La brisa marina sacude el follaje de los cocoteros y los rayos del sol caen directamente sobre la playa de arena blanca. En el día, el paisaje es encantador en Miami, tanto que a muchos visitantes les desata el deseo de quedarse; pero por la noche, ninguna persona desea estar aquí.

Aunque está a unos 15 kilómetros del centro de Tela, los habitantes de Miami nunca han tenido energía eléctrica, viven casi de manera primitiva, tal como hace 219 años, cuando sus ancestros garífunas llegaron a Honduras. Solo las estrellas y la luna los iluminan cuando el cielo no está nublado.

“En el día es bonito, en la noche es oscurísimo, es feo, ni las uñas se miran las personas”, dijo Carlos Álvarez, un garífuna que cumplió seis meses de vivir frente a la playa.

Basado en la experiencia que le toca enfrentar todos los días, Álvarez (de 42 años) está seguro que sin energía eléctrica “las personas no pueden desarrollarse y se mantienen en medio de la pobreza”.

Álvarez, su mujer Nixa Gotay (38) y su hija Pamela (7) habitan una pequeña casa hecha de paredes de varas y techo de paja. Al lado, en la cúspide de un poste, tienen un panel solar que les costó más de L10,000.

Con ese panel, Álvarez carga una batería para poder iluminar su modesta vivienda por las noches y extraer con una bomba el agua que su mujer necesita para la ropa y bañarse.

“Tuve que hacer un esfuerzo para comprar ese panel solar. Lo único malo es que cuando está nublado no logro cargar la batería en un 100% porque no hay sol”, dijo.

Miami es una franja de tierra que se extiende entre la laguna de los Micos y el mar Caribe. Los habitantes de esta comunidad se dedican a la pesca artesanal y, en verano, les venden comida a los turistas que llegan a esas playas.

En Barra Vieja, una comunidad próxima a Miami, la situación es similar. Los garífunas llegan todos los días a una pulpería a cargar los celulares porque solo allí hay energía. “Usted me mira aquí en esta hamaca tranquilo, pero estoy esperando que se me cargue el celular”, dijo Julio César Lino.

Si quieren estar comunicados, los garífunas le pagan L10.00 al dueño de la pulpería para cargar durante dos horas el celular. El propietario de la pulpería compró una pequeña planta térmica y cuatro faroles para iluminar su negocio un par de horas durante la noche.

Lino, miembro de una organización que defiende la tierra, cree que los Gobiernos “no traen la luz porque siempre están pensando en expulsar a los garífunas para construir hoteles en esta zona”.

Los habitantes de Miami y Barra Vieja, que superan los 500, forman parte del 35% de hondureños del área rural que no tienen acceso a la energía eléctrica.

Según estadísticas del Banco Mundial (BM) y la Agencia Internacional de Energía (AIE), el 97% de la población urbana y el 66% del área rural poseen el servicio de energía eléctrica. El resto no.

En la última década y media, más hondureños han logrado llevar energía a sus comunidades. En 2000, solo el 55% tenía acceso, actualmente el 90%, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Álvarez, quien se dedica a la pesca, está convencido que “si el Gobierno tuviera voluntad, sacaría de la pobreza a la comunidad”.

“Si yo pude comprar un panel solar, el Gobierno podría traer paneles solares para otras personas que no pueden comprar”, dijo.

Por no tener electricidad, los habitantes de estas aldeas tampoco logran contar con agua para desarrollar sus actividades domésticas.

La Prensa