Recientemente se conmemoraron los 50 años de “La noche de los bastones largos”, el asalto policial a palazos y gases a facultades de la Universidad Nacional de Buenos Aires, el 29 de julio de 1966, momento en que la dictadura del general Onganía intervino todas las Universidades estatales del país, apenas un mes después del golpe militar el 28 de junio. Cientos de docentes y estudiantes heridos, más de 200 detenidos y, a posteriori, expulsión y fuga de académicos e investigadores. Episodio violento emblemático inaugural de esa dictadura que, con justa razón histórica, queda en Nuestra Memoria.

La magnitud y brutalidad de aquella acción violenta, ha opacado el recuerdo de otra fecha contemporánea, igualmente violenta, pero cuya proyección en el devenir de los sucesos históricos, tendrá consecuencias mucho más profundas. Desde el 18 de agosto de 1966 en que policías “de civil” le metieron tres balazos a un estudiante en la vereda del Hospital de Clínicas de Córdoba, la ciudad industrial y universitaria empezaría a convertirse en el epicentro de una rebelión antidictatorial que marcaría toda una época histórica.

En “Córdoba y la ‘Revolución Argentina’” Emilse Pons describe:

“La agitación estudiantil constituirá un desborde que sobrepasará toda ‘contención’ orquestada desde el gobierno y que motivará a la instrumentación de fuertes medidas represivas que solo contribuirán a desacreditar a un gobierno legitimado solo por el uso de la fuerza. La represión legal y policial tendrá como contraproducente efecto la exacerbación de los conflictos y la aparición de las más variadas formas de protesta estudiantil, que llegarán al punto culmen con la trágica muerte y posterior elevación al mito de mártir del estudiante Santiago Pampillón el 7 de septiembre de 1966. La escalada represiva llevó a la conformación de un fuerte arco de oposición al gobierno detrás del cual se alinearán la prensa y los sindicatos confederados en la CGT regional, en apoyo de la causa estudiantil. Este sector liderará la oposición ante la falta de canales o vehículos de expresión y movilización, teniendo en cuenta la supresión de los partidos políticos. Resulta llamativo la ausencia de manifestaciones estudiantiles en Córdoba frente a la intervención de las universidades a partir de la tristemente célebre ‘Noche de los Bastones Largos’ del 29 de julio de 1966; en realidad la protesta se manifiesta solo en forma de declaraciones de oposición.

La relativa calma en el ámbito estudiantil cordobés se acabará a partir del 18 de agosto, a partir de la inusitada violencia policial originada a partir de lo que puede considerarse un hecho relativamente menor en la zona del histórico Barrio Clínicas. Un grupo de estudiantes repartían en las inmediaciones del Hospital de Clínicas volantes que defendían el derecho de participación efectiva de los estudiantes en los organismos de gobierno universitario.

Inesperadamente la policía abrió fuego para dispersar e hirió de bala a un estudiante de medicina de diecinueve años. A partir de esto las reacciones fueron ‘in crescendo’: enfrentamientos entre policías y estudiantes arrojó un saldo de más de doscientos estudiantes detenidos, la declaración de huelga en la Facultad de Medicina, la toma del Hospital de Clínicas y el posterior desalojo violento del mismo por orden de la policía Provincial.

Las manifestaciones estudiantiles se repitieron los días 19, 22 y 31 de agosto según consta en la fuente utilizada ‘La Voz del Interior’. En dichas manifestaciones hubo agresión y represión policial contra los estudiantes, pero en los día 22 y 31 la agresión policial se extendió hacia representantes de la prensa local, lo que motivará un fuerte repudio y la exigencia de garantías por parte del Sindicato de Prensa y del Círculo de Prensa…

Esta breve reseña, merece aclaraciones. En primer lugar, ese ataque a balazos NO “puede considerarse un hecho relativamente menor”. Se trató de un hecho gravísimo que, aunque no significó la muerte del estudiante baleado, fue tan significativo que fue el detonante de una cadena de movilizaciones masivas y desafiantes del poder dictatorial. No asumir el impacto de un episodio represivo así es no entender la subjetividad popular. El episodio no se inició como aparece descripto en este escrito, sino como lo relatamos más adelante. En segundo lugar, la huelga estudiantil como respuesta inmediata no se limitó a la Facultad de Medicina, sino a toda la Universidad Nacional de Córdoba, la que se extendió casi hasta el final del año lectivo, lo que puso de relieve la vitalidad y energía del movimiento estudiantil. En tercer lugar, el calificativo de “mito” al martirologio de Pampillón es cuestionable. Estudiante de ingeniería y obrero de la automotriz IKA-Renault, es un símbolo de la época, algo diferente a un mito. El asesinado resumía en su persona lo que sería la esencia política y social de una rebelión en ascenso: la unión obrero-estudiantil.

