Para este sábado 30 de julio estaba prevista la reunión del Consejo del Mercado Común (CMC) del Mercosur a realizarse en la capital uruguaya Montevideo.

Aunque con el correr de las horas la realización de dicha reunión terminó por desconvocarse, pues ya el Gobierno paraguayo en la persona de su canciller Eladio Loizaga anunció que no participaría porque el gobierno de Horacio Cartes se mantiene firme en su oposición a que la Presidencia Pro tempore del Mercosur sea traspasada al gobierno de Venezuela. A esta oposición y comunicación de inasistencia a la reunión se sumó en las últimas horas el canciller brasileño José Serra quien dio a conocer la posición de su gobierno, sumándose así a la postura paraguaya.

Y aunque otro de los miembros del bloque, la Argentina, mantuvo una posición ambigua en este conflicto, el Uruguay que tiene la Presidencia Pro Tempore hasta este 30 de julio, decidió que a pesar de no realizarse la reunión del Consejo Común y de no acordarse el traspaso de la Presidencia a Venezuela, igualmente finalizaría su mandato y entregaría dicho cargo.

Pero la pregunta que surge en este punto es, ¿quién debería asumir la Presidencia después del Uruguay?… Esta situación es inédita, pues desde su fundación en la ciudad de Asunción, capital del Paraguay en el año 1991 nunca se dio una situación similar.

Según la interpretación del Uruguay y Venezuela, el Tratado establece que la presidencia rotativa es de periodos de 6 meses de duración, debiendo el traspaso sucederse en orden alfabético, por lo cual este 1 de agosto debería recaer en la República Bolivariana de Venezuela.

Según la posición paraguaya, todas la decisiones del Consejo Común deben tomarse por consenso de todos los miembros plenos (Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela). Además de la realización de una Cumbre de Jefes de Estado en la que dicho traspaso se formalice y oficialice. En los últimos días el gobierno brasileño se sumó a la posición paraguaya.

El gobierno argentino no terminó de decantarse por ninguna de las posiciones, o de plantear alguna alternativa, aunque en este momento la crisis ya está planteada y las posibilidades de resolución y continuidad dentro la normalidad tradicional están descartadas.

Aunque las diferentes posiciones tienen una apariencia de divergencias en cuanto a las interpretaciones formales de las normas, lo que en realidad sucede es que las diferencias políticas avanzan aceleradamente a niveles de confrontación que ponen en cuestionamiento los propios cimientos y fundamentos de todo el proceso de integración regional.

Podríamos colocar en uno de los extremos del cuadrilátero al Paraguay y a Venezuela en el otro rincón.

El gobierno paraguayo pidió a Venezuela, a través de su canciller, que ofrezca “gestos de apertura democrática” poniendo en libertad a sus “presos políticos”, pues de otro modo, no habrá consenso para entregar la presidencia a Venezuela.

Por su parte la canciller del gobierno venezolano respondió que el canciller paraguayo que se había formado como funcionario de la cancillería del ex dictador Alfredo Stroessner y que debía mirar a su propias cárceles donde están presos pobres campesinos inocentes víctimas de una masacre utilizada para dar un golpe y derrocar un gobierno legítimo ( refiriéndose a la Masacre de Curuguaty del 15 de junio de 2012 en la que perdieron la vida 11 campesinos y 6 policías, suceso que una semana después, el 22 de junio, sirviera como argumento justificador para la destitución del entonces presidente constitucional Fernando Lugo).

Pero estos “rifirrafes” podrían ser simplemente anecdóticos si no estuvieran indicando síntomas claros de descomposición acelerada del proceso de integración regional llamado Mercosur que hace 25 años atrás se había iniciado de la mano de gobiernos que aunque marcados por el neoliberalismo, estaban emergiendo luego de varias décadas de dictaduras militares en las que la integración regional se realizaba bajo la égida del “Operativo Cóndor”.

Si durante la década del noventa el modelo del Mercosur estaba marcado por la lógica mercantil, en la última década se hizo muy intensa la revisión de su propia arquitectura planteando una alternativa más enfocada a la integración de los pueblos, integración vista como espacio de desarrollo para las grandes mayorías por siempre postergadas, una integración no solo mercantil, sino también social, cultural, científica, en fin, una integración de los pueblos y no solo de las grades corporaciones.

Pero desde hace solo un par de años, con la llegada al poder en Paraguay de Horacio Cartes, Mauricio Macri en la Argentina, la separación de Dilma Rousseff de la presidencia del Brasil y la difícil situación económica y de confrontación de poderes en Venezuela, pareciera ser que hay un intento de redirigir el Mercosur a un modelo de integración pensado en clave corporativa buscando el beneficio de las grandes empresas y transmitiendo una impronta que en lo político mucho recuerda a la dialéctica de la guerra fría.

El Mercosur está atravesando tal vez por su crisis más profunda y extendida desde su origen mismo.

Pareciera ser que la colisión de trenes se vuelve inexorable. Será este 30 de julio, fecha en la que paradójicamente se recuerda en Paraguay el “Día de la Amistad”, el día en que el espíritu de la “buena vecindad entre los pueblos” será reemplazada definitivamente por el inicio del fin de la integración.

(*) Sociólogo y periodista paraguayo