Cuando están a punto de cumplirse 40 años del asesinato del ex canciller Orlando Letelier en Washington, el arquitecto Miguel Lawner repasa su legado y destaca que fue el primero en advertir los riesgos de implementar el modelo neoliberal de los Chicago Boys. Además, recuerda su trayectoria política, su paso por los campos de prisioneros de la dictadura y cómo se transformó en un actor clave para alertar a la comunidad internacional de las violaciones a los derechos humanos que se cometían en Chile.

El 21 de septiembre próximo se cumplen 40 años del asesinato de Orlando Letelier, a raíz del atentado terrorista perpetrado por la DINA en el corazón de Washington. Una bomba colocada en el piso de su automóvil, generó una explosión que le originó la muerte minutos más tarde. Junto con Orlando falleció su acompañante, la joven Ronni Karpen Moffitt, compañera de trabajo en el Instituto de Estudios Políticos.

A comienzos de su gobierno, el presidente Allende lo designó embajador en los Estados Unidos, cargo en el cual destacó por su capacidad para enfrentar la compleja situación que generó la nacionalización del cobre en Chile, por cuanto afectó los intereses de las compañías norteamericanas dueñas de los grandes yacimientos existentes hasta entonces: la Kennecott y la Anaconda Copper Mining.

A comienzos de 1973, Allende convocó a Letelier a Santiago a fin de asumir la cartera de Relaciones Exteriores, más tarde el Ministerio del Interior y finalmente el de la Defensa Nacional. En esa responsabilidad lo sorprendió el golpe militar de 1973. Fue detenido el mismo 11 de septiembre al ingresar al ministerio a su cargo y confinado a la Isla Dawson junto con otros altos funcionarios del gobierno depuesto.

En Dawson, Orlando jamás se doblegó ante las vejaciones de las cuales éramos víctima. Imponía respeto por su apostura y su altivez para enfrentar a los militares. Enfrentó sin dar muestras de fatiga el trabajo forzado y cuando emprendimos la restauración de la iglesia de Puerto Harris, fue un trabajador aplicado, a cargo de pintar el alero de la iglesia.

Justamente acabamos de recuperar uno de los apuntes que realicé en la isla, donde aparece Letelier pintado cuidadosamente dicho alero. El dibujo estaba en el Archivo de la Biblioteca Nacional, institución a la cual la familia de Orlando donó todos sus documentos, fotografías y artículos personales.

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Es una primicia que acompañamos con este texto, y donde Orlando aparece junto al abogado porteño Luis Vega, también preso en la isla, ambos  encaramados en un andamio que habilitamos para permitir la ejecución de una tarea autoimpuesta por nosotros mismos.

Desde Dawson nos trasladaron a Santiago en mayo de 1974. Letelier fue recluido en el subterráneo de la Academia de Guerra Aérea (AGA), junto a otros ocho compañeros. Dos meses más tarde todo el grupo de Dawson fue destinado a Ritoque, un balneario popular construido por el gobierno de Allende, que se blindó y artilló para servir como campo de concentración.

Con motivo del primer aniversario del golpe militar, el 11 de septiembre de 1974, los presos políticos en Ritoque fuimos llamados a formación, a fin de escuchar la palabra de un alto oficial de la Fuerza Aérea, quién pretendió justificar la intervención militar, debido a las supuestas ilegalidades y escándalos cometidos por la administración Allende. El oficial concluyó su diatriba con la siguiente advertencia: 

“Algunos de ustedes saldrán pronto expulsados fuera de Chile, pero sepan que la larga mano de la Dina los alcanzará en cualquier lugar del mundo, vayan donde vayan.”

¿Qué tal?

Días después, Orlando fue expulsado de Chile, arribando a Venezuela, cuyo gobierno había realizado numerosas gestiones en demanda de su libertad. Allí se reunió con su familia, con la cual viajó meses después a los Estados Unidos, a fin de integrarse como miembro del Instituto de Estudios Políticos en Washington, tarea que compartió con el cargo de director del Transnational Institute (TNI), con sede en Holanda.

Desde entonces, Letelier desarrolló una actividad infatigable denunciando los crímenes y las múltiples violaciones a los derechos humanos que tenían lugar en Chile, tarea compartida con el análisis de las transformaciones a las estructuras sociales y económicas que comenzaron a implementar los golpistas.

El 26 de agosto de 1976, veinticinco días antes de su asesinato, Orlando publicó un ensayo en la revista norteamericana The Nation titulado:   

Los Chicago Boys en Chile
“LIBERTAD ECONÓMICA Y REPRESIÓN POLÍTICA”
Dos caras de un mismo modelo

El texto analiza detalladamente los cambios introducidos en la economía chilena por la Junta Militar, enfatizando que una política tan contraria a los intereses mayoritarios de la población, solo podía implementarse mediante una feroz represión.