En Pasajes de la vida de un militante revolucionario DOMINGO MENNA, UN FORJADOR DE LOS ‘60 Y LOS ’70 (En la memoria de su compañero y amigazo Abel) recordé así ese acontecimiento histórico:

El 18 de agosto de 1966 pasó algo que nos marcaría en el tiempo. El 28 de junio había ocurrido el golpe de Onganía que derrocó al gobierno de la UCR del Pueblo presidido por Arturo Umberto Illia. El 29 de julio se produjo la intervención de todas las Universidades Nacionales. Después de más de 15 días que la Universidad estuvo cerrada por la intervención de la dictadura, se reanudaban las clases. El Centro de Estudiantes de Medicina tenía preparada una volanteada en el Hospital Clínicas desde temprano. No era todavía la media mañana, yo estaba en mi casa y cae Mingo (Domingo Menna), agitado, asustado y embalado. Y me cuenta. Estaban en la puerta del Clínicas volanteando, y de golpe, unos canas de civil lo agarraron al rubio Cerda (el compañero de estudios nuestro que era del PC). Y se lo llevaban caminando por la vereda de la calle Santa Rosa, la del frente del Hospital, hacia un patrullero. Mingo caminó despacito por el costado, le pegó un empujón al cana que lo tenía agarrado a Cerda y le gritó “¡Corré loco! Y corrieron los dos hacia la esquina de Santa Rosa y Chubut. Uno de los canas peló una pistola y les tiró cuatro tiros. Cerda cayó. Mingo corrió por Chubut casi 100 metros hacia la esquina de Rioja, donde estaba la casa donde él vivía. Agarró la bicicleta y se vino hasta casa, a unas 20 cuadras hacia el lado del centro, a dos cuadras de La Cañada. Me contó que muchos de los directivos del Centro estaban enfrente al hospital y vieron todo. Entre ellos estaban el negro Molina, de 6º año de Medicina, que era integrante de (la agrupación estudiantil) Espartaco, y el Fósforo, a quien por entonces no lo apodábamos así y era militante del MUR y del PC, y va a reaparecer en esta historia.

Y nosotros estábamos ahí sin saber qué hacer. Nunca habíamos enfrentado una situación así, un compañero baleado. Se me ocurrió que fuésemos a verlo al abogado Gustavo Roca, a quien sólo conocíamos de nombre (era conocido por ser “amigo” del Che Guevara y haber defendido a presos que pertenecían al Ejército Guerrillero del Pueblo, un destacamento que había actuado en el norte de Salta años atrás). Y nos largamos los dos en la bici de Mingo por pleno centro de Córdoba hasta que dimos con el estudio jurídico. No sé dónde dejamos la bici. Entramos. Nos presentamos, creo que diciendo que éramos amigos del gordo, uno de los secundarios que había entrado en (la agrupación) Espartaco y a su vez era amigo de Deodoro, el hijo del abogado (llevaba el mismo nombre que su abuelo, Deodoro Roca, uno de los líderes de la Reforma Universitaria del ‘18). Nos atendió. Mingo tenía una facha bastante desalineada. Les contó todo lo que había ocurrido. Roca estaba con alguien. Llamó por teléfono al periodista Sergio Villarroel y éste le confirmó el hecho y dijo que la Policía había informado oficialmente que a un agente se le había “escapado” un tiro. Agarramos la bici de nuevo y nos volvimos hasta el Clínicas. Las puertas principales ya estaban cerradas y lo mismo el portón de los autos. Ya lo habían tomado. Nos fuimos a la casa de Mingo y saltamos por la pared del patiecito hacia el Hospital, que colindaba por los fondos. Había un gran revuelo. En la parte de adelante estaba lleno de gente, cientos, quizás miles. Fuimos hasta la guardia y lo vimos a Cerda, que estaba en una camilla, bastante tranquilo… y con tres balazos en una pierna. Más o menos se fue organizando la toma. Se encadenaron los portones. Por las paredes del fondo seguían entrando muchos estudiantes. No pasó mucho tiempo y apareció la cana por el frente del Hospital. Nos subimos al paredón. Mucha Infantería tomó posición ocupando casi media cuadra. Varios tipos de civil, con sobretodo y sombrero, se acercaron un poco. Uno dijo que era juez y hablando en voz alta y amenazante, dijo que estábamos cometiendo un delito y que debíamos desalojar. Mingo, montado en el paredón le empezó a retrucar. El tipo contestó y yo me animé también a decirle algo. Se armó griterío y el tipo, que decían que era el juez, dijo que teníamos 5 minutos para desalojar. Los “dirigentes” propusieron que todos hagamos una sentada frente al portón y cantásemos el himno. A nosotros nos pareció una boludez, pero todo el mundo les hizo caso. Los bomberos rompieron las cadenas, abrieron el portón y ese que parecía ser el juez, dijo “¡Agua!”. Y un chorro me golpeó en medio del cuerpo y salí rajando en medio de la desbandada. Ahí lo perdí a Mingo. Salté por un ventanal a una sala de cirugía. Por ahí saltó también Laprovita, el dirigente de los Integralistas. Seguí rajando porque la cana entraba por todos lados rompiendo todo y pegando a todos. Terminé escondido en la morgue de Anatomía Patológica, al fondo del hospital. No sé cuánto tiempo después, pude salir del hospital, sacado por un médico que tenía una rural DKW y me bajé a dos o tres cuadras. Lo buscaba a Mingo y no lo encontraba. La Avenida Colón, que por esa época todavía no estaba ensanchada a la altura del Clínicas, estaba virtualmente tomada por los estudiantes. Se arrimó un patrullero, un Gladiator, y lo sacaron corriendo a cascotazos, rompiéndole los vidrios. Por ahí me encontré con compañeros y me dijeron que del Hospital se habían llevado como a 200 estudiantes presos, que los habían cargado en unos loros (unos ómnibus pintados de verde muy grandes, que eran de transporte urbano). Y me contaron, que a Mingo no lo habían agarrado, pero cuando vio que se los llevaban a todos, se subió a un loro… y fue preso por solidaridad con los otros.

