Por Gustavo Codas*

¿Hay un cambio de ciclo político en América Latina? Es lo que la derecha viene proclamando desde hace algún tiempo. Recientes derrotas y crisis de gobiernos progresistas en la región le estarían dando la razón. Nuevas y viejas derechas asoman buscando imponer su hegemonía.

Vamos a discutir aquí, brevemente, la disputa en curso, cuestionando esa tesis. Cuando en 1987 el ecuatoriano Agustín Cueva (1937-1992) publicó el libro “Tiempos conservadores: América Latina en la derechización de Occidente”[Quito: Ed. El Conejo] no estaba claro aún para todos que un ciclo reaccionario estaba por hegemonizar a toda la región reflejando lo que venía pasando ya en los Estados Unidos con Reagan e Inglaterra con Thatcher. La coyuntura revolucionaria centroamericana aún produciría la ofensiva final del FMLN en El Salvador en 1989 y ese mismo año todavía la candidatura Lula estaría a punto de conquistar por la vía electoral la presidencia del Brasil. Además, a lo largo de esa década, una atrás de otra las dictaduras militares en América del Sur – régimen político preferido de nuestras oligarquías y del imperialismo norteamericano, hasta los años 1970 – cedieron lugar a procesos de democratización de los estados.

Pero en breve el cambio de ciclo fue inapelable. La larga jornada del nacional desarrollismo iniciado con los populismos de los años 1940-50, paralelamente al estado de bienestar keynesiano del capitalismo del norte, estaba siendo sustituida por una nueva hegemonía, la neoliberal. La ofensiva del FMLN fracasó y dio por terminado el ciclo que le llevó a la lucha armada con la firma de los acuerdos de paz de 1992. En Guatemala otro tanto ocurrió con el conflicto armado, en 1996. En Nicaragua, en 1990, los sandinistas perdieron las elecciones frente a una oposición unificada, con un país chantajeado por la guerra sucia impulsada por el gobierno de los EE.UU. Y las élites latinoamericanas perdieron toda ínfula nacionalista y adhirieron a las recetas del Consenso de Washington y la globalización capitalista. En los años 1990 prácticamente toda la región estaría bajo gobiernos neoliberales.

Este ascenso de los tiempos conservadores solo fue posible porque se combinó con dos crisis importantes de las izquierdas mundiales: la de la socialdemocracia europea que en ese período abandonó su programa de pos guerra para hacerse neoliberal; y la del “socialismo realmente existente” que llevó a la desintegración de la URSS en 1991 y una acelerada transición hacia un capitalismo salvaje en el Este europeo o un capitalismo con particularidades asiáticas, regulado por los partidos comunistas gobernantes, en los casos
chino y vietnamita. Sólo Cuba sobrevivió al naufragio pero sometida a los rigores del “período especial”. El español Miguel Romero (1946-2014), editor de la revista Viento Sur, caracterizó a ese momento como de “desorganización programática” de las izquierdas.

Las herencias de las izquierdas del siglo parecían perdidas y sus fuerzas políticas disminuidas, desmoralizadas y desmovilizadas. En la década de 1990 llegará a su punto más alto el ciclo neoliberal, lanzado pioneramente por las dictaduras militares chilena (1973-1990) y argentina (1976-1983) mas que ganó impulso mundial en los años 1980 con los gobiernos Reagan y Thatcher en EE.UU y Gran Bretaña, respectivamente. Pero es también el momento en que quedan en evidencia las debilidades de ese programa neoconservador. El capitalismo financierizado en breve haría sus primeras víctimas (en la región: México, 1994; Brasil, 1999; Argentina, 2001) hasta desaguar en la gran crisis del capitalismo mundial en 2008.

