Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La reacción de Nicolás Maduro y su séquito, ante la irrecusable demostración del pueblo opositor venezolano, de negar de manera consistente el resultado de una marcha que sobrepasó el millón de personas, es solo la apertura de una serie de cuestiones a las que los demócratas venezolanos debemos afrontar en los próximos días.

A lo anterior hay que sumar dos hechos que tuvieron lugar ese día: por una parte, otras numerosas marchas y concentraciones opositoras en varias ciudades del país, cada una de ellas concurridas y también pacíficas; y por la otra, el fracaso de la contramarcha convocada por el gobierno en la avenida Bolívar, lo que no constituye novedad alguna. En los últimos años se hace cada vez más evidente que la fuerza del régimen para convocar es cada vez menor. Tan inocultable es su pérdida de popularidad, un deterioro que no cesa, como el crecimiento de la cantidad de venezolanos que rechazan al régimen, a Maduro, al séquito y a todos sus socios en funciones de poder.

Hoy no hay lugar para las ilusiones. La política de negar la realidad, de falsear los hechos, no se limita a lo dicho con respecto a la Toma de Caracas: está presente, y esto no es una exageración, prácticamente en todas las declaraciones de sus integrantes. Para ocupar un alto cargo en el gobierno el principal requisito no es otro que estar dispuesto, ante cualquier realidad, a negarla y a inventar otra que la sustituya. Eso es lo que han hecho, también esta vez. Se han inventado un golpe de Estado, que tendría como trasfondo una marcha que, sin que haya dudas al respecto, fue pacífica e inscrita en el marco de la Constitución.

No solo mienten, también exhiben y escenifican sus mentiras. Inventan conspiraciones, señalan a dirigentes opositores, detienen a personas de manera ilegal, arrecian la persecución contra Voluntad Popular, utilizan el precepto de la obediencia para que los miembros de la GNB amedrenten y repriman a quienes ejercen el derecho a la protesta.

Nadie debe olvidar esto: en Venezuela, el único golpe de Estado en proceso es el que la mayoría oficialista del CNE, bajo la brutal presión del gobierno y de sus cómplices, dentro y fuera de Venezuela, insiste en cometer al negar a los venezolanos el derecho a que el referéndum revocatorio se produzca este 2016. Y es aquí donde surgen nuevas preguntas a partir de los resultados de la Toma de Caracas.

La pregunta clave posterior al 1-S se refiere a la convocatoria realizada para el inminente día 7: una vez que el miedo ha sido derrotado en las calles de Venezuela ¿se logrará con esa jornada un cronograma electoral que respete el derecho establecido en la Constitución? ¿Podrán las movilizaciones, en varias ciudades del país, cambiar la política gubernamental de negación de la realidad y obligar al régimen a reconocer nuestros derechos?

La lucha de los demócratas venezolanos ha logrado un avance extraordinario con las numerosas jornadas del 1 de septiembre. Lo que he venido advirtiendo en varios artículos se hizo patente ese día: la inmensa mayoría de los venezolanos, mayoría en crecimiento, repele al gobierno de Maduro. Quienes aspiramos a una vida digna y en libertad expresamos solo una exigencia: que se respete nuestro derecho de elegir. El poder no puede seguir causando frustración al pueblo de Venezuela. El poder, una vez perdido el apoyo popular, debe hacer uso de la oportunidad constitucional del referéndum, este año. De no hacerlo, el resultado será la inviabilidad de la convivencia en Venezuela.

El Nacional