Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Aquel color rojo vibrante que el ahora multimillonario (dicen sus adversarios sin presentar pruebas) expresidente de Pdvsa le gustaba tanto susurrar al oído del comandante mientras le movía la cuna, a la vez que reafirmaba que el petróleo bolivariano ya no era oro negro sino rojo, rojiiiiiito… Pues, para su desgracia, ahora se ha estado destiñendo en manos de Nicolás hasta llegar a una tonalidad entre gris y mediocre, cercana a la piel de un cadáver dejado a la intemperie.

Para quienes proclaman ciegamente que las masas eran y seguirían siendo rojitas debería bastarles con agarrar un telescopio y desde su atalaya en Miraflores ver la marcha de ayer, la gran marcha de protesta si se quiere definirla mejor, protagonizada por un millón de ciudadanos decididos a decir basta, a entregarle la carta de despido a quien no ha sabido estar a la altura de las exigencias de un país que se merece un mandatario juicioso y mentalmente “bien estructurado”, como dicen por ahí, para cambiar el rumbo que nos conduce en caída libre hacia el precipicio y a la ruina total de la nación.

Ha quedado claro no solo para toda Venezuela, sino para el resto del mundo que el rechazo popular al gobierno no hace sino crecer día a día, que la ineptitud y la incoherencia caracteriza y caracterizará por siempre este período de nuestra historia y que si algún remedio está democráticamente al alcance de las mayoría no es otro que el que estipula debida y sabiamente la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela: el revocatorio presidencial.

Empeñarse en querer crucificar esta salida pacífica, sensata y electoral no es más que seguir encadenando errores, torpezas y padecimientos ante una nación que está harta de que un hatajo de mediocres y de improvisadores le hagan pasar hambre, padecer un sinnúmero de enfermedades y de ver hundirse el futuro sin que nadie haga caso de sus penas. No existe explicación alguna para este comportamiento irracional que a nadie conviene, ni a los ciudadanos que viven un calvario incesante y menos aún a quienes se proclaman gobernantes que, desde hoy en adelante, solo les espera un repudio continental tan espantoso que lo de Fidel Castro en Cuba parecerá un chiste.

Es evidente que lo ocurrido ayer en Caracas y en el resto del país no es agua de borrajas y seguir adelante como si nada hubiera sucedido es estirar la cuerda más allá de lo aconsejable. Los gobernantes que se empeñan en desdeñar los avisos que la sociedad les envía pueden estar seguros de que ya la historia ha lidiado con el destino de otros déspotas y que, en el mejor de los casos, no saldrán a hombros como triunfadores, sino a rastras o a groseros empujones. El derecho a un trato respetuoso solo está al alcance de aquellos que, por prudencia y astucia, saben hacer mutis a tiempo.

Los altaneros y desafiantes a tiempo completo recibieron ayer varios avisos muy claros y rotundos. Nadie pudo impedir el deseo de los venezolanos a protestar pacíficamente y nada pudieron hacer las fuerzas represivas que, contrariando a sus jefes, se hicieron a un lado y abrieron el paso.

El Nacional