo por redes sociales, ejecutados por actores aparentemente impulsados por la crisis política y de legitimidad; actores que se encubren en la clandestinidad que les permite el anonimato; actores que actúan colectivamente ondeando la bandera de una supuesta indignación moral que, curiosamente, se expresa en hogueras virtuales y en la violencia de un linchamiento simbólico a través de las redes.

*Socióloga, docente universitaria. Directora Ejecutiva cel Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, coordinadora del Observatorio Global de Medios de Venezuela.