El 31 de agosto de 2016 será recordado como un día triste en la historia del Brasil. Nuevamente un presidente es destituido. También un día 31, pero en marzo de 1964, fue derrocado Joao Goulart, lo que dio paso a la dictadura militar que gobernó Brasil durante más de veinte años.

Este 31, en el Senado brasileño, 61 senadores destituyeron a la presidenta Dilma Rousseff, reelegida en octubre de 2014 para darle continuidad a la política del Partido de los Trabajadores, el PT, en el poder desde el 1 de enero de 2003.

La presidenta destituida tuvo que conseguir más de 54 millones de votos para su reelección; los senadores, en cambio, tenían que conseguir apenas 54 votos para destituirla.

Entre quienes la destituyen están los representantes de los partidos políticos que perdieron las elecciones hace menos de dos años como Aécio Neves, derrotado en las urnas en octubre de 2014. También los que perdieron contra Lula da Silva en elecciones anteriores como el actual canciller José Serra y los miembros del PMDB de Michel Temer que tejieron una alianza con el PT hasta que le soltaron la mano y provocaron su caída. Una de las características de este proceso es que muchos de los que ahora derrocaron a Rousseff y están en el gobierno de Temer fueron derrotados varias veces en la urnas.

En circunstancias diferentes, pero como en 1964, poderosos sectores económicos junto a los medios de comunicación más influyentes y el aparato judicial impiden que se desarrolle un proyecto que tiene como eje la inclusión de millones de personas dentro de una sociedad históricamente desigual. No fue casual la elección del término “Belindia” acuñada por el escritor Edmar Bacha en 1974 para describir las profundas desigualdades del gigante latinoamericano. Belindia es una mezcla del alto nivel de vida de algunos pocos como en Bélgica y otros, la mayoría, viviendo en la pobreza y marginados como en la India.

Goulart intentó gobernar para las grandes mayorías y fue derrocado por un golpe militar. Lula da Silva y Dilma Rousseff también lo intentaron a su manera, pero una trama jurídica, parlamentaria y mediática montó una farsa que no necesitó de los tanques para derrocar al gobierno del PT. No es casual que se asocie la destitución de Rousseff con la de Manuel Zelaya en 2009 en Honduras y el golpe de Estado que derrocó a Fernando Lugo en Paraguay en 2012. En todos los casos se forzó la “legalidad” institucional para destituir a un presidente que formaba parte de la corriente progresista regional.

Ahora el objetivo de quienes se apoderaron completamente del gobierno y del aparato del Estado será evitar que Lula pueda retornar al poder por las urnas en 2018. Temer asume como presidente por apenas dos años. Seguramente querrá revertir lo más rápido posible todo aquello que se construyó en los trece años que gobernó el PT. Pero este partido, con todas sus contradicciones y defectos, y a pesar de haber perdido gran parte de su apoyo popular, no fue derrotado en las urnas, fue desalojado del poder por un conjunto de políticos y partidos tan desprestigiados que ni siquiera se atrevieron a convocar a elecciones anticipadas convencidos de que las perderían frente a Lula, todavía el político más popular del país. Por eso hay que sacarlo del tablero. Por eso lo van a perseguir, para evitar que se presente como candidato a la presidencia en 2018.

En el Brasil se abre una etapa que es parte de la puja regional como bien lo demuestran los comunicados de Bolivia, Ecuador o Venezuela que condenaron inmediatamente la destitución de Rousseff. Por otra parte, el gobierno argentino la avaló en un tono muy similar al expresado por el vocero del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Señales claras de que América Latina es un continente en disputa.