Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

A la luz de las reacciones que ha generado la visita del presidente Juan Manuel Santos a Nueva York, y en particular su intervención este miércoles ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, se podría hablar de la consecución de una suerte de aval de la comunidad internacional al acuerdo entre el Gobierno y las Farc.

Aunque su obtención no quedó consignada en el texto de aquel como requisito para entrar en vigencia, no hay duda sobre su importancia en términos que son, ante todo, políticos. Esto para decir que esta cuestión se aparta de toda la discusión jurídica respecto a la validez de lo firmado ante los ojos de la Corte Penal Internacional. Interrogante que, por cierto, parece resolverse a favor de quienes, comenzando por los negociadores, consideran que es satisfactorio.

De vuelta al respaldo, hay que afirmar que bien merece calificarse de unánime y destacar que su rostro más visible sea el de Estados Unidos. La alusión a la paz de Colombia por Obama en su discurso del martes lo deja suficientemente claro. “Acompañamos a Colombia a terminar la guerra más larga del hemisferio”, manifestó. Otros jefes de Estado, como Ángela Merkel, de Alemania; François Hollande, de Francia, y el rey Felipe VI de España expresaron también su voluntad de seguir apoyando al país en la búsqueda de la paz, ayuda que sí que será necesaria en el largo trecho que falta: la implementación de los acuerdos, de triunfar el sí en las urnas, que es la construcción de la paz estable y duradera propiamente dicha.

Por lo pronto, conviene precisar que la manera como se reunieron estos apoyos sin duda tiene mucho que ver con cómo desde afuera son valorados logros cuya importancia es objeto de intenso –y bienvenido si se da con altura, como tanto hemos insistido– debate en el país.

A ellos se refirió este miércoles el mandatario en su discurso, en el cual lanzó la emotiva proclama de que “la guerra en Colombia ha terminado”. Son, entre otros, el haber podido negociar la conformación de una jurisdicción especial para la paz a la que calificó de “completo sistema de justicia transicional”, el compromiso de las Farc de romper cualquier vínculo con el narcotráfico y de colaborar para combatirlo y, sobre todo, el que sea –según enfatizó Santos– la primera vez que “un gobierno y un grupo armado ilegal –a través de un acuerdo y no por imposiciones externas– pactan una justicia transicional para someterse a ella”.

Más allá de las posiciones encontradas respecto a si estos caminos que buscan una salida de la guerra son satisfactorios o no, decisión que tomarán los colombianos, es un hecho que son fruto de un esfuerzo que hoy el mundo valora y aplaude.

Ahora bien, se trata de un espaldarazo a la paz, desde luego, pero que se concentra en el proceso de negociación. Y dicho proceso, como está suficientemente claro, incluye la votación del próximo 2 de octubre. En esa medida, puede plantearse que los respaldos no contravienen la soberanía del país, la cual reside en el pueblo. El mismo que a través del plebiscito dirá la última palabra. Y sea cual sea, dado el cauce democrático que esta iniciativa ha seguido, tendrá que ser respetada por el mundo.

El Tiempo