No es un favor que nos hacen: es su deber con un pueblo que ha padecido demasiado. Pero lo que enseguida tengo que decir es que quienes voten por el No, no son mis enemigos. Tienen todo el derecho a hacerlo si no les gusta el acuerdo a que han llegado el gobierno y la guerrilla. A mí tampoco me gusta, pero probablemente por razones muy distintas. Hay algunos que piensan que ese acuerdo es malo porque concedió demasiado, porque cambió muchas cosas; yo pienso que es malo porque concedió muy poco y porque no cambió nada.

No pertenezco al bando de los grandes dueños de la tierra, que ven como una amenaza, en un país de 30 millones de hectáreas productivas, un fondo (harto improbable) de tres millones de hectáreas para los campesinos. Al contrario, creo que para cambiar la situación del campo colombiano se requieren diez millones de hectáreas, pero no distribuidas en una irreal solución agrarista, sino dedicadas a la modernización del campo, teniendo a los campesinos como principales protagonistas.

Dicen que en el mundo la distribución de la riqueza es tan inequitativa que la mitad de la riqueza mundial está en manos del uno por ciento de la población. O sea, una de cada cien personas es dueña de la mitad de todo. Pues bien, en Colombia la cosa es tan desproporcionada que una de cada diez mil personas es dueña de la mitad de la riqueza nacional: en un país de 50 millones de habitantes, cinco mil personas son dueñas de la mitad del campo productivo y de la mitad de los depósitos que hay en los bancos.

Lo que hace el acuerdo de La Habana es muy poco y no cambiará casi nada. Peor aún, existe el peligro de que ni siquiera desactive el conflicto con las Farc, porque algunos frentes no van a desmovilizarse, porque otros corren el riesgo de ser masacrados por paramilitares o por las propias fuerzas del Estado, y porque la desmovilización, sin un esfuerzo por convocar a la población civil a construir la reconciliación en el territorio y acoger con garantías a los guerreros, se da en un escenario de desconfianza y de insolidaridad.

Pero es la primera vez que Estado y guerrilla ofrecen terminar esta guerra atroz, donde han muerto y sufrido tantos ciudadanos, y sobre todo los más pobres, de modo que no podemos negarnos a intentar cerrar esta herida. Siempre he sabido que el fin del conflicto tenía que ser negociado, pero el verdadero cierre de una herida hay que hacerlo de cuerpo presente, y aquí han dedicado más tiempo al diagnóstico lejos del paciente, mientras a la filigrana de la reconciliación le van a dedicar, imprudentemente, pocos días.

Los que siempre hicieron la guerra no saben cómo hacer la paz. El documento de 297 páginas está alambrado de desconfianzas, de imposibilidades y de ineptitudes. Todo el trabajo de superación del conflicto se lo están dejando a las comunidades, pero una vez más sólo los que hicieron siempre la guerra quieren manejar el posconflicto.

Para agravar las cosas, ese deseable pero harto complicado final del conflicto se da en un contexto muy colombiano de rivalidad feroz entre dos sectores de la dirigencia. Nunca supieron hacer otra cosa que enfrentar a los ciudadanos entre sí, para poder seguir reinando. Ahora, a pesar de sus esfuerzos, y a pesar de ciertos titulares de prensa, no han logrado polarizar a los colombianos. Los gallos de pelea han perdido prestigio, y la ciudadanía se da cuenta de la insensatez de los dirigentes, de llamar a la guerra en nombre de la paz.

Entiendo que con el final del conflicto (que ojalá no conlleve traiciones de parte y parte) la vieja dirigencia se está retirando del escenario de la historia. Porque ellos sólo supieron gobernar por la violencia desde cuando le impidieron a Gaitán ascender al poder.

Votaré Sí, sintiéndome hermano de los que votan No, y dispuesto a aceptar el veredicto de la democracia, aunque no ignoro que estamos en un régimen de precaria legitimidad.

Ya será ganancia que de este trance no salga Colombia enemistada (algunos pocos lo están ya) sino convencida de que necesitamos otra dirigencia, no de personas sino de ideas; que la paz está lejos y que depende de un poderoso cambio de agenda, que no nos lo ofrecerán ni el uribismo ni el santismo. El país lleva demasiado tiempo en manos de los Laureanos, en su forcejeo con los Santos y con los Lleras, y siempre con algún Gaviria sentado por ahí esperando su turno.

Mientras tanto las multinacionales hacen su agosto, el negocio de la droga prolifera, las mineras arrasan los páramos, los ríos sagrados agonizan, el desierto está creciendo, y los políticos sólo piensan en sí mismos.

Sólo un movimiento social nuevo, que ame esta tierra nuestra, que busque de verdad la reconciliación, que quiera verdadera justicia preventiva, es decir, justicia social, que incluso les dé una nueva oportunidad a los que nunca la tuvieron; que ponga el agua, los bosques, las energías limpias y el final de la pobreza en el primer lugar de la agenda, y que ponga a Colombia en el planeta, podrá pasar la página del país de las guerras que se bifurcan, y empezar a construir el país grande que todos sabemos que existe, que existe y que espera, el país de la Franja Amarilla.

*Escritor colombiano, ha publicado varios libros de ensayos, entre ellos ¿Dónde está la franja amarilla?” (1997), En busca de Bolívar (2010), La lámpara maravillosa (2012), Pa que se acabe la vaina (2013), El dibujo secreto de América Latina (2014) y cuatro libros de poemas. Autor de las novelas Ursúa (2005), El país de la canela (2008), La serpiente sin ojos (2012) y El año del verano que nunca llegó (2015). Recibió los premios Nacional de Ensayo 1982, Nacional de Poesía 1992, de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada en Casa de las Américas 2003 y el Premio Rómulo Gallegos 2009.