Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En una de las tantas reuniones impulsando la paz y buscando metodologías para la participación en el proceso gobierno-ELN, eché mano de una metáfora para tratar de explicar la tarea que nos convoca: una cosa es hablar de la importancia de los nutrientes (que sería lo ideológico), otra, de la lista de mercado (que sería la político), y otra muy distinta de la receta de cocina, el cómo (que sería lo procedimental).

Es cierto que, dependiendo de la importancia de los nutrientes, establecemos la compra y, con lo comprado, es que podemos cocinar. Pero también es cierto que la valoración de los nutrientes y la lista de compra no remplazan la receta.

El país tiene muchos documentos y análisis sobre lo que nos sucede, diagnósticos de todo tipo, pero no tenemos escrito el cómo. Me decía un religioso del oriente colombiano: “¿Qué vamos a oír de nuevo? ¿Los campesinos qué van a decir de nuevo? Mire, usted se sienta y ellos piden menos de lo que es justo, los grandes analistas son los que recogen esto, pero para mí la ganancia es la gente opinando, la gente hablando, todos los sectores. Los grandes temas del país ya están dichos en la academia, en las tiendas de los campesinos, de los taxistas, en universos chiquitos de acá de nosotros”.

La pregunta por la receta es la pregunta por cómo serían esos espacios, tiempos y dinámicas de la gente participando. Uno de los mayores problemas en la construcción de metodologías es la facilidad con que una conversación sobre el cómo se desliza hacia un análisis del qué, de la agenda, apartando la metodología para después. Y otro problema es la reticencia a aceptar que no tenemos el cómo, no sistematizado y organizado como un plato a punto de ser servido a los comensales. Tenemos ideas, viejas recetas, nociones e intuiciones, pero no un cómo escrito pensando en el proceso Gobierno-ELN. Ese es el reto.

La participación es, como la justicia según Kelsen, lo que la sociedad quiere que sea. Así que no es un embeleco vacío ni un canto a la bandera. De hecho, la Constitución Política y las elecciones son fruto de la participación, la base de la democracia. Y esa noción es la piedra angular del proceso gobierno-ELN. Este libro busca varias cosas, entre ellas: apoyar esa mesa de negociación y aportar a la discusión sobre el cómo de la participación.

Apoyar la mesa implica, necesariamente, darle un mínimo de credibilidad a las partes de la Mesa. Sin esto ¿Cómo querer aportar a un proceso en el que no se cree? Por otra parte, algunos reducen la propuesta de agenda Gobierno-ELN a la “agenda ELN”, negando que el Estado, como contraparte, firmó. Es más, solo leen “abstracciones” como si la palabra “democracia” fuera algo etéreo. Toda carta de negociación es un punto de partida y no un documento de cierre.

Parte de la mala leche contra este proceso radica en que nada tiene contento a los críticos: la demora de la fase pública se le endilga al ELN; el comienzo de la Mesa se descalifica con las supuestas ambigüedades de la agenda, que no se ve como una guía para el proceso sino como la totalidad del proceso; y un largo etcétera.

Es más, olvidan que el proceso propuesto trasciende una carta sobre cómo comenzar. La agenda está basada en la participación, pero no dice cómo participar. Y nuestra sociedad es curiosa: preguntan ¿qué es la sociedad? Teniendo la respuesta frente al espejo. Parte de esa misma sociedad, que se quejó de que la manera de participación que propuso la Mesa de La Habana, ahora se queja de que el ELN no “dicta” el cómo.

La lista de personas y organizaciones invitadas busca recoger voces de la sociedad sobre la paz (no de la sociedad civil que, en términos de Hegel, es el mercado). Aquí fueron convocados movimientos de izquierda, iglesias, académicos, militares, empresarios, creo que eso es la sociedad. Así que tratamos de responder desde la realidad que nos convoca las preguntas que se cocinan en el cielo de las ideas.

Lo mismo sobre las metodologías. Una metodología ideal sería el fruto de una sociedad y de organizaciones ideales y, si esto existiera, lo más seguro es que no habría conflicto armado ni social. Una metodología “académicamente bendecida” tendría un grave problema que hemos oído en muchos foros: su falta de legitimidad. Y una metodología fruto de una consulta exhaustiva estaría lista en muchos años y no ahora mismo, cuando la necesitamos. Nos toca pues, en un ataque de optimismo y en un afán de pragmatismo, aceptar que nos toca hacer un cómo para la participación, con la guerrilla que nos tocó, con las élites y con las Fuerzas Armadas que tenemos, y con la sociedad que somos.

Sobre el título (Metiéndole pueblo a la paz)

El título del libro, tan obvio, encierra tres preguntas: ¿qué es meter al pueblo? Para algunos bastaría con un foro puntual, un envío de sugerencias a través de una web o el diálogo “más grande del mundo” en unas redes sociales que no miran con justicia a las zonas marginales del país. Para otros, se trata de una nueva Constitución, donde se recupere al poder constituyente de la ciudadanía. Y entre estas dos propuestas hay un sinnúmero de espacios de encuentro.

Segunda pregunta: ¿Qué es el pueblo? ¿Existe? ¿Es solo la sociedad organizada de los sectores sociales populares o también incluiría a las élites? Es posible que el proceso de participación sea el espacio de construcción/identificación de ese sujeto político, llamado pueblo por algunos y sociedad por otros. No se trataría, entonces, de crear el sujeto para participar, sino al revés: el proceso de participación crearía el sujeto político. Y esto implica acercar la paz a la gente y la gente a la paz, para romper la frontera que manifestaba un campesino en Arauca: “¿Por qué me va a importar algo en lo que no tengo nada que ver?”.

