Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Al interior del Frente Amplio (FA), parecen existir muchas discrepancias, pero hay un asunto acerca del cual sus distintos líderes cierran filas disciplinadamente: el de buscarle coartadas retóricas a la naturaleza tiránica del régimen que Hugo Chávez estableció hace más de una década en Venezuela y que ahora administra Nicolás Maduro.

Respecto de esta materia, en efecto, Verónika Mendoza y Marco Arana, las dos cabezas visibles del conglomerado izquierdista, comparten una única incapacidad de llamar a las cosas por su nombre que, proviniendo de una organización que quiso hacer de sus elecciones internas una insignia democrática, linda con el fariseísmo.

Sin importar la sistemática violación de la independencia de poderes, la hostilización a la prensa crítica, el apresamiento y la tortura de opositores, el desconocimiento abusivo de las atribuciones del Congreso (de mayoría contraria al oficialismo) y el afán de perpetuación en el poder del chavismo, Verónika Mendoza respondió durante la campaña a la pregunta de si consideraba al actual gobierno venezolano una dictadura, con retruécanos como: “No es una dictadura porque no hubo golpe de Estado” o “En Venezuela se han dado procesos electorales democráticos avalados por entidades internacionales”. Y apremiada a manifestar una eventual solidaridad con los perseguidos políticos de ese país, llegó a decir que en el FA tampoco iban a respaldar “oposiciones golpistas”.

Por si eso no fuera suficiente, mostró además su admiración por el referido modelo y sus réplicas en otros países de la región de un modo apenas embozado. “Creo que es importante reconocer que en Latinoamérica se han dado gobiernos que han defendido muy claramente su soberanía […]. Y creo que en Venezuela, en Ecuador y en Bolivia ha sido positiva esa afirmación de soberanía que en el Perú todavía no hemos hecho”, sentenció meses atrás. Y es muy probable que ello haya pesado en el estancamiento de la intención de voto por ella que le impidió pasar a la segunda vuelta.

Pues bien, con ocasión de una moción “en resguardo de las libertades y derechos del pueblo venezolano” que se presenta hoy en el Congreso con las firmas de las bancadas de Fuerza Popular, Peruanos por el Kambio, Alianza para el Progreso, Acción Popular y el Partido Aprista, el vocero del FA en el Legislativo, Marco Arana, ha puesto en evidencia que para ellos el chavismo sigue siendo un tótem y la posibilidad de condenarlo, tabú.

Arana, en efecto, ha justificado la circunstancia de que su grupo parlamentario sea el único que no respalda la iniciativa –que, en esencia, censura la penosa situación de la economía y el estado de derecho en el país llanero y solicita al Gobierno Peruano proponer la visita de una misión especial de la OEA para promover el diálogo y la solución de la crisis venezolana–, aseverando que de ninguna manera firmarían “una moción con sesgo político”… cuando es evidente que, si existe en todo esto sesgo político alguno, este radica más bien en su esfuerzo por evadir la verdad palmaria de los hechos que motivan la protesta.

La misma observación vale, por cierto, para otra de sus objeciones al documento. “Un posicionamiento ideológico no contribuye a solucionar los problemas de Venezuela”, ha dicho también él. Y ha agregado que “si [la moción] descalifica a una de las partes, no es una medida adecuada”, como si las partes involucradas en este conflicto fuesen iguales y no estuviese claro quién es la víctima y quién, el victimario.

¿Qué le debe el FA al chavismo para sufrir esta parálisis cuando se trata de criticarlo? ¿La reverencia que se deriva de haberlo sentido una especie de espíritu tutelar durante los últimos 15 años, o alguna secreta afinidad a propósito de esa antigua idea ‘revolucionaria’ de que la libertad es una exquisitez burguesa prescindible en aras de un ‘cambio social’ que siempre acaba en pesadilla? En el fondo, no importa, pues, por una razón u otra, mientras permanezcan ignominiosamente mudos al respecto, su hipotética vocación democrática continuará siendo, literalmente, increíble.

El Comercio