Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Cuando Michelle Bachelet y Evo Morales hayan dejado de ser presidentes de Chile y Bolivia, los dos países seguiremos siendo vecinos. Cuando el juicio de La Haya sea parte de la historia, Chile y Bolivia seguiremos unidos por nuestra frontera común. Porque no tenemos la opción de mudarnos de barrio y porque no se puede reescribir la historia, pero sí podemos escribir un mejor futuro para nuestros pueblos, Chile y Bolivia debieran dejar de construir desconfianzas y en forma gradual debiésemos comenzar a construir integración. Un diálogo sin exclusiones, con todos los temas sobre la mesa, pero no en La Haya ni en foros internacionales, sino directamente entre los países involucrados, es esencial para poder dejar de aparecer como los países taimados de la región.

Como cualquier declaración sobre Bolivia inmediatamente genera sospechas en Chile, parto diciendo que, como todo compatriota, estoy por la defensa de nuestra soberanía. Como latinoamericanista acérrimo que soy, lamento que Bolivia haya llevado un tema que debió seguir siendo bilateral a una corte internacional en La Haya. No entiendo por qué unos jueces en el viejo mundo tienen que intervenir para decidir una diferencia entre dos países vecinos y pueblos hermanos, gobernados a su vez por dos líderes que defienden la integración.

También aclaro que no quiero reescribir la historia. Chile ganó la Guerra del Pacífico. A partir de tratados legítimamente firmados, no hay cuestiones pendientes sobre el territorio que pasó a ser chileno producto de esta guerra. Creo que Bolivia equivoca el camino al tratar de imponerse por la vía judicial. Tampoco me parece que el mejor camino sea victimizarse en la arena internacional y culpar a Chile por el subdesarrollo que ha sufrido Bolivia. También creo que es un error pretender polarizar las tensiones entre dos países hermanos. Introducir lenguaje bélico a lo que debiera ser una discusión política solo favorece a los defensores de carreras armamentistas y obliga a los gobiernos progresistas a tener que desviar recursos desde programas sociales a planes de defensa.

Habiendo dicho todo eso, las decisiones de vida de mis padres y la dictadura militar de Chile hicieron que yo viviera mis primeros trece años de vida en Francia. Esa experiencia me llevó a desarrollar un interés especial en el proceso de integración europeo. Admiro lo que han podido hacer esos países que hace apenas seis décadas estuvieron enfrascados en una guerra sangrienta que cobró muchas vidas y dejó heridas que todavía hoy causan dolor en millones de sobrevivientes. Envidio la capacidad que ha tenido Europa de superar un pasado traumático para construir un mejor futuro para sus pueblos.

Soy un convencido de que el futuro de Chile, y de toda Sudamérica, depende de nuestra capacidad de integrarnos más. Las iniciativas a favor del libre comercio que se han producido en la región son un paso firme y claro en la dirección correcta. Pero debemos hacer mucho más. Necesitamos más integración energética, de infraestructura, de nuestras policías y fuerzas armadas, de nuestros sistemas educativos y de salud. Necesitamos estar más y mejor conectados. Necesitamos que empresas de todos los países puedan competir en todos los mercados para inducir más competencia y mejorar la calidad de los servicios para los consumidores. Necesitamos que nuestras democracias aprendan de las cosas que se hacen bien en países vecinos. Necesitamos entre todos construir un barrio que sea atractivo para inversionistas extranjeros y que logre desarrollar una economía que llegue más allá de la producción y exportación de materias primas.

Mi sueño por una mayor integración con Bolivia no solo responde a mi condición de progresista y latinoamericanista. También es un sueño de futuro, pragmático, de desarrollo económico y, si quieren, profundamente nacionalista. Integrarnos con Bolivia está en el interés de Chile y ayudará a desarrollar un nuevo modelo de desarrollo, basado, por cierto, en el aprovechamiento sustentable de nuestras riquezas naturales, como no, pero con acento en la integración regional, en el fomento de clúster y encadenamientos productivos, en economías de escala regional, en la generación de valor agregado, en mayor transferencia tecnológica e innovación entre nuestros países, y un fuerte impulso a la asociatividad público-privada. Chile jamás llegará a ser el país que soñamos mientras se mantenga la tensión con Bolivia. Si no construimos confianza con nuestro vecino, difícilmente podremos ser un país líder en el mundo y pionero en enfrentar los nuevos desafíos que se presentan en el siglo XXI. El éxito de Chile en el siglo XXI depende, en una parte no trivial, de nuestra capacidad para demostrar liderazgo en el necesario proceso de integración que deberá ocurrir entre nuestros dos países.

Es verdad que la situación actual es poco auspiciosa para poder avanzar en integración. Es imposible poder comenzar a retomar incluso tímidos pasos para construir puentes entre nuestros países. Tomará tiempo y esfuerzo derribar los muros históricos y los muros más recientes que se han creado entre nuestros países. Pero la historia la hacen los que construyen puentes y los que derriban muros.

He venido a Bolivia a dialogar con estudiantes en una universidad pública. Quiero escucharlos y también aspiro a que ellos me escuchen a mí. En los últimos meses hemos hablado mucho más de lo que nos separa que de lo que nos une. Porque creo que ya hay demasiada gente en ambos lados de la frontera interesados en construir muros, en imponer sus posturas y en forzar al otro a ceder, quiero contribuir con un gesto simbólico a recordar que el futuro se construye con puentes y no con muros, con diálogos y no con confrontaciones.

Marco Enríquez-Ominami. Político chileno, ex candidato presidencial.

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