Verdaderos negociantes de “la verdad”, aupados por esto exitosos negocios de salvación, han llegado a detentar nada deleznables cuotas de poder como diputados, ministros o presidentes.

En las décadas del setenta y ochenta del siglo XX las iglesias pentecostales, conocidas popularmente como “evangélicas”, hicieron su aparición masiva en América Latina. Vinieron desde el norte de la mano de la Política de Seguridad Nacional, como estrategia para contrarrestar la influencia de aquel otro cristianismo, católico, en el que tenía influencia las ideas de la Teología de la Liberación.

Fueron parte importante de la dimensión cultural de la ofensiva conservadora en la guerra que se libraba entre quienes cuestionaban el estatus quo y quienes lo defendían. En países como los latinoamericanos, profundamente católicos desde la conquista europea, crearon verdaderos cismas en la base de las comunidades que, de pronto, se encontraron divididas.

Su influencia se extendió con el tiempo, prohijada por la inoperancia de una Iglesia Católica cada vez más desfasada de la realidad, y dio paso a una característica que, al principio, no estaba tan presente, la de ser un lucrativo negocio.

Ambas dimensiones, la ideológico-cultural y la lucrativa, se combinaron creando con el tiempo verdaderos emporios que no desperdiciaron la oportunidad de traducir su poderío al ámbito de lo político.

Tal cóctel explosivo ha dado como resultado un fenómeno social que bien puede calificarse como uso mafioso de los sentimientos religiosos de la población. Bajo su sombra han florecido negocios de “salvación”, algunos de los cuales han dado lugar a algunas de las principales fortunas de nuestros países.

Verdaderos negociantes de “la verdad”, aupados por esto exitosos negocios de salvación, han llegado a detentar nada deleznables cuotas de poder como diputados, ministros o presidentes.

Un caso histórico es el del ex general Efraín Ríos Montt, en Guatemala, que a principios de la década de los ochenta del siglo pasado, siendo pastor de la conocida como Iglesia del Verbo, comandó como presidente de facto de la nación una de las mayores carnicerías de las que se tiene memoria en ese país desde los tiempos de la conquista. Mientras sus tropas avasallaban a la gente diezmando aldeas enteras que desaparecían de la faz de la Tierra, él hacía uso de la televisión para lanzar proclamas moralizantes de inspiración neopentecostal sobre las normas que consideraba necesarias para el convivir cristiano.

Tal hipocresía parece ser la norma de estos que se autoproclaman “pastores”. Un ejemplo patético lo hemos vivido recientemente en el proceso que se le ha seguido a la presidenta Dilma Rousseff en Brasil, pero no es ese, ni mucho menos, el único lugar en donde esta moral farisea se hace presente.

En Costa Rica, por ejemplo, diputados autodenominados cristianos son un dechado de inmoralidad y conservadurismo. Hubo uno, por ejemplo, que siendo dueño y rector de una “universidad” privada, se otorgó a sí mismo el título de jurista tras cursar dos años en esa “su” universidad. Luego, fue acusado por un par de mujeres a quienes trató de seducir en un hotel de paso. Como otros de su calaña, inmersos todos en negocios de embaucamiento espiritual, es férreo defensor de una moral que denominan cristiana, y que tiene que ver con una lectura sesgada, según su conveniencia, de la Biblia.

Las bancadas cristianas de los parlamentos latinoamericanos son bastiones de ideologías retrógradas manejadas a gusto y antojo por ignorantes empoderados por su histérico manejo de las masas necesitadas de un sentido de vida. Si por las vísperas sacamos el día, en el contexto de la cada vez más vacía sociedad de consumo seguirán creciendo en el futuro y su poder político aumentando.

(*) Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.