Los millones de colombianos que viven las ciudades —ya todas tan grandes y contaminadas— han oído la palabra vereda como algún lugar que queda “por allá en el campo”. Para ellos existen el barrio, la calle, la carrera. Son sus puntos de orientación, referencia y pertenencia más cercanos. Es ahí donde uno se cría, crece, juega, quizá se enamora de la niña en el parque.

Para los campesinos la vereda es su mundo: ahí viven los abuelos, los vecinos, los amigos; ahí se conoce cada camino, cada atajo, cada quebrada, cada árbol. Hay viejos que saben sobar las coyunturas, curar los dolores de barriga, conocer los tiempos; hay hombres recios que saben mandar y arriar bestias; mujeres que han sido amadas y aman y ayudan a parir a las vecinas. En fin, la historia va dejando su huella en ese mundo, en esos territorios que los vecinos cruzan, donde trabajan, viven, se defienden. Tienen nombres muy bellos: El Encenillo, El Linde, La Sonora, La Media Luna, Dos Aguas, Horizontes. En las zonas de colonización no se habla de veredas sino de trochas: la trocha ganadera, la trocha de los boyacenses, de los santandereanos, de los opitas. En general no hay trochas paisas, pero sí muchas tiendas y fondas.

La vereda es un camino, la trocha también, pero ambas son áreas definidas que recuerdan por dónde se llegó, o dónde pega el viento, o qué se ve. Otras toman el nombre de la hacienda que dominó o domina la vida económica de la región. Para quien nació ahí, sus límites son precisos: de la quebrada, o del caño, al quiebre de aguas; del claro aquel al camino de…

En una vereda hay autoridades respetadas, hay historias conocidas, hay apellidos que dominan y se cruzan. Hay obras que se hacen en común: una carretera, un acueducto, una cooperativa. Una vereda es el gentilicio más simple, el primero, el que no se olvida. Pero una vereda o una trocha es para los municipios, sus cabeceras político-administrativas, un feudo electoral, un por allá de donde vienen a pedir o a donde hay que ir a traer al muerto recién muerto. Los municipios absorben y se sorben las veredas, las suplantan, las usan y las ignoran. Pero la vereda, como el barrio, es, después de la familia, el lazo más simple de unión colectiva, de identidad ciudadana, de poder local. Las juntas de acción ciudadana las representan. A pesar del peso del clientelismo, en esas células funciona una democracia directa, cara a cara. En general la vereda es manejada por el municipio y sus derechos son apropiados y expropiados por la cabecera. Las “partidas” —es decir, la plata que por ley se les debe dar— se contabilizan, pero raramente llegan. Los contratistas de obras veredales son del municipio o del departamento y siempre —invariablemente— de la cuerda del alcalde, y contribuyen con sobreprecios a financiar las campañas electorales.

Es necesario, urgente, que ese poder local sea reconocido como una nueva unidad político-administrativa. O mejor, que se le reconozcan sus derechos de ser fuente del poder para poder hacer en su provecho. Si la familia es, según se dice, la célula de la sociedad; en el campo, la vereda es el tejido y el órgano primo. En un futuro no lejano, la nueva Asamblea Constituyente tendrá que ocuparse del reordenamiento territorial sobre la base no de los intereses electorales del clientelismo histórico, sino de un auténtico poder local, la vereda, la comunidad, la comarca, la región.

Si se quiere institucionalizar la propiedad en Colombia con base en el trabajo, es imperativo reconocer la vereda, en ella se esconde su secreto y su tradición. ¡El asunto que tanta sangre ha costado!

*Sociólogo, periodista y escritor colombiano.