“Quiero matarte y cogerte”. Eran las 5 y 46 minutos de la tarde. Yamile Bolaños siempre anda sola. El 10 de marzo del 2010, muy temprano en la mañana, había salido a Tinaquillo, al Banco Agrícola, a ver cómo conseguía financiamiento para equipar un pozo que instalaría en su parcela, parte de una tierra recuperada en la lucha campesina. Por la tarde regresaba a su casa. El esposo de Yamile manejaba un camión comunal, pero ella no quiso llamarlo y pedirle que la buscara porque pensó que él ya tenía muchas cosas que hacer. Así que se quedó en un restaurante con la expectativa de que algún conocido pasara y la llevara. “Miré hacia fuera y había un hombre sentado así, con la cabeza agachada, con una gorra metida hasta casi taparle los ojos, con la camiseta puesta sobre un hombro, botas plásticas negras y pantalón de jean. Un obrero cualquiera”. Luego miró hacia el puesto de la Guardia Nacional e identificó la camioneta de “El Juez”, como le dicen a un vecino de la zona. Corrió en su dirección. Pidió la cola hasta su casa y “El Juez” aceptó llevarla. Entonces el hombre que había visto antes fuera del restaurante corrió también hacia la camioneta, se paró detrás de Yamile y pidió el mismo favor que ella. “El Juez” le dijo que sí.

Llegaron a Santa Elena, zona de montaña, un lugar solitario con monte a lado y lado de la carretera. Ella se bajó en la “Y de José Leal” y el carro siguió hacia la vía de Guárico. “Me di cuenta de que el hombre también se bajó donde lo hice yo. Empezó a caminar delante de mí y volteaba a mirarme, ahí sentí mucho miedo, así que saqué mi teléfono, llamé a mi esposo y le dije ‘venme a buscar a la Y de José Leal’. Cuando el hombre vio que estaba hablando por teléfono me agarró, no me dio tiempo de decir más nada”.

La golpeó con una piedra, la arrastró por el cabello hasta el monte, la tiró al suelo, le arrancó la blusa, le mordió un seno. “No te has muerto, maldita”. Le introdujo la mano en la vagina. “Me hizo de todo. Fue espantoso, horrible.”

No sabe cuánto tiempo pasó hasta que se escuchó un carro que se acercaba. El hombre se fue corriendo. Yamile tuvo fuerzas para levantarse y salir hasta la carretera. Era su esposo que llegaba en el camión. “Llegó a tiempo de salvarme la vida”.

“Politraumatismos generalizados, múltiples hematomas en pecho, espalda, cara, contusiones, párpados color violáceo y edematizados, signos de inflamación, herida en párpado derecho que hubo que suturar. Estaba confundida, en estado de shock, casi no hablaba, se le suministró el tratamiento de inmediato.” Dejó escrito la médico que la atendió.

Eran las 5 y 46 minutos de la tarde. Yamile lo recuerda exacto porque fue la hora que le dio al atacante cuando se la pidió unos instantes antes de abusar de ella.

¿Por qué a mí?

El fundo zamorano General Manuel Manrique, donde se encuentra la parcela de Yamile, está ubicado en el sector Santa Elena, estado Cojedes. Antes eran más de 4423 hectáreas improductivas, utilizadas solo para explotar madera. “Atendimos al llamado del presidente Chávez sobre rescatar los terrenos improductivos y así fue como la familia de mi esposo estuvo desde el principio en esa lucha. Yo me incorporé al fundo en el 2004, cuando estaba todo en pleno papeleo, en medio de la legalización de los títulos para que las familias campesinas empezaran a trabajar. Ahí comenzó mi lucha por los beneficios sociales que nos correspondían como seres humanos, como personas que quisimos ir a trabajar al campo. Empezamos a luchar por el agua, por la vialidad, luego por la delimitación del espacio de cada familia parcelera. Formamos  un consejo comunal, en el que soy vocera de administración. En el 2005, cuando las tierras pasaron a ser fundo zamorano, empezamos a organizarnos mejor”. De esta organización se conformaron dieciocho cooperativas y varios productores independientes. Yamile y su familia pertenecen a la cooperativa “El Futuro en Varias Manos”.

“Una de mis luchas es para que los recursos que sean destinados a la comunidad sean distribuidos con equidad, que no queden en manos de individualidades. Por esa razón en el 2010, cuando toqué intereses de algunas personas, me ocurrió lo que me ocurrió ese 10 de marzo. Intentaron matarme”.

Argenis Vides se llama. No está claro quién lo mandó. Ese día se quitó la correa para tratar de asfixiarla. “¿Por qué? Porque no me callo, porque siempre he sido la que lleva la voz cantante, la que habla más duro, la que más confronta ante las injusticias. Porque no permito desvíos de dinero, eso no va conmigo, nací pobre y moriré pobre, pero quitarle medio a una comunidad jamás y nunca lo voy a hacer ni lo voy a permitir”.

¿Quién soy yo?

Yamile es vocera del Polo Agrario Socialista Ezequiel Zamora, que agrupa los seis fundos zamoranos del estado Cojedes, vocera de la unidad ejecutiva de la Comuna Libertadora Manuelita Sáenz, que agrupa a doce consejos comunales, entre ellos el fundo zamorano General Manuel Manrique, y en el consejo comunal Santa Elena es coordinadora de transporte.

