La oposición más dura del gobierno nacional es la que más lejos está hoy del poder. No es la que el gobierno de Cambiemos invita a negociar, y por lo tanto no participa del armado de las leyes en el Congreso, a pesar de la horizontalidad que ha establecido allí la relación de fuerzas surgida de las elecciones. Ese papel está reservado para una oposición caracterizada como “racional”, si bien el gobierno sabe que cuando la carrera electoral se ponga realmente en marcha le dará dura pelea.

Lejos del poder entonces, esos sectores más duros integrados fundamentalmente por el cristinismo y la izquierda, consideran que el espacio donde hoy son más fuertes es la calle, y como contrapartida sostienen que allí es donde el gobierno es más débil.

Con multiplicidad de puntos de contacto con ellos, los movimientos sociales comparten ese pensamiento y la animadversión hacia el gobierno. Y piensan dar pelea allí, más allá de las concesiones que en el camino puedan obtener. Porque necesitan de los recursos del Estado, y juegan convencidos de que las autoridades van a brindarles fondos ante el temor de que de lo contrario sobrevendría el incendio.

Ese es el pensamiento de los movimientos sociales que a falta de un liderazgo, encuentran en el Papa Francisco “el guía que nos muestra el camino”, tal la definición que un representante de estos sectores hizo ante este medio. “El habla de unidad y reivindica a los trabajadores como aquellos que pueden cambiar el orden de las cosas”, sostuvo el dirigente, miembro de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, una entidad a la que Cristina Kirchner dio personería gremial cuatro días antes de concluir su mandato.

Precisamente con ese trasfondo pastoral reivindican como un gran hito la marcha del 7 de agosto a Plaza de Mayo, y en ese marco se arrogan el éxito más reciente de la Marcha Federal, que tuvo también a los movimientos sociales poniendo el número y la capacidad de movilización que los anima a ir por más.

A sabiendas de que la calle es su base, pero que las decisiones se adoptan en otros ámbitos, buscan su anclaje institucional en el Congreso de la Nación y la llave para ello se llama Movimiento Evita, que en ambas cámaras se ha nutrido de legisladores que encontraron en esa agrupación la vía para salirse del Frente para la Victoria sin dejar de ser kirchneristas, pero sin alardear con ello.

En la Cámara de Diputados armaron un bloque de seis miembros escindidos del FpV-PJ, bajo la denominación “Peronismo para la Victoria”, mientras en el Senado tienen por ahora dos representantes que por un acuerdo tácito con el jefe de la bancada, Miguel Pichetto, no oficializarán ninguna ruptura. Son el bonaerense Juan Manuel Abal Medina y la riojana Teresita Luna, pionera en el

Senado en emigrar a fines de junio hacia el Evita, donde su propio hermano ya era referente en La Rioja.

El objetivo principal que se plantean es aprobar la “emergencia social”, una propuesta que nació luego de que la UCA difundiera un estudio anunciando la abrupta caída en la pobreza de 1.400.000 personas en los últimos meses. Esos movimientos sociales tienen como cabezas visibles a la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa (CCC), que encontraron apoyo en bloques opositores para impulsar una serie de propuestas a plasmar en un proyecto que en principio perseguía actualizar los programas de cooperativas, universalizar tarifas sociales de servicios y transportes, y devolución del IVA para beneficiarios de planes sociales.

Este último elemento ya se consiguió por una ley impulsada justamente por el Poder Ejecutivo, pero estos movimientos sumaron otros reclamos. El 26 de abril pasado, al presentar oficialmente la ley de emergencia social en el Congreso rodeados de legisladores de la oposición, Esteban “Gringo” Castro, secretario general de la CTEP, citaba al Papa Francisco, al que todo dirigente de estos sectores nombra permanentemente en sus discursos. Presente estuvo allí también el padre Carlos Accaputo, presidente de la Pastoral Social porteña y presentado como la mano derecha del Santo Padre: el encargado de hablar con políticos, sindicalistas y dirigentes sociales. “Hablar con él es hablar con Bergoglio”, dicen. En ese cónclave en la Cámara baja, Accaputo remarcó la importancia de esas organizaciones, recordando el Encuentro Mundial de Movimientos Populares celebrado en Bolivia el año pasado: “Me impactó mucho cuando Francisco, en su palabra a los movimientos sociales, los compara, de alguna manera, a lo que ha sido la historia del movimiento obrero a fines del siglo XIX, principios del XX”, con la diferencia de que “hoy ya no es la cuestión obrera sino la cuestión de la exclusión, de los que quedan afuera, de los que no entran”

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