Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La situación de empate en algunos sondeos entre el No y el Sí, de cara al plebiscito, exige que la sentencia de la Corte Constitucional sea leída y explicada a la ciudadanía con el mayor rigor posible. Igual sucede frente al resultado de las encuestas de Ipsos y de Invamer, en las que respectivamente triunfan el No y el Sí. Es decir que el estado de la opinión es totalmente impredecible. Tanto como que las mismas encuestas han terminado sometidas al turbión político y, sin ese propósito, se ven afectadas por la apropiación de los resultados en cada bando.

Frente a ello, sin embargo, en lo único que coinciden todas las encuestas es en el amplísimo rechazo que hay en Colombia ante la manera como se negociaron, en La Habana, los elementos de la justicia transicional así como hay una negación explícita a darle favorabilidad política a la guerrilla, a través de curules automáticas en el Congreso. Esto, para no desmenuzar el pacto Gobierno-Farc en otros aspectos, que todavía no lo hacen en las encuestas por la extensa dimensión de los acuerdos.

Así las cosas, si bien solo hay un escenario preliminar, los del No han visto crecer sus posibilidades paulatinamente, circunstancia que ciertamente no se tenía entre los presupuestos de hace un par de meses. En principio, los líderes de esta posición pensaban, hasta hace unas semanas, matricularse en la abstención para no encarar directamente la negativa. Hoy, cuando han escogido el No, resulta evidente que no solo mantienen el pulso con el gobierno, sino que tienen las mismas probabilidades de ganar frente al Sí. Su tesis consiste en que el No significa una paz en condiciones diferentes a las estipuladas en Cuba y que, de ganar, de inmediato estarían en disposición de adecuar los convenios y equilibrarlos con la opinión mayoritaria.

Ante esto, los líderes del Sí han salido a decir que no hay renegociación posible, pero de antemano las Farc habían dicho que, en caso de ganar el No, se abstendrán de volver al monte y que su paso a la civilidad es definitivo. No descartan, pues, la posibilidad de un resultado adverso, aunque están decididamente a favor de la consulta presidencial puesto que, como acaba de afirmar uno de los asesores de la guerrilla, en Cuba ya no hay contrapartes sino socios. En todo caso, las declaraciones previas de las Farc implican que no se someterán, en modo alguno, a lo que ocurrió en ocasiones anteriores con diálogos en el exterior como los de Tlaxcala cuando, en lugar de adecuar las negociaciones a las realidades vigentes, el gobierno de turno prefirió clausurar la salida política negociada y dejarla al garete de las circunstancias.

Visto lo anterior, la Corte Constitucional ha señalado perentoriamente que, en caso de resultar mayoritario el No, el Jefe de Estado mantiene intacta su autoridad para sacar avante la salida política negociada y encontrar los instrumentos necesarios para ello. Es comprensible, claro está, que se quiera de una vez salir de la refrendación popular y dar el paso a la siguiente fase de los acuerdos que tratan de su aplicación en las múltiples aristas. Tal y como están las cosas, en realidad el plebiscito es una etapa intermedia en la cual el pueblo brinda su voto de confianza o desconfianza. Si ocurre lo primero, es el visto bueno para seguir la ruta establecida en los acuerdos de La Habana; si pasa lo segundo, ellos tendrán que ajustarse y convocar a las otras ramas del poder público bajo la vocería del propio Presidente. Pero en ningún caso, de acuerdo con la sentencia de la Corte Constitucional, significa una obligación para el Jefe de Estado abortar la negociación ni volver al escenario de la guerra consuetudinaria.

En últimas, el plebiscito no es más que una consulta popular, cuya atribución es netamente presidencial. Puede tener resultado afirmativo o negativo, pero la paz, como ha dicho la misma Corte, es un derecho fundamental axiomático, es decir, que no está en discusión. Y en tal sentido, gane o pierda el plebiscito es deber constitucional del Ejecutivo y las demás ramas del poder público hacer lo propio en su consecución y consolidación. Siendo así, el plebiscito puede ser un voto de confianza o desconfianza en cómo marchan las negociaciones de La Habana, pero en ningún caso comporta la clausura de la salida política negociada. Por eso, cualquiera sea el resultado plebiscitario, el país tiene que abordar la paz. Y esa es la ventana que deja abierta la Corte Constitucional.

El Nuevo Siglo