Cuenta que su padre, José David Bolaños, era un luchador social que siempre trataba de conseguir los beneficios sociales para las personas de las comunidades en las que vivía. “Me crié viendo lo que hacía y andaba con él para todas partes”. A los nueve años se mudaron desde el estado Táchira hasta Miranda, a Filas de Mariche. No tenían luz, ni agua. A los diez años le tocaba salir hasta Petare para buscar un camión cisterna todos los fines de semana y llevar agua a su comunidad. “Ahí empezó mi militancia. A los 16 años me casé, tuve dos hijos y me fui a vivir a Valencia. Tuve mi tercer hijo y continué con mi lucha social. Nunca he parado”. Participó en la fundación del barrio Brisas del Funval del estado Carabobo. Más tarde se mudó a Cojedes y comenzó una nueva pelea por las tierras en manos de los terratenientes.

A la vez que se ocupaba de sus hijos y militaba en el movimiento campesino, trabajaba en el Ministerio de Sanidad, primero como aseadora, luego como ayudante de cocina, pasó a ser cocinera, después secretaria, y finalmente a encargada de la farmacia en un ambulatorio, así durante 29 años. Tras una lesión en el brazo derecho la incapacitaron y ahora espera la pensión.

“Antes del comandante Chávez también luchábamos, la lucha por la tierra en mi vida siempre ha existido, la diferencia es que los logros no se mantenían en el tiempo. Por ejemplo, en Valencia logré recuperar cuatro lotes de tierras para hacer un barrio, pero no era solo el espacio, era adecuarlo con lo básico, que dejara de ser un lugar sin nombre, anónimo y que pudiéramos tener derecho a agua, a vías. Pero si el Gobierno de turno quería nos lo quitaba y ya. Nosotras levantábamos nuestras casas como podíamos, porque eso de que le hagan casa a uno es desde ahorita, de la Revolución para acá. Esto ahora es justicia social y es lo que más me atrae porque el bienestar de la comunidad es mi propio bienestar, lograr nuestros objetivos trazados es mi satisfacción. Esa soy yo.

“Mujeres, sigamos adelante”

Cuando estaba a punto de salir del hospital recibió una visita en su casa. Seis hombres armados, vestidos de negro, le preguntaron por ella a su hijo. “Él les respondió que era un trabajador de la parcela, que no me conocía y no sabía dónde estaba yo. Me llamó, yo iba camino del hospital a la casa, así que llamé a la policía y a la Guardia Nacional (GN) y me brindaron protección”. Estuvo una semana quedándose en el comando de la GN. Al salir estuvo resguardándose en diferentes sitios del país, “pero un día pensé: donde    sea que esté, si me van a matar, va a pasar si ese es mi momento, ¿de qué me sirve estar escondiéndome? No hice nada malo, no le hice daño a nadie. Ahí volví a mi casa”.

Sus hijos, su familia entera, le piden que abandone la militancia. No deja que le terminen de preguntar si después del ataque dudó, contesta, atrapando la frase a medio terminar, un no rotundo y definitivo, porque, dice, siente que lo que hace le corre por las venas, que algo más grande la llama, la hala, la mantiene ahí.

Un tejido profundo une a las mujeres como Yamile con la militancia. Ella, como la luchadora paraguaya Magui Balbuena, coinciden en que siempre aparecen nuevas necesidades, en que hay que buscar con insistencia las condiciones de equidad, sin diferencias de clase, por eso no hay un “hasta aquí”, no ven una hora de detener el camino que se han trazado.

Ser mujer, pobre, madre, obrera y asumir el liderazgo en los procesos de transformación social es la realidad de muchas compañeras, quienes casi siempre permanecen en el anonimato. Esta vez Yamile quiso asumir un quiebre. Seis años después de haber sido atacada persiste en que una mujer por liderar procesos y “estar sola” (esa forma ya normalizada de describir la situación en la que no estamos junto a un hombre) no puede quedarse pasiva. “A las mujeres que como yo están militando, que por mujeres se sienten más amenazadas, les digo que después de todo lo que he vivido, de esa agresión, después de los golpes, de todo esto que no es nada más físicamente sino todo lo que quedó adentro, las lesiones y heridas que no se cierran, las que nunca podré cerrar, después de las noches de tormento que a veces vuelvo a vivir, no me avergüenza decir que sí quedé traumatizada, que sí tengo miedo, pero la misma lucha me da el valor para seguir adelante”.

El 12 de agosto del 2011, Argenis Vides fue condenado a 18 años y cuatro meses de cárcel por homicidio calificado en grado de frustración y violencia sexual agravada. Han apelado su sentencia argumentando que Yamile no puede ser víctima y testigo al mismo tiempo, y que no fue lo suficientemente golpeada como para asegurar que Vides quería asesinarla. No sabe qué esperar si sale en libertad antes de terminar la sentencia. Con él o no en la cárcel ya han vuelto a amenazarla, pero ella sigue y sigue.

“Compañeras, compatriotas, amigas, madres, hijas, hermanas, abuelas: sigamos, avancemos. Nuestra pelea no se termina ni siquiera cuando se termina la vida de una de nosotras. El día que yo no esté habrá otras con más liderazgo que yo. Moriremos unas, pero otras nacerán para continuar”.

La Cultura Nuestra