Al mismo tiempo, a lo largo de esa década se fue gestando una contestación de nuevo tipo al nuevo orden. Comienza con la campaña continental de 1992 contra los quinientos años de explotación colonial, liderada por movimientos campesinos e indígenas. Pasa por el estallido zapatista de 1994. Crece en la lucha contra la OMC (Organización Mundial del Comercio) y el libre comercio, desde la reivindicación de las economías locales. Gana expresión multitudinaria en los procesos de la Campaña Continental de Lucha contra el ALCA / Alianza Social Continental (1997-2005) y el Foro Social Mundial (2001-9). Y si en todo el mundo las izquierdas partidarias estaban en retirada, en 1990, a iniciativa del PT de Brasil y del PC de Cuba, fue constituido el “Foro de S.Paulo” como espacio de reagrupamiento de las izquierdas latinoamericanas, en un sentido muy amplio, buscando (re)construir convergencias en ese nuevo contexto.

El ciclo progresista, iniciado con la victoria electoral de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de Venezuela en 1998 y fortalecido con el triunfo de Lula en la de Brasil en 2002, se alimentó de esas tres fuentes: (1) crisis de hegemonía del neoliberalismo; (2) ascenso de las luchas sociales y políticas anti neoliberales; pero, (3) sin un programa de izquierdas de cambios estructurales. Esto último queda claro si comparamos la plataforma que llevó a la victoria electoral de Salvador Allende en Chile en 1970 con los programas de gobierno de cualquiera de las fuerzas políticas que ganaron elecciones en el actual ciclo progresista.

¿Cuáles son las principales características programáticas del ciclo progresista? Sin obviar que se trata de un fenómeno donde cierta sincronía en el tiempo se combina con una gran diversidad de experiencias nacionales, hay algunos rasgos que se pueden generalizar. Lo que ha definido ese ciclo fue, por ejemplo, la búsqueda por superar el paradigma económico anterior de ampliar los negocios de las corporaciones privadas transnacionales para que “derrame” algo hacia los pobres, sustituido por otro definido como “distribuir para crecer”.

Su signo también ha sido la búsqueda de la integración regional como base para una inserción soberana en la globalización, dejando atrás las “relaciones carnales” con el imperialismo norte-americano (una precisa definición del canciller de Menem de la estrategia internacional del neoliberalismo periférico). Y en todos los casos ha significado una “vuelta” del Estado a la economía, ampliando las regulaciones públicas al mercado, fortaleciendo empresas estatales o incluso re-estatizando empresas y servicios que habían sido privatizadas; un “activismo estatal” que había sido condenado por el Consenso de Washington antes hegemónico.

Sucede que ese programa se ha mostrado insuficiente en el contexto actual. Esas experiencias insertas en el capitalismo globalizado han sufrido el asedio de los mercados financieros. El intento de construir “estados de bienestar” en la periferia capitalista cuando el mercado mundial está regido por la lógica de la “corrida al fondo” donde las empresas se instalan en los países que ofrecen más bajos estándares sociales y laborales, menor regulación estatal y menor presión fiscal, obviamente se choca con los límites impuestos por el capitalismo globalizado. Eso está en el origen de las crisis económicas de las experiencias progresistas.

El ciclo se originó en victorias con mayorías electorales. Ahora bien, el elector es también un consumidor. Y si hay una herencia neoliberal que no fue superada bajo el progresismo es la del consumismo del “modo de vida norteamericano”. Urgidas de mantener mayorías electorales, las izquierdas acabaron reforzándola con una reivindicación del derecho a consumir, sin discutir la calidad del consumo y su sustentabilidad ambiental o económica. Es así que la propia población beneficiada con la mejora de los ingresos acaba siendo quien presiona en los procesos electorales para mantener ese paradigma de consumo predatorio, identificándose así con las clases privilegiadas de nuestras sociedades.

Hay también una dimensión política del impase. Ha habido procesos constituyentes que refundaron los estados en algunos países, pero poco o nada en el conjunto del ciclo progresista se ha avanzado más allá de las formas de la democracia representativa tradicional. Y con ello poco cambió la relación entre gobernantes y gobernados. Peor aún, en varios casos los partidos y los funcionarios de gobierno progresistas han copiado la “forma de hacer política” tradicional, con su autoritarismo y su corrupción. En cuanto a lo último, lo que es “natural” en un político tradicional, no lo es en un militante de un proyecto de cambio; y si es verdad que los medios de comunicación corporativos manipulan esas noticias a sus anchas, en complicidad con el Poder Judicial y la Fiscalía para tratar de desprestigiar al conjunto de las izquierdas, también lo es que al común de la gente le repugnan esas conductas, con razón.