De golpe llegó una bola para que fuésemos todos hacia el Rectorado, en el centro de la ciudad. Allí la concentración ya era multitudinaria. Yo me acuerdo que en la rápida asamblea que se armó, habló Chacho rubio, que era dirigente de la AUL, la Agrupación Universitaria Liberación del Movimiento de Liberación Nacional y además trabajaba de zorro gris en la Municipalidad, agitó mucho y salimos en manifestación. En la improvisada manifestación, de los que íbamos en primera fila agarrados de los brazos como haciendo cadena, me acuerdo del Fósforo, del Willy Tamburini (que era de los “independientes” de Medicina) y del Catuco (que también era de AUL de Medicina). En la esquina de 27 de Abril y Obispo Trejo, llegó la Infantería que salía a toda carrera del Pasaje Santa Catalina, por el costado del Cabildo, donde estaba la Jefatura de Policía. Terminé tirado en el suelo por los cachiporrazos. Intenté escapar subiendo a un ómnibus, pero me cerró la puerta. Después supe que dentro del ómnibus estaban el gordo Ivar Eduardo Brollo y la petisa Negrita, los dos de nuestra agrupación y que me vieron caído. Me levantó una pareja que eran de 6º año de Medicina, me llevaron en un taxi a la Maternidad de Plaza Colón, donde empieza el barrio Clínicas (nunca pude saber el nombre de esa gente). Me pusieron en una camilla en un consultorio. Y de allí, el profesor Carballo, que era el Adjunto de Obstetricia (que poco después fue cesanteado por la dictadura por pronunciarse contra la intervención), me llevó en su auto al Hospital de Urgencias, en el centro de la ciudad, donde me internaron hasta la noche, cuando consideraron que ya no tenía peligro por los golpes en la cabeza. Al día siguiente hubo una reunión grande de (la agrupación) Espartaco. Mingo llegó tarde, porque fue el último de los más de 200 en salir de la cana y recibió las felicitaciones de todos. Y ya se planeaba una nueva manifestación. Se discutió acerca de si los que habían caído en cana o habían sido golpeados, teníamos que ir o no. Se dejó a la libre decisión de nosotros mismos. Y decidimos ir.

