Más difícil que ser complicado es ser sencillo, sin embargo, la sofisticación y la ostentación tienen más prensa. Esto lo tiene muy bien asumido el “primer ministro” uruguayo contador Danilo Astori, porque si la sencillez es el arte de ser simple, directo entendible y sin afectación, es evidente que esta percepción está muy lejos del sofismo que práctica el contador Astori. Porque lo sencillo es lo transparente, lo que es fácil, sin agregados ni artilugios y que nunca se llega a perder en el laberinto de las complicaciones. Pero parece ser que los números mandan y ha eso debemos remitirnos, dejemos la dialéctica y sus leyes para otro momento.

Los mejores números económicos que hasta el momento muestra el país en los últimos años se han traducido en un descenso de las tasas de desempleo y un aumento de los salarios. A pesar de algunos índices a la baja en la materia… pero hasta ahora según parece “tout va très bien madame la Marquise”.

Este contexto ha permitido que los uruguayos tengan mayores posibilidades de acceder a bienes y servicios que antes estaban vetados para la mayor parte de la población, por lo que se habla de una mejora en la calidad de vida. Pero cabria preguntarnos si esto último, ¿está realmente ligado al poder adquisitivo de las personas? Si se miran los datos del Banco Mundial, Uruguay ha crecido de forma importante en términos reales durante los últimos 1o años.

Algunos los estudios comparativos de desarrollo realizados por el Gobierno dan cuenta que el acceso de los uruguayos a bienes y servicios ha aumentado de forma considerable en los últimos años. El propio Banco Mundial señala que “En la actualidad, Uruguay se destaca en América Latina por ser una sociedad igualitaria y por su alto ingreso per cápita, bajo nivel de desigualdad y pobreza y por la ausencia casi total de indigencia. En términos relativos, su clase media es la más grande de América Latina. Uruguay se ubica entre los primeros lugares de la región en relación con diversas medidas de bienestar, como el Índice de Desarrollo Humano, el Índice de Oportunidad Humana y el Índice de Libertad Económica. La estabilidad de las instituciones y los niveles bajos de corrupción se reflejan en el alto grado de confianza que tienen los ciudadanos en el Gobierno.

Según el Índice de Oportunidad Humana del Banco Mundial, Uruguay ha logrado alcanzar un alto nivel de igualdad de oportunidades en términos de acceso a servicios básicos tales como educación, agua potable, electricidad y saneamiento.”

En julio de 2013, el Banco Mundial clasificó a Uruguay como un país de renta alta con un ingreso nacional bruto per cápita de US$16.810 al 2014. Con un crecimiento promedio anual del 5,2 % entre 2006 y 2014, el buen desempeño económico de Uruguay, ha permitido una mayor resiliencia de la economía a choques externos.

El crecimiento económico de Uruguay en la última década fue inclusivo y condujo a una reducción importante de la pobreza y a la ampliación de la prosperidad compartida.

La pobreza moderada, pasó del 32,5% en 2006 al 9,7% en 2014, mientras que la indigencia o pobreza extrema ha prácticamente desaparecido: un 2,5% frente al 0,3% para el mismo periodo. En términos de equidad, los ingresos del 40% más pobre de la población uruguaya han aumentado en un 5,78% entre 2003 y 2013. Las políticas sociales inclusivas se han enfocado en aumentar la cobertura de los programas, por ejemplo, alrededor del 87% de la población de más de 65 años está cubierta por el sistema de pensiones: este es uno de los coeficientes más altos en América Latina y el Caribe, junto con Argentina y Brasil. El buen desempeño macroeconómico también se reflejó en el mercado de trabajo que registró niveles de desempleo históricamente bajos en 2014 (6,6%) aunque ante la actual desaceleración el mismo ha aumentado a 7,4% a Junio de 2015, y un 7;7% en el mismo periodo de 2016. En cuanto a los mercados de exportación, estos se han diversificado con el fin de reducir la dependencia de sus principales socios comerciales y actualmente el 77% de las exportaciones se dirigen a 15 mercados distintos Uruguay de la mano de su Primer Ministro el economista Danilo Astori implementa políticas macroeconómicas prudentes, el crecimiento económico anual fue del 3,5% en 2014 y presenta un marcado declive en los ratios de deuda pública bruta (63,6% del PIB en 2014 vs. 75% en 2006) y neta (21,6% del PIB en 2014 contra casi 70% una década atrás). A pesar de los significativos avances en la reducción de su deuda, la misma continúa en niveles relativamente altos. Y si bien Uruguay ha mostrado avances en diversificación comercial, sus socios regionales, principalmente Brasil, concentran una porción importante de las exportaciones (18% en 2014), lo cual constituye un factor de vulnerabilidad. Es evidente que estas cifras apuntan a una mejora de la calidad de vida, una calidad de vida entendida, como la relación de bienes materiales por parte de las familias, cámaras digitales, lavadoras, vehículos, celulares y el acceso a servicios como la televisión de pago, internet, banda ancha o conexión móvil, es decir la felicidad como la apología del consumismo.