Resumiendo, el ciclo progresista ha hecho, parafraseando al poeta, “programa (de gobierno) al andar”. Y éste ha encontrado sus límites, impases y dilemas.

¿En qué coyuntura no encontramos hoy? Hay señales de un cierto agotamiento del ciclo progresista si consideramos las bases con las cuales fue lanzado a comienzos de este siglo. Pero aquí creo que es útil introducir una distinción propuesta por el politólogo español Manolo Monereo en el programa televisivo “Fort Apache – ¿Cambio de ciclo en América Latina?” [13.02. 2016 https://www.youtube.com/watch?v=4gskJbYD2_k ] entre un ciclo “corto” y otro “largo”.

No hay dudas de que ciclos “cortos” (o “de gobiernos”) han hecho crisis y han habido importantes derrotas, en la elección presidencial en la Argentina y para diputados en Venezuela, en 2015 o en el referéndum en Bolivia en 2016; o con los golpes de estado (Honduras, 2009; Paraguay, 2012; Brasil, 2016). Otra sería la conclusión si hablamos de un ciclo “largo”, de disputa de proyectos, donde el progresismo en el s. XXI ha sido una respuesta al fracaso neoliberal y del capitalismo financierizado y globalizado.

A diferencia de los tiempos conservadores que nos asolaron en los años 1980-90, las fuerzas reaccionarias no tienen hoy un programa económico-social con capacidad hegemónica. Y las fuerzas populares no están desmoralizadas y desmovilizadas como ocurrió en torno y después de la doble crisis de las izquierdas, socialdemócrata y estalinista, de los años 1980.

Al contrario, vemos que donde la derecha consigue victorias electorales o golpistas, no consiguen relanzar su hegemonía. El empresario neoliberal S. Piñera ganó las elecciones en el 2010 frente a una Concertación ya totalmente deshidratada, pero cuatro años después M. Bachelet volvió al gobierno con una alianza más a la izquierda (que incluye finalmente al Partido Comunista) y con un programa de reformas que la Concertación no se había atrevido a plantear en 20 años de gobierno post Pinochet.

Algo parecido ha pasado en Paraguay. En el 2013, el también empresario neoliberal, H. Cartes, ganó las elecciones utilizando la sigla de un partido tradicional oligárquico, el Partido Colorado, en la secuencia del golpe de estado que retiró a F. Lugo de la presidencia en junio del 2012. Las encuestas de opinión muestran que si hubiera elecciones presidenciales hoy, y ambos, Cartes y Lugo pudieran disputarlas, el segundo ganaría por larga margen.

Sea después de la victoria electoral de otro empresario neoliberal M. Macri, en la Argentina, o del golpe de estado parlamentario en Brasil, no estamos viendo a los gobiernos conservadores haciendo gala de hegemonías. Al contrario, enfrentan fuertes resistencias y grandes movilizaciones populares.

Es que, por un lado, el ciclo “largo” de lucha por la superación del neoliberalismo viene con fuerzas sociales y políticas que han sobrevivido y superado la crisis de las izquierdas del siglo anterior y tienen capacidad de continuar movilizadas. Por el otro, los pueblos han conquistado derechos y mejores condiciones de vida en los años progresistas y saben que se puede vivir mejor. Hay conquistas a defender, y hay sujetos sociales y políticos activos. Para tanto, hay que vencer desafíos, contradicciones e impases, algunos de los cuales mencionamos arriba.

¿Vuelven los tiempos conservadores?, preguntamos en el título de este artículo. Nuestra respuesta es “no”. No estamos a finales de una fase progresista e inicios de otra reaccionaria con hegemonía de la derecha, como en los años 1980. Continua el ciclo ¨largo¨ progresista de lucha por un modelo post neoliberal. Hemos plantado hitos importantes en ese rumbo. Pero aquellas energías y estrategias iniciales de década y media atrás dieron muestras de agotamiento para los desafíos de ir más lejos. En la actualización y renovación del proyecto progresista se juega el destino de este período histórico.

* Economista paraguayo