La cuestión que salió a flote esta semana es delicada. En principio pareció una simple protesta de una diputada santandereana, pero con los días y con la ayuda de un procurador se volvió una tormenta que busca tumbar a la ministra de Educación; a su compañera, Cecilia Álvarez, exministra de Comercio; a la senadora Claudia López y a su compañera, Ángelica Lozano, representante a la Cámara, y si la pólvora alcanza, tumbar la Corte Constitucional, sacar al presidente de la República y entronizar al señor procurador general de la Nación.

Todo por cuenta del caso de un niño que se botó desde un pasillo porque lo matoneaban en el colegio por ser homosexual, y porque la Corte lo defendió con sentencias que la enaltecen: el derecho humano a la libre elección de su sexualidad. El señor Ordóñez ha erigido como principio de su mandato la identidad entre homosexualidad y animalidad. El que es marica es una bestia, ruin idea que nace en quién sabe qué secreto que, de hacerlo público, sería bienvenido, señor procurador.

El Ministerio de Educación ha puesto en marcha con cautela y responsabilidad la sentencia del máximo tribunal: “Implementar la educación para el ejercicio de los derechos humanos –en particular el derecho a la identidad sexual– e incorporarlos de manera expresa en los proyectos educativos de todos los colegios del país”. Con apoyo de la ONU se estaba preparando una cartilla de esos derechos para ser consultada con el cuerpo docente y con padres de familia, pero los cruzados leyeron esa orden como una perversa estrategia para colonizar homosexualmente a los estudiantes y obligarlos a entrar en baños mixtos.

Recuerdo la provocadora hipocresía de los curas de los colegios donde yo estudiaba, que nos obligaban a poner las manos sobre el pupitre en la clase de anatomía, cuando ni siquiera se nombraban las partes nobles, pasábamos del ombligo a las rodillas por miedo a que pecáramos. Y claro, pecábamos. Sobra decir que la tal cartilla no ha sido publicada por el Gobierno. Lo que se publicó, con muy mala leche, fue un cuadernillo pornográfico importado.

Montar campañas políticas sobre bases mentirosas ha sido una tradición y así, los cruzados y algunos altos jerarcas de las iglesias, sucesores de san Ezequiel Moreno y de monseñor Builes –“matar liberales no es pecado”–, de quienes Uribe es devotísimo, salieron a las calles de las grandes ciudades agitando la Biblia y bebedizos contra Satanás, que según ellos es de todo y viceversa. Y es aquí donde le nace la otra pata al cojo, porque el ataque contra la homosexualidad y todas las expresiones de orientación sexual es el otro lado del ¡NO! El de le corto la cara, marica; el de aplazar el gustico y el de todos esos dichos de adolescente mal tirado, como diría el viejo López Pumarejo. La campaña por el No se monta sobre la mentira de la impunidad, la de los cruzados ultramontanos en la colonización homosexual.

Hasta ese punto la cosa parecía una mera movida electoral del procurador. Pero cuando salió el mismísimo cardenal Rubén Darío Salazar, con medias púrpuras y todo, a decir que la ideología de género destruye la sociedad, la vaina se puso a otro precio, sobre todo si recordamos que la jerarquía —excepción hecha de monseñor Castro y de otros pocos obispos (Cali, Tibú, Tumaco, Quibdó)— ha sido tan ambigua y timorata sobre los acuerdos de La Habana. “Con la Iglesia topamos”. Como si estuviéramos en el siglo XIX cuando los curas declaraban la guerra a los liberales. La guerra de 1875-1876, llamada de las Escuelas, tuvo un origen similar: liberalizar el sistema educativo, hasta entonces y pese a todo, en manos de la Iglesia.

Cuando a la política se le mezcla púlpito, suenan tambores. Uribe apela a todas las armas de lucha.

(*) Sociólogo, periodista y escritor colombiano.