¿Desarrollo económico=calidad de vida?

Pese al claro incremento de las posibilidades de consumo de los uruguayos en la última década cabe preguntarse si realmente se puede definir como una mejora en la calidad de vida.

Para algunos científicos esto está lejos de la verdad. No obstante debemos de decir que la ciencia económica por mucho tiempo asumió que a mayor consumo, mayores niveles de utilidad lograban las personas y por tanto mayores eran también sus niveles de felicidad.

Los motivos que llevaron a la economía a medir calidad de vida a través del PIB se centran en los postulados básicos de esta ciencia. La economía en el capitalismo ha asumido que la felicidad está directamente relacionada a la capacidad de compra (…) Afortunadamente, durante los últimos 30 años han surgido algunas voces disonantes de prestigiados científicos mundiales que nos han demostrado lo equivocado que es este razonamiento. En muchos de nuestros artículos y por diferentes vías hemos tratado esta dicotomía de asociar felicidad a capacidad de compra.

De acuerdo a un reporte de Naciones Unidas, en 2012 Uruguay registró la cifra más alta de suicidios de América, con 16,8 personas cada 100.000 habitantes. El fenómeno se da cada vez más en edades tempranas. Ahí se acrecienta la paradoja ¿este país de relativa prosperidad hay más suicidios que en otras partes de América Latina? Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) –organismo que es parte de la Organización de Naciones Unidas– del año 2012, Uruguay está entre los primeros países en muerte de mujeres ocasionadas por su pareja. La cantidad de muertes por violencia domestica en Uruguay es 10 veces mayor de las que se registran en España y cinco veces mayor a las que se conocen en Chile según una investigación realizada por la ONG, que trabaja con mujeres víctimas de violencia domestica. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Uruguay lidera el índice de homicidio de mujeres por violencia doméstica, que asciende a 0,73%. El mismo valor se registra en El Salvador, país que en 2012 fue catalogado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) como “el más violento del planeta” A este panorama debemos agregar que la Organización Mundial de la Salud (OMS) aporto en junio del 2016 unas cifras nada halagüeñas en materia de patologías mentales ya que nuestro país cuenta con 60 mil personas sicópatas.

La tímida visión de Naciones Unidas

En un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) también se habla del tema y se indica que, a partir de 1980, se ha generado “una crítica al modelo de desarrollo predominante en ese momento, que vinculaba de manera directa al crecimiento económico con el bienestar de grupos y personas”.

Más adelante en el documento el organismo insiste en que “el crecimiento económico por sí solo, no generaría bienestar individual, ni integración social”.

Desde comienzos de la década del ’90, el PNUD comenzó a manifestar este enfoque, a través de la construcción de informes vinculados a la situación de países, con alguna especificidad sectorial. Todo lo cual fue generando una perspectiva alternativa para concebir el desarrollo, “donde las personas incrementan su riqueza, entendida no sólo en base a la disponibilidad de bienes materiales e ingresos, sino que también a la ampliación de las opciones de las personas, al incremento de sus capacidades y al conjunto de libertades que integradamente, permiten que las personas puedan vivir de manera plena, larga y saludable”. En realidad esta visión genera cierta controversia cuando no hipocresía, ya que muchos de estos organismos han promocionado o impuesto a través de sus propias agencias las prácticas económicas que generan hoy tanta desilusión.

El crecimiento económico nos lleva a mejorar diversos indicadores de progreso material, pero para nada se asemeja a un progreso real en la calidad de vida y en el bienestar individual de las naciones. Por el contrario, parece ser que nuestro país, a pesar de sus altos ingresos promedio, estaría sufriendo lo que muchos llaman ‘la paradoja del crecimiento infeliz’. Al parecer, hemos vivido engañados por mucho tiempo. Nos hemos enorgullecido de las ‘maravillosa’ tasas de crecimiento que hemos venido mostrando, pero nos hemos olvidado de mirar el deterioro real en nuestra calidad de vida.

No olvidemos que ser sencillo significa tener la capacidad de ver lo obvio cuando todos los demás están tratando de ver el otro lado de las cosas.

(*) Periodista uruguayo, fue director del semanario Siete sobre Siete y colaboró en otras publicaciones uruguayas y de America Latina. Corresponsal en Naciones Unidas y miembro de la Asociacion de Coresponsales de prensa de la ONU. Redactor Jefe Internacional del Hebdolatino en Ginebra. Miembro de la Plataforma Descam de Uruguay para los Derechos Economicos sociales y medio ambientales. Docente en periodismo especializado sobre Organismos Internacionales.