Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Álvaro Uribe se ha convertido en los últimos meses en un líder que se encuentra en la encrucijada de la pérdida de su marco discursivo (la guerra), el mantenimiento de su electorado y la incertidumbre de dirigir un partido que cada vez se va vaciando más de poder institucional.

Ello hace que sus reacciones hayan sido, en términos generales, titubeantes y contradictorias. Si bien hace algunos días recibía ‘de luto’ la decisión de la Corte Constitucional de aprobar el plebiscito como forma de refrendación de los acuerdos de paz con las FARC, sólo habría que esperar algunos días más para que expresara la aceptación de los acuerdos siempre y cuando se revise todo lo relacionado con la “impunidad” y con la participación política.

Esta ambigüedad en la que se mueve el Centro Democrático es resultado precisamente de la dificultad de adaptar su férreo discurso de la guerra con un ecosistema político, nacional e internacional, plegado a la prerrogativa de Juan Manuel Santos. Dicho de otro modo, la negativa de Uribe a la paz, mal que le pese, puede condenarlo al ostracismo y ponerlo a él a y su partido muy lejos de las instituciones.

Las tensiones en el Centro Democrático se han incrementado con el anuncio extraoficial de la salida de Oscar Iván Zuluaga de la dirección del partido, dada su aspiración presidencial para 2018, criticada por otro ‘peso pesado’ de su organización, José Obdulio Gaviria, quien señaló que los intereses estratégicos del partido podrían ser dañados por los intereses personales, un claro guantazo a las ínfulas de Zuluaga.

Cabe contar también con el escenario de 2018 que se le presenta a su formación con un grupo de presidenciables quienes, al margen de su color político y de los matices, tienen clara su apuesta por la paz. Entre ellos: Germán Vargas Lleras, que parece haber retomado su actividad política llevando a cabo varias inauguraciones en sus zonas estratégicas de la Región Caribe, su infranqueable fuerte; el negociador en La Habana y liberal Huberto de la Calle, que ha adquirido en los últimos meses una mayor relevancia pública dados los avances de los acuerdos; y el ‘verde’ Sergio Fajardo, quien en diversas ocasiones ha manifestado su voto a favor del acuerdo. Por no mencionar a la polista Clara López, más subida que todos a la locomotora de la paz desde que se estrenó en la cartera de Trabajo, en abril del presente año.

Contradicciones y desaciertos mediante, el uribismo está buscando nuevas lógicas discursivas para no empezar a ser expulsado del panorama político. En este sentido, su estrategia pasa por comenzar a establecer nuevos ejes, como los avizorados desde liderazgos jóvenes que han dejado caer nuevas preocupaciones. Entre ellos se destacan figuras como la de Iván Duque, cuya focalización de trabajo recae en la economía y en la crítica a las políticas económicas del oficialismo y quien, si bien ha dejado caer impresiones no desvinculadas de las que defienden sus copartidarios, mantiene ejes discursivos ciertamente distantes de las obsoletas propuestas marcadas desde el núcleo duro del Centro Democrático.

Así las cosas, el uribismo se enfrenta a un cambio de ciclo en el que la supervivencia depende, como siempre, de su adaptación. Claramente es algo que les ha tocado aceptar a marchas forzadas, llevándoles a perder la capacidad de establecer agenda política y dejando vía libre a Santos para conquistar la hegemonía de la dividida ­–que no debilitada– derecha colombiana, golpes de efecto incluidos. El último lo calculó estratégicamente Santos, quien escribió al líder del Centro Democrático una carta motivándolo a “colaborar por la paz”, una misiva que el uribismo rechazó de plano. Nuevamente, punto para Santos.

Ava Gómez Daza. Miembro del Centro Estrategico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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