Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

El Mercosur sigue empantanado. Argentina Brasil y Paraguay se mantienen firmes en su posición de no aceptar a Venezuela en la presidencia del bloque, mientras Uruguay insiste en que por derecho (o abecedario) le corresponde el cargo a Nicolás Maduro.

Como si fuera poco para complicar más las cosas, el canciller Nin Novoa acusó a Brasil de haber presionado e intentado chantajear a nuestro país para que cambiara su voto y, pocos días después, presentó sus disculpas por esa imputación.

Con todo lo que está en juego no se entiende bien la insistencia del gobierno de Vázquez en defender a Venezuela como si tuviera legítimo derecho a ocupar la presidencia pro tempore del Mercosur. Que Uruguay decidiera no continuar un día más de lo que le correspondía en ese cargo fue correcto, pero eso no significa que se pueda acceder al reclamo del gobierno de Maduro, porque ese régimen no califica para integrar el Mercosur. Y a esta altura da para pensar que hay otros motivos que los estrictamente jurídicos para explicar tanta obcecación.

El protocolo de Ushuaia, firmado en la reunión del Consejo del Mercosur de julio de 1998, reconoce que la vigencia de las instituciones democráticas “es condición indispensable para la existencia y desarrollo de los procesos de integración, y que toda alteración del orden democrático constituye un obstáculo inaceptable para la continuidad del proceso de integración regional”, al tiempo que prevé sanciones: desde la posibilidad de suspender a un país socio en el bloque, hasta aplicarle sanciones comerciales o el cierre de fronteras.

Sostener que Venezuela es un régimen democrático es desconocer los verdaderos principios de una democracia o tener un pésimo concepto de ella. Venezuela es una dictadura con un barniz de democracia aplicado en elecciones (desde Mussolini o Hitler hasta Fidel Castro todos han utilizado ese “procedimiento”), pero su contenido real no tiene nada de democrático. Disfrazarlo de “democracia autoritaria” es un disparate que nadie lleva. Alemania Oriental cuando vivía bajo el yugo comunista se llamaba “República Democrática”. Venezuela es lisa y llanamente una dictadura con sus presos políticos, su mordaza a la libertad de expresión, su avasallamiento al Poder Judicial: todo se convierte en títere del mandamás. Y, entonces, ¿por qué insiste el gobierno de Vázquez en defender lo indefendible, al punto de ponerle un nombre más o menos decoroso a ese régimen? La respuesta es clara: la interna del Frente Amplio.

En los otros países de la región, los cambios de gobierno terminaron con la dependencia hacia Venezuela. “Marcharon” los allegados a los Kirchner (con la valija de Antonini incluida) tan amigos de los petrodólares y la larga lista de brasileños cercanos al PT que se disputaban las grandes obras de la patria de Bolívar. Los nuevos gobernantes accedieron sin vínculo alguno con ese pasado. Pero ese no es el caso de Uruguay.

El Partido Comunista, pero sobre todo el Movimiento de Participación Popular (MPP) tienen otros vínculos con Venezuela que van más allá de la comunidad ideológica con un régimen que no es democrático. Existen “negocios con Venezuela” que han permitido el surgimiento de nuevos empresarios, vinculados o muy cercanos al sector del expresidente Mujica. Basta repasar la lista de empresas que actuaron en los acuerdos comerciales que firmó ese gobierno con Venezuela en 2011 y 2013 para comprobarlo. Ellos no han tenido problemas (ideológicos) en aprovechar las ventajas impiadosas del capitalismo para su provecho, más allá de presentarse como sacrificados apóstoles del más puro fundamentalismo revolucionario izquierdista (con luchas de clases incluida). Y el MPP es dueño de la mayoría de los votos de la bancada parlamentaria del Frente Amplio.

Como el presidente Vázquez ha elegido gobernar solo y exclusivamente con los votos de su partido, no puede darse el lujo de enojar a su principal socio en el ámbito legislativo. Se trata de palmearle la espalda para que se quede tranquilo y no le genere más dificultades, aunque ello signifique sostener públicamente “urbi et orbi” que el régimen imperante en Venezuela es una democracia y como tal califica perfectamente en las exigencias del Mercosur.

No hay dudas de que al presidente Vázquez se le ha planteado un serio dilema: o Mercosur o MPP. Tal como están las cosas en estos momentos, deberá decidir por uno o por otro. Sería bueno que no mire tanto para dentro de su partido y apunte directamente hacia qué es lo que le conviene al Uruguay y a los uruguayos.

El País