En esos días, las autoridades norteamericanas reconocían la existencia de los abusos en materia de derechos humanos cometidos por los militares chilenos, pero valoraban con entusiasmo sus éxitos económicos. El ensayo de Orlando es categórico en demostrar que libertad política y represión económica son dos caras de una misma moneda. Es imposible disociar esa yunta, y enrostra a los Chicago Boys su responsabilidad por el genocidio que tiene lugar en Chile.

Es un documento pionero. Orlando es la primera persona en el mundo entero que advirtió los estragos que produciría el modelo neoliberal, implementado primero en Chile en calidad de conejillo de Indias y extendido años después al resto del planeta. Su  artículo no se conoció en Chile, hasta que Hernán Soto y yo lo dimos a conocer en libro publicado por LOM Ediciones el 2011 con el título: “Orlando Letelier: el que lo advirtió”

El 10 de Septiembre de 1976, con motivo del tercer aniversario del golpe militar en Chile, Orlando fue el principal orador de un acto efectuado en el Madison Square Gardens de Nueva York.

libro-letelierLa junta militar acababa de dictar un decreto privándolo de su nacionalidad. Ante las 5.000 personas que colmaban el Forum y otras 2.000 que no pudieron ingresar, Orlando declaró lo siguiente:

“Hoy día, Pinochet ha firmado un decreto que me priva de mi nacionalidad. Este es un día importante para mí. Un día dramático en mi vida, en que la acción de los generales fascistas me hace sentir más chileno que nunca. Porque nosotros somos los verdaderos chilenos, en la tradición de O’ Higgins, Balmaceda, Neruda, Gabriela Mistral, Claudio Arrau y Víctor Jara y ellos –los fascistas– son los enemigos de Chile, los traidores que están vendiendo el país a los intereses extranjeros. Yo nací chileno, soy chileno y moriré chileno. Ellos nacieron traidores, viven como traidores y serán recordados siempre como fascistas traidores.”

El 21 de Septiembre de 1976, el agente de la DINA Michael Towley, con el apoyo de exiliados cubanos miembros de una organización terrorista con asiento en los Estados Unidos, llevaron a cabo el atentado que cobró la vida de Orlando Letelier.

Los culpables fueron juzgados y condenados tanto en Estados Unidos como en Chile, sin embargo, el autor directo del atentado, Michael Townley, reside libre en Estados Unidos, amparado en la fórmula de delación compensada.

En Washington DC se prepara un acto solemne conmemorando los 40 años del asesinato de Orlando Letelier. Allí, su hijo Francisco, pintor que reside en los Estados Unidos, inaugurará un mural en recuerdo de su padre.

Me cuesta admitir que esta fecha pase desapercibida en Chile. Es un indicador preocupante de la pérdida de los valores éticos e ideológicos que afectan hoy a gran parte de la izquierda chilena.

Expreso mi admiración y mi reconocimiento a un hombre tan fundamental en la gestión del gobierno de la Unidad Popular. Saludo al leal colaborador del Presidente Allende, al altivo prisionero de guerra; a quien fue el primero en advertir los estragos generados a raíz de las transformaciones económicas impuestas por los militares; al hombre que encabezó las denuncias internacionales por los crímenes y las violaciones a los derechos humanos que tenían lugar en nuestro país.

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Querido Orlando, amigo y compañero: no te olvidamos.

CIPER Chile


Orlando, en crudo – Por Andrea Lagos A.

Los muertos son santos. Las más de las veces, sin embargo, los muertos no son santos. Orlando Letelier, asesinado hace 40 años en Washington DC, por encargo del régimen de Pinochet, no fue un héroe. Ex prisionero político, exiliado, bravo opositor y mártir. Un ser humano, como todos.

Mostrar trazos de la humanidad del ex embajador chileno en E.E.U.U. (1971-1973) y ex ministro de Salvador Allende, es una de las tantas gracias del clásico libro Assassination on Embassy Row (1980) de Saul Landau y John Dinges (Asesinato en Washington: El caso Letelier). Es, sin duda, la mejor investigación sobre el caso. Actualmente sólo puede ser encontrada en sitios web de libros usados. Un verdadero thriller político que hace sostener la respiración.
Releer el libro, con el foco en Orlando, el hombre, es revelador.

El día del golpe militar —11 de septiembre de 1973— Letelier no pudo ingresar al ministerio de Defensa que dirigía. Fue detenido y trasladado después a isla Dawson, en el Estrecho de Magallanes. Una isla solitaria a cinco horas de navegación desde Punta Arenas. Estaba junto a otros jerarcas del gobierno de Salvador Allende y soportaron, mejor o peor, las temperaturas antárticas y vientos que llegaban a los 120 kilómetros. Llegó a pesar 59 kilos con su 1,82 m de altura.

