Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Con la firma del acuerdo final y el apretón de manos entre el presidente Santos y Rodrigo Londoño ‘Timochenko’ se dio fin a una de nuestras más largas guerras y se abre un momento de importantes retos para el pueblo colombiano.

El camino ha sido largo y difícil. Han pasado casi cuatro años desde que, en octubre de 2012, se anunció en Oslo (Noruega) el inicio de los diálogos de paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP) y el Gobierno Nacional. En estos 47 meses el país ha sido testigo de unas tensas negociaciones, de los ataques de la extrema derecha al proceso y de la elaboración de unos acuerdos que hoy, firmados por los máximos dirigentes de Estado y guerrilla, esperan su refrendación en las urnas el próximo domingo 2 de octubre.

Sin duda, la alegría que entre una amplia capa de colombianos ha producido el emotivo acto de firma del acuerdo final y, con esta, el fin de una guerra de 52 años serán un gran aliciente para aumentar la votación por el ‘sí’ en un plebiscito único en la historia de Colombia, que formalmente busca que la participación ciudadana le dé el impulso necesario a lo acordado en La Habana hacia su implementación.

No obstante, en medio de la euforia, los movimientos sociales y las organizaciones populares no deben olvidar que, de una parte, deben redoblar sus esfuerzos porque las cuentas no están echadas y en esta última semana de campaña la desbocada propaganda uribista puede dar bastantes sorpresas en la votación del domingo. Tampoco pueden hacer a un lado, y esto es lo más importante, que sus intereses en el plebiscito son totalmente diferentes a los de unas élites que, con toda seguridad, aprovecharán el certamen electoral para jugar otro pulso de su larga confrontación interna.

Sea como sea, lo que de verdad importa para los eternos dueños del país y para el pueblo es totalmente diferente: mientras que ayer celebraban en las calles los siempre excluidos, las organizaciones sociales y las víctimas por un acuerdo que si bien, como señaló hoy de forma acertada Santos, no es “el final de todos los problemas de nuestra nación” y por el fin de la más antigua de nuestras guerras, aunque no la única, los poderosos siguen su camino para profundizar un modelo económico que no sólo le quita a esas mayorías sus más básicos derechos y dignidad, mientras usan el plebiscito como plataforma para captar votos hacia las elecciones de 2018.

Si lo esencial para los más poderosos es, entonces, la lucha por el poder en un Estado diseñado para negar los reclamos de justicia de las mayorías, justamente para imponer los intereses que cada cual, Santos o Uribe, representan, para el pueblo colombiano la ocasión es propicia para hacer cumplir el contenido de los acuerdos, entendiendo que no se trata de fórmulas mágicas que resuelvan todos los problemas de fondo sino puertas que, una vez abiertas, pueden permitir que se amplíe la lucha social por una Colombia distinta.

Por esto, sean cuales sean los resultados del plebiscito, a partir del 3 de octubre la movilización social tendrá el papel protagónico para lograr que en la implementación no se traicione lo acordado, pues hasta el momento los colombianos sólo contamos con un compromiso entre las partes que, para el caso del Estado, se hace bastante frágil con el cambio de gobierno que se aproxima. Al respecto,

Rodrigo Londoño, jefe máximo de las FARC, fue incisivo al señalar que “nosotros vamos a cumplir y esperamos que el gobierno cumpla”.

Sin embargo, el papel del pueblo colombiano en la definición del rumbo futuro del país no puede limitarse a ser mero garante de estos acuerdos. En los próximos años se debe aprovechar la oportunidad que da este giro en nuestra historia para desatar la más amplia lucha por reivindicaciones que excedan el marco estrecho del pacto mismo y que son fundamentales para construir un país justo y con dignidad para todos, y esto solo será posible eliminando las estructuras políticas y sociales que históricamente han definido las desigualdades en Colombia.

Asimismo, no se puede olvidar que si bien hoy se dio fin a la más antigua de nuestras guerras, la iniciada en 1964 por un Estado que, al negarle derechos mínimos a un grupo de campesinos, dio origen a la rebelión de las FARC-EP, aún falta mucho trecho para poder celebrar el verdadero fin de la guerra colombiana. Para ello se requiere que el Gobierno Nacional deje de dilatar la negociación con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y que reconozca que el Ejército Popular de Liberación (EPL) es un contendiente político y no un simple grupo criminal, como insisten desde los comandos de operaciones psicológicas del Ejército Nacional. Todo esto, al tiempo que se buscan soluciones al grave problema de los grupos paramilitares que vayan más allá de la lógica meramente policial y se combatan los lazos de estas estructuras de la extrema derecha con agentes estatales que hoy ponen en altísimo riesgo tanto a los líderes sociales y a los defensores de derechos humanos como a quienes se reincorporen con este acuerdo a la vida civil.

¡Por fin se acabó! ¡Finalmente se acabó esta, una de nuestras guerras! Es necesario celebrar el haber llegado a este punto, el haber triunfado en una gesta cuya victoria le atañe principal, pero no únicamente, a una insurgencia comprometida con una negociación hecha de cara al país y un gobierno que se jugó la carta del diálogo para desarrollar un nuevo proyecto de país. ¡Felicidades a ellos y al pueblo que luchó porque este acuerdo fuera una realidad! Ahora, el camino sigue y el próximo domingo se definirá el rumbo del país en los próximos años. Seamos conscientes del reto al que nos enfrentamos y no dejemos de luchar por nuestros sueños.

El Turbion