La corrupción es una bestia a la que todos los días hay que matar pues tiene el enorme y destructivo poder de reproducirse aunque le corten la cabeza, y reducir a cenizas todo lo honesto y moral que haya a su alrededor.

Ese flagelo posee una extraordinaria capacidad de metamorfosis y cambia el color de su piel, como el camaleón, para camuflarse según el entorno donde se desarrolle sea este de baja o alta calidad intelectual, moral o ética, público o privado.

Es un alienígena que goza de un aparato de adaptabilidad y sobrevivencia perfecto y un portentoso sistema de reproducción para establecer colonias hasta en aquellos lugares en los que parece imposible medrar por la escasez, pobreza y penuria reinantes, o estar más resguardados ideológicamente.

Su expansión es erosionante como la metástasis del cáncer y puede acabar con dignatarios, quebrar gobiernos, demoler estructuras políticas y sociales y hacer estragos en proyectos y programas populares tan graves como los huracanes más feroces que con tanta frecuencia azotan el Caribe.

La corrupción política, al igual que las demás, se manifiesta de mil formas, entre las que destacan el uso ilegítimo de información privilegiada, sobornos, tráfico de influencias, extorsiones, fraudes, malversación, prevaricación, caciquismo, cooptación, nepotismo, impunidad y despotismo.

Además, puede facilitar hechos criminales como el narcotráfico, el lavado de dinero y la prostitución.

Sus efectos son tan dañinos que avariciosos de poder la han usado engañosamente como arma política contra líderes de limpia trayectoria, para sacarlos del poder, echando mano a sus poderes mediáticos y financieros.

La corrupción empresarial fomenta la informalidad y el mercado ilegal o bolsa negra, el cohecho, el desfalco, el fraude comercial, la información privilegiada, la trampa bursátil y muchas manifestaciones negativas más.

Entre la corrupción política y la empresarial se mueve como pez en el agua el delito de cuello o guante blanco, aquel que se comete sin mancharse las manos, sin intimidación, amenazas, uso de la fuerza o armas, contra el patrimonio del Estado y de las personas, por el mal uso y abuso del poder público para beneficio personal y privado, y los privilegios otorgados por el cargo que se ocupa. Puede afectar a presidentes, ministros, parlamentarios y hasta el último funcionario de gobierno.

Las causas del fenómeno son conocidas pero no combatidas como deben hacer el Estado y la sociedad, y en muchas ocasiones se dejan sobrepasar y hasta justificar su condición delictiva.

Entre las muchas causas que tienen que ver con el individuo, se suelen citar ausencia de una conciencia social, falta de educación o de una cultura del compromiso, paradigmas distorsionados y negativos, personalidades antisociales y megalomanía, percepción sesgada del grado de corrupción presente, infravaloración de la posibilidad de ser descubierto.

Entre los elementos de la corrupción que dependen de la sociedad, figuran la impunidad en la comisión del delito, corporativismo partidista, modelos sociales que transmiten falta de valores, excesivo poder discrecional del funcionario público, concentración de poderes y de decisión en actividades del gobierno, discrecionalidad y escasez de decisiones colegiadas.

Se le añaden el soborno internacional, control económico o legal sobre medios de comunicación que impiden se expongan a la luz pública casos de corrupción, salarios demasiado bajos, falta de transparencia en la información concerniente a la utilización de los fondos públicos y de los procesos de decisión, y poca eficiencia de la administración pública, explica Transparencia.

Un botón de muestra de la acción dañina de la corrupción: En Nigeria más de 400 mil millones de dólares fueron robados del tesoro por los líderes nigerianos entre 1960 y 1999 mientras que investigadores de la Universidad de Massachusetts han estimado que entre 1970 y 1996, la evasión de capitales de 30 países subsaharianos -corredor del hambre- excedió los 187 mil millones de dólares, superando las deudas externas de esas naciones.

La corrupción tiene potencialidades de expandirse porque se ceba de debilidades humanas como la avaricia, el egoísmo, la apariencia de prestigio, el egocentrismo y otros antivalores del ser social.

Cuando se quiera hacer referencia a un juicio crítico, muy severo pero justo y aleccionador, es necesario leer de nuevo un discurso de Fidel Castro en el Aula Magna de la Universidad de la Habana en el año 2005 en el que analiza la corrupción en Cuba en aquel momento, y llega a advertir que el país puede autodestruirse a sí mismo, la revolución puede autodestruirse.

Allí anunció que la batalla contra la corrupción era de vida o muerte, de ¡Patria o Muerte!

A ese enemigo número uno hay que matarlo todos los días, es una batalla permanente que no acepta descanso y en la cual el fortalecimiento del tejido social-institucional es clave.

Fidel decía en ese discurso que en esa batalla no habrá tregua con nadie, cada cosa se llamará por su nombre, y apelaremos al honor de cada sector. “De algo estamos seguros: de que en cada ser humano hay una alta dosis de vergüenza. Cuando él se queda consigo mismo, no es un juez severo, a pesar de que, a mi juicio, el primer deber de un revolucionario es ser sumamente severo consigo mismo”.

*Periodista cubano, corresponsal de Prensa Latina