Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Con un muy pertinente minuto de silencio dedicado a la memoria de las más de 260.000 víctimas que ha dejado el conflicto armado, tal y como lo recordó el lunes este diario en su primera página, comenzó el acto en el que Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño estamparon su firma en el acuerdo final entre el Gobierno colombiano y las Farc-EP. Quienes padecieron en carne propia el rigor de la confrontación estuvieron en el centro del acto, idéntico lugar al que ocuparon en los cuatro años que duraron las negociaciones.

Junto a las víctimas, buena parte de los jefes de Estado de la región, el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon; el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, entre otros, fueron testigos de excepción del cierre de la negociación. Un momento que resiste el calificativo de soñado. Difícil encontrar en la historia del país una postal, por tantas personas y por tantas décadas, anhelada que haya hecho tránsito del deseo a la realidad.

Era lógico entonces, que no obstante algunos sobresaltos, incluido el del comandante de las Farc ante el, para muchos, inoportuno paso del avión de la Fuerza Aérea, la ceremonia se desarrollara en un marco de intensa emotividad. No era para menos. La perspectiva de pasar tan brutal página de nuestra historia justifica cualquier demostración de júbilo, ante la importancia de un hecho así no hay manual de protocolo que valga.

Y es que Colombia y el mundo fueron testigos de un cuadro que hace apenas un lustro pertenecía a la fantasía, a la utopía, a lo surreal. Más allá de la importancia de los pasos dados gracias al valor de la Fuerza Pública, determinantes para llegar a esta firma, un escenario como el visto no entraba dentro de lo factible.

Sobre todo el escuchar, tal y como ocurrió, a ‘Timochenko’ pedirles perdón a sus víctimas, anunciar el tránsito de su lucha de las armas a los argumentos. Esto sucedió, y qué bueno que haya sido así, pero todavía no es completamente una realidad. Que lo acontecido ayer quede impreso en letras de molde en los libros de nuestra historia depende todavía del último y definitivo aval. Falta aún la refrendación popular el próximo domingo, la cual, como ya se ha dicho, este diario espera que se produzca.

El Tiempo