Tras un mes, cartas y fotos de familiares comenzaron a llegar al campo de concentración. Los detenidos las esperaban con ansias. Letelier, en cambio, no quería ni verlas. Hubiese preferido no recibir. Lo desconcentraban y entristecían. “Sobrevivir” era su mantra, lo repetía día y noche. Debía concentrarse sólo en él mismo. La nostalgia no servía para nada. Sin duda, fue el más pragmático de todo el campamento.

En Washington, la vida del exiliado Orlando Letelier —de 44 años en 1976—, no era glamorosa. Vivía en un chalet sencillo en un buen vecindario en los suburbios de Washington, pero con cuatro hijos y como empleado de una ONG, la plata casi no alcanzaba. Vivían con lo justo.

Él sentía miedo, sabía que lo espiaban. Como el más activo organizador de la oposición chilena al régimen militar en el exterior, le pisaban los callos. Aunque jamás imaginó que pondrían una bomba debajo de su Chevrolet Chevelle azul en plena Massachusetts Avenue. La policía secreta de Pinochet, la DINA, ya había iniciado la temporada de caza de sus objetivos internacionales. Letelier fue sólo uno, pero el que hacía más ruido y estaba mejor conectado internacionalmente. Sabía mover los hilos del poder político y contaba con la inteligencia para lograr que la voz del exilio chileno fuese escuchada en EE.UU., Europa y América Latina.

Poco fue el tiempo que le quedó para estar con sus cuatrohijos varones cuando eran niños. La cantidad de viajes que hizo para promover su causa, se lo impidieron. En ese época, sin embargo, un padre como Letelier era lo común.

img2Letelier era atractivo, pero en Washington la abundancia de hombres arios, altos y con mucho pelo, hacían que este abogado casi calvo, pasara desapercibido.
El hombre tenía un vicio. Era un fumador compulsivo que aspiraba hasta tres cajetillas de cigarros en un día. Insomne, lograba dormir hasta cinco horas en la noche. El resto del tiempo, fumaba.
Libre de tensiones, era un conversador encantador y sofisticado. Poseía charm (carisma) y wit (agudeza), dice el libro.

Parte de los 13 años que antes del exilio vivió en Washington, trabajó en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Esta experiencia fue su gran capital en el Hemisferio Norte. Era un latino, pero con un conocimiento y comprensión tan acabado de los estadounidenses, que —como embajador durante la UP— mantuvo el diálogo con Washington hasta el final, cuando el gobierno de Richard Nixon optó por secundar el golpe militar en Chile. Nunca perdió el respeto y los contactos dentro del gobierno.

En 1974, después de la vida semipolar en Dawson, Letelier pasó por el campo de detenidos de Ritoque y salió al exilio a Venezuela gracias a que su compadre Diego Arias, gobernador de Caracas, presionó al régimen chileno. La familia Letelier, sin embargo, demoró meses en llegar a acompañarlo. Estaba solo en el país tropical. En una fiesta se le acercó una bellísima millonaria venezolana. Era una mujer muy fina. “Caridad” fue el nombre de fantasía escogido por Landau y Dinges para referirse a ella. Letelier fue frágil. Venezuela quedaba lejos, había estado a punto de morir de frío e inanición, y seguía solitario en el exilio ¿Cómo detenerlo?

El intenso affaire con Caridad —describen los autores del libro— se extendió y provocó que con su esposa, Isabel Morel, se separasen cuando la familia completa se reunió en Washington. Instalado en un diminuto departamento de soltero, cerca de su oficina en Sheridan Circle, Letelier no había logrado dejar de verse con la otra mujer, pese a que se lo había prometido a su esposa.
Al final de sus días, en septiembre del 1976, ya estaban juntos y reconciliados con Isabel.

Uno de los inculpados en el crimen de Letelier, ocurrido el 21 de septiembre de 1976, fue el agente de la DINA capitán Armando Fernández Larios. Él voló a EE.UU. con la atractiva Liliana Walker, que en realidad se llamaba Mónica Luisa Lagos y era prostituta.

Ella —que trabajaba para la DINA— se acercaría a Letelier en algún lugar público de Washington para sacarle información. El plan decía que tenía que conquistarlo. “Aunque ese plan no se hizo así, la idea de la DINA fue porque Letelier —dice el periodista Dinges— tenía fama de mujeriego. Nosotros no lo escribimos así en el libro, pero lo recuerdo bien. Deben haberlo investigado”.

La debilidades de Orlando Letelier casi no están en Assassination on Embassy Row, dice John Dinges. “Hicimos un retrato favorable y expresamente poco inquisidor de Orlando. Saul Landau(el co-autor, fallecido) era su amigo y colega”. Pero la fineza para mostrar un rostro menos ideal de un mártir, se agradece.

Orlando Letelier, claramente no era un santo, ni tampoco un héroe, pero tenía humanidad para regalar.

Quepasa.cl

 


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