Si lo acordado en La Habana se cumple –y hay que tener fe–, se abrirá un capítulo inédito: el reconocimiento de un sector del país que ha sido marginado, cuya voz ha sido usurpada y cuyos intereses se han tenido que defender a bala.

La cosa no es de ayer, viene de mucho más atrás. Diríase que ha sido la piel de nuestra historia, nuestro tinte. Los partidos políticos tradicionales se han turnado el poder a las buenas o a las malas y han impedido todo intento de gobernar en favor de las mayorías. La gran dificultad que hoy existe para la reconciliación es aceptar en la vida corriente, como valor social, la igualdad. Detrás del statu quo no hay otra cosa que la defensa de privilegios ganados a la fuerza y que a la fuerza se sostienen.

Permitir que ese país negado, borrado, sustituido, entre a rivalizar con el poder establecido no será fácil, pero es inevitable. Si de verdad la violencia como forma de acción política queda excluida, los excluidos podrán entrar a formar parte del sistema político, y la democracia no será un mero concepto editorial. Se desprenderá del nuevo pacto social –que vendrá necesariamente como prolongación de los acuerdos con las Farc y mañana con el Eln– la limitación al imperio de la ley del valor.

La sociedad no puede seguir condenada a pensar desde el bolsillo, no puede seguir obligada a medir la vida con el rasero del dinero. Suena romántico y algo cursi, lo sé –y lo pago– porque sé también que así se califica todo lo que caiga fuera de la fría contabilidad.

Se abre paso también y con un furor inatajable la llamada liberación sexual. Los clósets se abrieron de par en par y se han tomado plazas y calles. El deseo ha ganado carta de ciudadanía. Lo que se hace en la cama no se esconde en ninguna parte: ni en el barrio, ni en la tienda de la esquina, ni en la casa de la tía, ni en la iglesia. Ha sido demasiado brutal la represión que se ha ejercido contra la manifestación de fuerzas emocionales que ahora salen como cuando se revientan los diques de una represa.

Todo comenzó con la defensa de los derechos de la mujer, de donde se dio un salto contra la discriminación de los homosexuales y por ahí se abrió el boquete por donde han salido a la superficie identidades libres, no calificadas, ni siquiera reconocidas por los manuales de la psicología o de la pornografía. Es una libertad que se respira. La entrevista que le hizo Julio Sánchez Cristo a Pedro Santos, el sobrino del presidente, el hijo de Pacho Santos –el niño terrible que dejó de serlo– da cuenta de hasta dónde ha calado la revolución sexual y qué tan aceptadas y respetadas son hoy la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad, la intersexualidad. La revolución del género ha roto el maniqueísmo sexual.

Las mayorías populares y las minorías sexuales están siendo por fin reconocidas y ambas convergen en el desafío al orden social establecido del que saldrá, sin duda, una sociedad que podría respirar a pleno pulmón.

(*) Sociólogo, periodista y escritor colombiano.