Ninguna opción que se proponga modificar el tinglado pinochetista vigente puede prescindir de la fuerza, organizada o no, del pueblo. Cualquier intento que hagan y vuelvan a hacer quienes se asumen como los elegidos para encabezar un proyecto de Izquierda, curiosamente sin que nadie más que sus propios amigos los eleven a tal condición, tiene futuro. Es decir, tiene uno, el más estruendoso fracaso.

En el contexto del desplome de la post dictadura, numerosos personajes y organizaciones asumidos como de Izquierda intentan la conformación de frentes amplios, convergencias, procesos unitarios y un sin número de otros nombres no menos imaginativos, como falaces, para el esfuerzo unitario tantas veces recurrido.

Se cree que es posible unificar la Izquierda por la vía administrativa de hacer un llamado por la prensa para el efecto. Se imaginan que es suficiente la buena voluntad, un genuino convencimiento, cierta historia provista de algunas gracias, como para que la gente agradecida acuda en masa tras sus discursos y se rinda ante esas inteligentes iniciativas.

Cada una de esas operaciones políticas de candidatos, partidos o colectivos, está destinada al más sonado fracaso. Tal y como ha venido siendo.

Esa gente apurona y miope parece no advertir que los procesos unitarios y de lucha se alimentan dialécticamente, y no existe uno sin el otro. Si es que se trata de un genuino proceso que aspira seriamente a diputar el poder o importantes fracciones de éste, la unidad se genera en la lucha.

Para una estrategia que se proponga disputar en serio el poder, la cosa es peleando.

Si la unidad dependiere de la voluntad de tres o cuatro brillantes dirigentes que nadie ha elegido, esto ya sería pan comido.

El duopolio que administra la post dictadura busca afanosamente reactivar un alicaído entusiasmo. Necesitan ganar tiempo mientras intentan zurcir el desfonde de la cultura purulenta y corrupta. El objetivo es mantenerse a cualquier costo en el poder.

Saben que la tensión inoculada en cuatro años fracasados no augura nada bueno. Y muchos estarán abjurando de la que ayer era el ícono del proyecto continuador de la transición que nunca fue: Michelle Bachelet. La que, habrá que decirlo, no tendrá día de su vida en que no se arrepienta de este fracaso de rango histórico.

De manera que hay que volver la vista a la Izquierda, gran responsable de que las cosas se mantengan tal como están: es decir, cayéndose más bien por la gravedad de la corrupción que por la fuerza de un movimiento que se proponga alguna consigna que los haga tambalear.

La Izquierda necesita despojarse de las egolatrías que tanto daño hacen. Necesita sacudirse de los que creen que sus organismos, partidos, fundaciones, convergencias o sus propios perfiles de Facebook, son los depositarios de la verdad y la luz.

Una reconciliación de la Izquierda con el pueblo al que dicen representar pasa, en primer lugar, por demostrar en los hechos el respeto debido a la gente que, después de todo, es la que pone el sacrificio y los muertos.

En vez de perder el tiempo en artilugios electorales recocidos a la sombra de las leyes, lo mejor es ir directamente al pueblo, a la gente llana y preguntarles su opinión: por dónde nos vamos.

Y como sea que las veamos, hoy la disputa está en las elecciones, un campo que la Izquierda no debe desdeñar. El voto universal es un derecho adquirido en decenios de lucha y es necesario que el pueblo lo ocupe con un sentido muy preciso: en primer lugar sacar a la casta de sinvergüenzas que se ha aprovechado de sus esperanzas por demasiado tiempo. Y luego intentar consignas tan radicales y terribles, que se propongan demoler todo lo que existe. “Construir un país decente” sería algo de esa magnitud.

Como para empezar a coincidir.

(*) Escritor y periodista chileno. Estudió Física y Matemáticas en la Universidad Técnica, es asesor del Colegio de Profesores, autor de “El Coa y el Lenguaje de la Calle.