Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Independientemente del hecho preocupante de que la incertidumbre sobre el camino que tomará el proceso de paz continúa, es por lo menos esperanzador que el rumbo de los acontecimientos haya hecho posible la foto que este miércoles vieron los colombianos. La de los dos extremos del espectro político con sus respectivos líderes sentados a una misma mesa y con el mismo fin: que no vuelvan a sonar los fusiles en la confrontación del Estado con las Farc.

Es evidente que, más allá de posturas ideológicas, por estos días ronda al país un sentimiento que combina confusión y anhelo de que se concrete la paz con esta guerrilla. Por supuesto, y esto quedó claro, hay disenso respecto a cómo llegar a esta meta.

También es claro que este territorio gris que hoy transita el país no es deseable. Por la fragilidad y vulnerabilidad de lo logrado en cuatro años de negociación, sobre todo en términos de pactos que han salvado vidas. Y es que el cese del fuego bajo estas nuevas reglas de juego está en permanente peligro de romperse por múltiples razones, propias del escenario de confrontación armada entre dos bandos que, no obstante lo conseguido hasta el domingo, dista mucho de haberse desmontado. También porque dicho panorama nublado puede hacer fácil tránsito al ámbito económico, justo en tiempos en que los augurios son cada vez menos optimistas.

De vuelta a lo ocurrido este miércoles en la Casa de Nariño, hay que registrar que al terminar la cita el expresidente Uribe habló de una voluntad de su sucesor, Juan Manuel Santos, para modificar los acuerdos. Este, a su vez, hizo énfasis en la necesidad de que la búsqueda del indispensable acuerdo político que desate el actual nudo se dé en un marco de responsabilidad, realismo y, en especial, por las razones ya mencionadas de celeridad de los involucrados.

Debe valorarse que no fue un acto protocolario: que el encuentro se haya prolongado por más de dos horas por lo menos indica que hubo disposición de los presentes a trabajar para hallar una salida. Objetivo en pos del cual comienzan a abrirse espacios que no existían. Y aquí ha de decirse con claridad que las partes no pueden darse el lujo de desperdiciarlos como consecuencia de la miopía o el egoísmo. Que estos crezcan y se consoliden –como lo desea todo el país– depende en gran medida de que los negociadores entiendan que deben antes despojarse de cálculos electorales, de visiones condicionadas por la milimetría política. Que aquí la historia premiará a quien buscó consensos y castigará severamente a quien intentó imponer condiciones.

La ventana de riesgo es, pues, grande. El reloj, como lo dijimos el martes pasado, corre en contra del anhelo de paz que comparten, a la larga y como ha quedado claro en estos días convulsos, tanto los colombianos que marcaron sí como los que marcaron no en el tarjetón. Muchos de ellos lo recordaron anoche en las emotivas y concurridas marchas que tuvieron lugar en 14 ciudades.

Sin duda ilusiona, en medio del desconcierto que reina, el norte esbozado por el mandatario en su intervención, de poder construir una paz con apoyo más amplio, así como el estar, según dijo, muy cerca de lograrlo. Para esto se requerirán de los actores serenidad, desprendimiento y perseverancia, pero sobre todo grandeza.

El Tiempo