Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Más allá de la integridad en el discurso de Dilma ante el Senado y en la contundencia de su defensa, se consumó el golpe en Brasil. Podemos cargar las tintas sobre las características de este golpe, sus actores y sus intereses. Pero también debemos pensar de qué modo las instituciones de Brasil han permitido traducir 54 millones de votos en 61 voluntades dispuestas a destituir a una presidenta legítima.

Mi generación debe procesar estos golpes, con estas características, que los hacen más sofisticados en cuanto a los laberintos institucionales pero tan claros en cuanto al programa, a sus actores políticos y sectores económicos que los motorizan. No está demás volver a decir que los actores que llevan adelante estos y todos los golpes, cuyo posterior programa es de recomposición de la participación social en la renta nacional, han sido prácticamente siempre los mismos, los locales como los extranjeros. De allí que aún con Dilma destituida la oposición brasileña no pueda esgrimir una sola prueba sobre el delito de la presidenta.

Brasil arrastra un sistema de partidos que por su fragilidad pareciera condenar a programas progresistas a establecer alianzas que luego se constituyen en sus propias fronteras. Inclusive, si pensamos que estas mismas estrategias de gobernabilidad se profundizan aún en escenarios de restauración, lo que tenemos es una bomba de tiempo. Brasil la tiene en sus manos hace algún tiempo y hoy terminó de implosionar.

Ante esa escenografía el PT priorizó un camino que no le devolvió éxito. Posiblemente lo haya priorizado atendiendo parte de su esencia aliancista. Tratar de convertir en favorables votos que a priori no lo eran -en ambas cámaras- e inclusive elegir el camino de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (organismo de la OEA), lo que da cuenta de una estrategia de corte institucional por sobre otra de presión popular y ocupación de calles.

Ese es un dato para pensar, al menos, la falta de movilización popular masiva, sostenida y desafiante en las ciudades más importantes de Brasil. Pero esto no logra explicarse del todo si omitimos otra dimensión: esta crisis política el PT la atraviesa con una fractura al interior del movimiento que conduce, tanto en el propio PT como en organizaciones aliadas y relevantes en cuanto a su capacidad de movilización como son la CUT o el MST. Decisiones cupulares más fracturas internas poco procesadas arrojan resultados conocidos. Uno de ellos es la desmovilización.

En esa línea un síntoma que ofrece la posibilidad de comprender mecanismos políticos de sobrevivencia partidaria: el PT, además de haberse manifestado en contra de acompañar a Dilma en un eventual plebiscito electoral -si esta era restituida a su cargo-, analiza presentarte a las elecciones municipales de octubre -en muchos de los municipios- con alianzas de naturaleza similar a las que condujeron al golpe.

América Latina atraviesa tiempos de recomposición política y económica y, en tanto, recibe golpes a sus democracias. Estas democracias comienzan a demostrar que, frente a la ofensiva de la recomposición (por vía judicial, parlamentaria, mediática y económica), no logran ofrecer herramientas defensivas. La caída del gobierno de Dilma, sumada al triunfo de la derecha argentina, es central en relación al ritmo y la profundidad de una recomposición que va por su bastión político más significativo: Venezuela.

Quizás un aliciente entre tanta oscuridad: haber evitado la inhabilitación de Dilma Rousseff para ocupar cargos públicos, ofrece una oportunidad de hacer un balance sobre la genealogía del golpe.

*Sociólogo. Coordinador del Área de Estudios Nuestroamericanos del Centro Cultural de la Cooperación (AEN-CCC).