En aquellos meses del ‘66, el comedor universitario fue clausurado un tiempo largo. La huelga estudiantil declarada a partir de aquella represión del 18 de agosto, era total. Las movilizaciones callejeras eran casi todas las tardes. Eran miles. El Mingo iba a una academia “particular” de Química, en el barrio Clínicas, que era de un tal profesor Ashur, el Turco Ashur, un tipo de unos 35 ó 40 años, que había sido estudiante, había dejado la carrera y se dedicaba a la enseñanza de esa materia. Iban muchos estudiantes de Medicina y Odontología. Mingo empezó a organizar allí a los estudiantes. Como era un gran propagandista, atraía a mucha gente a su alrededor. Y los organizaba para pelear. Formaba grupos de acción directa para actuar en las manifestaciones y defenderse de la represión. Preparaban gomeras, miguelitos, molotov. Hacían pintadas. Mingo llegó a ser uno de los líderes de esos grupos. Y captaba mucha gente. Entre esos, se ganó al propio Turco, el profesor, quien llegó a ser un gran colaborador del Partido Revolucionario de los Trabajadores y después, del PRT-ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Estaba jugado totalmente. Y a su vez, él mismo captó muchos estudiantes para la militancia perretista. Mingo me llevó un día a una reunión con esos grupos y así conocí al profesor de química. El Turco tenía gran admiración por Mingo, por su capacidad intelectual y por su entrega total. Y Mingo tenía un gran aprecio por el Turco, que siempre mantuvo su trabajo de profesor de química. Un día, en el año ‘72, cuando Mingo estaba preso en la cárcel de Rawson, el Turco Ashur me llamó para darme un documento que desde allí le había mandado Mingo. Venía escrito en unas hojas de esas finitas tipo vía aérea. Era algo así como un bosquejo o borrador, de lo que después se conoció como Moral y proletarización. Pocos días después de la toma del penal de Rawson por parte de los prisioneros políticos el 15 de agosto del ‘72 y de la masacre de Trelew el 22 de agosto, el Turco Ashur me cuenta que vino a verlo un señor que estaba de pasajero en el avión de Austral, que coparon los compañeros que lograron escapar y con el que llegaron a Chile, una epopeya guerrillera que conmovió al país y a toda América. Dijo que le venía a traer saludos de uno de los guerrilleros que habían pirateado el avión, que se había acercado a charlar con él porque le escuchó tonada cordobesa. Le dijo que él era Domingo Menna y que por favor le mandase saludos suyos al profesor de Química. ¡Desde el avión pirateado el Mingo mandaba saludos!

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La noche del 7 de septiembre de 1966 también fue una de ésas que nos marcaron a fuego. Durante la manifestación – una más de las que tarde a tarde se realizaban – en pleno centro, frente al Cinerama, en Avenida Colón al 300 entre Sucre y Tucumán, del patrullero N° 8 se bajó un cana y baleó a uno en la cabeza. El que cayó era Santiago Pampillón, estudiante de Ingeniería y laburante de la Kaiser (ya por ese entonces era la IKA-Renualt). En seguida corrió la bola que había muerto. La manifestación se fue extendiendo y ante la carga de la cana, hubo una especie de repliegue hacia el barrio Clínicas, que poco a poco se fue cerrando con barricadas. Se tomaron como unas 40 manzanas. Mingo tenía ya grupos más o menos organizados. Pero había muchísimos más, de gente que no estaba en agrupaciones, o activistas que se salían de las corrientes pre-existentes porque sentían que no asumían las nuevas condiciones de lucha que se planteaban. Así surgieron los Comandos de Resistencia Santiago Pampillón, los CRSP y los Comandos Universitarios de Combate Organizado, los CUCO. Esa noche del 7 de septiembre fue la primera gran toma del barrio Clínicas. En la esquina de 9 de Julio y Chaco, una gran pintada: “Barrio Clínicas, territorio libre de América”. Mingo planteaba en la agrupación que era necesario darse una línea para gestar organizaciones de masas de acción directa, de lucha armada. Sobre esto se empezaba a hablar mucho en Espartaco, pero nadie sabía bien qué hacer ni cómo hacerlo. Había discusiones y tanto los que eran los “capos” del PRT como los de la (agrupación) Felipe Vallese parecían no tener nada claro.

Pampillón no había muerto instantáneamente. Falleció días después, el 12 de septiembre. La huelga estudiantil se extendió hasta fin de ese año, aunque se fue debilitando por el paso del tiempo.

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Hasta aquí, una brevísima reseña de aquellos agitados días del segundo semestre de 1966. Cuando la dictadura del onganiato irrumpió la precaria institucionalidad de gobiernos electos con la mayoría electoral (peronismo) proscripta, proclamó que venía a “sanear” el país y tenía dos “caballitos de batalla” propagandísticos: el “polvorín tucumano” (se refería a las luchas de los obreros azucareros contra los dueños de los ingenios y sus sindicatos clasistas) y “la subversión universitaria”. Sus políticas oscurantistas respecto a la Educación fueron un complemento de sus planes económicos que hicieron eje en la progresiva disminución de los salarios, la desocupación promovida y el favoritismo hacia los grandes pulpos industriales y la gran burguesía agroganadera. Correctamente calificada como dictadura de los monopolios, ese régimen fue uno más en la cadena de dictaduras contrainsurgentes a escala continental, planificada desde el Pentágono norteamericano. Las iniciales resistencias como la que describimos, serían el prolegómeno de un gran levantamiento de masas que ocurrió en Córdoba, una gran huelga política protagonizada por el movimiento obrero y con masivo acompañamiento del movimiento estudiantil: fue el cordobazo del 29 y 30 de mayo de 1969, que abriría una nueva época histórica en Argentina. De ahí el significado de aquel 18 de agosto de 1966.

*Médico graduado en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Autor de Biografías y relatos insurgentes (CESS-SITOSPLAD, 2011) y Los Cheguevaristas, la Estrella Roja, del cordobazo a la Revolución Sandinista (Imago Mundi, 2016) y otros ensayos.

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