Dejémonos de pendejadas, como diría Daniel Samper: votar No a los acuerdos de La Habana en el plebiscito es votar Sí a la guerra, no en forma abstracta sino en forma concreta: la continuidad de la guerra en la que estamos, que ha costado 280.000 muertos en la última mitad (1980-2015) y que ya había costado otros 500.000 en la primera mitad (1946-1980).

Mal contados, un millón. Uribe quiere otro millón para que paguen cárcel los guerrilleros. Eso es lo que, en dos palabras, ha dicho. Como lo ha dicho el señor Lafaurie: No nos vamos a dejar quitar las tierras. Los ganaderos de hacienda -que no son los de finca- defienden las tierras compradas a los testaferros porque –argumentan- lo hicieron de buena fe. ¿Y esa buena fe no la certificaron acaso en las notarías cuando Lafaurie fue superintendente de notariado y registro? Es decir, volvemos a toparnos con la mama del ternero: la tierra. El problema sobre el cual ha cabalgado la violencia desde los años 20. Es verdad hecha y sabida que la concentración de la tierra aumentó en los últimos 25 años. El aumento ha costado 280 muertos y cinco o seis o siete millones de desterrados.

Tampoco quieren el señor Uribe ni el caciquismo electoral que, como se dice, otro gallo venga a cantar al gallinero. Eso no les gusta. Defienden la competencia cuando tienen la sartén por el mango, pero cuando se trata de competir con armas parejas, ahí si no. ¡No tanto! Las Farc se han comprometido a transformar su poder de fuego —que nadie ha podido quitarles— en un poder político electoral. Eso era lo que temían los gamonales en el año 84 cuando se fundó la Unión Patriótica y fueron asesinados 5.000 colombianos para impedirlo. La consigna del cojo Montalvo, ministro de Ospina Pérez

: A sangre y fuego contra la oposición. Son esos gamonales de ayer los mismos caciques de hoy, que, como los paramilitares encanados por franca colaboración con la refundación de la patria, comienzan a salir de los pabellones VIP de la Picota. Detrás del No a los acuerdos está el sí a esas sangrientas prácticas para impedir que la oposición participe en política. ¿No fue acaso eso lo que obligó a los liberales en 1899 a levantarse en armas contra Caro, Marroquín y Sanclemente? ¿No fue lo mismo que obligó al liberalismo a estar de todo corazón con los guerrilleros del Llano en los años 50 del siglo pasado? ¿No es acaso esa exclusión la que ha sostenido a las guerrillas de Marulanda y de Gabino? Es la historia: Cuando se cierran las puertas de la política a la oposición, los fusiles hablan por ella.

El señor Uribe quiere que sólo las víctimas de las guerrillas sean reconocidas y accedan a la verdad, la justicia y la reparación. Pero las víctimas del Estado, las que han hecho sus mecanismos y sus aparatos armados legales e ilegales, esas víctimas no cuentan. Es lo que se llama defensa del honor de las FF. AA. Y ya ni siquiera en los cuarteles se orquesta semejante marcha. En La Habana no se ha pactado pasar de agache a la justicia; los guerrilleros han aceptado someterse a la justicia transicional y no a la envenenada y feroz justicia revanchista con que sueña Uribe, que ha sido precisamente con la que se ha alimentado la impunidad. Él lo sabe y por eso pide cerrar también esta vía.

Mirando en conjunto, no se puede dejar de imaginar cómo sería el día después del No, si ese día llegara. Ese No será una orden de batalla sin cuartel dada por ambas partes, y ese cuartel, como dijo Santos, no estará restringido a las zonas marginales y selváticas, serán también las calles y avenidas por donde hoy se comienza a montar en bicicleta.

(*) Sociólogo, periodista y escritor colombiano.