Y la tercera pregunta: ¿qué entendemos por paz? Pax romana, Paz neoliberal, Paz completa, Paz con justicia social… demasiadas nociones para tan pocas letras. Dependiendo de qué entendemos por paz, sabremos qué entendemos por la agenda para la paz, la democracia y las transformaciones necesarias.

Lo cotidiano no es, siempre, el punto de partida de la paz, a veces es el punto de llegada; como me decía un fanático del futbol: “yo quiero paz para ir tranquilamente al estadio los domingos” y no empezar desde la barras bravas para (tratar de) terminar en las guerrillas, lo que no es posible.

Pero esa falta de definiciones exegéticas no nos impide avanzar en propuestas: meter al pueblo es, en parte, tenerlo en cuenta con las consecuencias que eso implica; el sujeto político es, en parte, eso que llamamos sociedad organizada y que debe ser reconocida como tal; y la paz desde la que llegamos al proceso es la que sugiere la atención de las causas del conflicto y no solo el fin del conflicto armado.

Lo primero puede ser una mezcla de asambleas, foros, mingas, convenciones colectivas, consultas previas, acciones populares, dialogo nacional, escuelas técnicas para el diálogo, cabildos populares, y un largo etcétera, incluyendo mesas específicas con las minorías y/o los sectores marginados del país.

Lo segundo, el pueblo, es el conjunto de los sectores sociales organizados, especialmente los que han sufrido las causas del conflicto (exclusión política, económica y social), el conflicto y sus consecuencias (crímenes de guerra).

Lo tercero es, sin temor, la propuesta de que la paz son cambios. Y no cambios cosméticos ni firmas de acuerdos, sino su implementación. La paz no empieza con el fin del conflicto sino al revés: el fin del conflicto se apuntala con la construcción de paz. En la Asamblea Nacional por la Paz, alguien bromeando dijo: “Como dijo Maturana, negociar es perder un poco”; es decir, la lógica de sometimiento es incompatible con la de negociación. Y eso no debería aplicar sólo para el conflicto armado, sino también para el conflicto social.
Los temores y las tensiones

Hay un temor válido: la reducción de la paz a un acto simbólico, es importante pero insuficiente. Decía una figura que circulaba en Internet que “¿sabías que si cierras la llave del agua mientras te cepillas los dientes, puedes ahorrar hasta 12 litros de agua por minuto? Pero, ¿si luchas por sacar a Drummond del país puedes ahorrar hasta 51 millones de litros de agua al día?” Según la Contraloría General de la Nación, con el agua que gasta la empresa Cerrejón, se podrían abastecer 2 millones de personas. Aquí confluyen violencias directas, culturales y estructurales, y todas tienen que ver con la paz.

Para graficar la violencia estructural, basta una frase. Decía un líder en Bahía Solano “¿usted cree que uno puede tener paz cuando tiene más goteras en el techo que vasijas para recoger el agua? Y eso, cuando uno tiene techo”. Eso es simple y contundente. Y los ejemplos sobre violencia cultural son el día a día de indígenas y de negritudes en Colombia.

Hay otros ejemplos de violencia directa: el asesinato de sindicalistas; de violencia estructural: el monto de la pensión del expresidente Uribe y el sueldo del presidente de Ecopetrol (calculado en 66 millones de pesos). Ahora, con la apertura de la mesa pública gobierno-ELN, vuelve al ruedo el fantasma de la participación.
Tanto el concepto como la forma que aparece enunciada en la agenda gobierno-ELN, implican una serie de consideraciones para la democracia formal que nos agobia.

Confronta el régimen actual de democracia representativa pues, si los representantes hicieran su papel ¿qué sentido tendría buscar nuevos mecanismo de participación? Aunque el gobierno lo niegue, al aceptar la agenda, acepta la crisis de representatividad del modelo actual.
Como he escuchado a lo largo y ancho del país, el Estado y sus instituciones no son consideradas legítimas; por eso, el afán del ELN de crear nuevos mecanismos de participación no busca relegitimar lo existente sino crear nuevas formas que a su vez gocen de su propia legitimidad.
Confronta espacios hasta ahora existentes. Si los concejos municipales, las asambleas departamentales y el parlamento nacional fueran espacios deliberativos tanto de lo que pasa en el país como tribunas para los diferentes sectores sociales (de manera incluyente) ¿para qué crear espacios alternativos de participación?
La idea de participar, como la he percibido en muchas reuniones sobre el tema, está íntimamente relacionada con un deseo social de participar también en la toma de decisiones. Es decir, la participación es percibida como un nuevo espacio de poder y, por tanto, peligroso para el status quo.
Contrario a lo que algunos intentan, de meter pobres y ricos en la idea de sociedad civil (de pensar que la sociedad es un ente homogéneo y por tanto representable en sus empresarios), la posibilidad de un “dialogo nacional” implica abrir la caja de Pandora de los debates pendientes y las agendas no atendidas. Allí aflorarían contradicciones de clase, de género, de etnia, obligando al país a mirarse más allá de los medios de comunicación y de las vocerías de los gremios.
Si la participación es en serio (y no un ritual vacío) el gobierno y el ELN están frente a un grave problema, respetar lo que emane de allí; esto significa que el posible fin del conflicto armado que el ELN reconoce al firmar la agenda, no es una oración hueca; así mismo el mito de que el modelo socio–económico no se puede tocar, como pretende el gobierno, se desvanece.
Una participación real, en los términos democráticos que promete la negociación, incluiría el debate y la solución frente a dos de los grandes enemigos que enfrenta el modelo democrático actual: la corrupción y el clientelismo (que también afecta a la sociedad organizada y a la izquierda). Estos dos fenómenos han convertido la cultura política en un festín de dineros y agendas privadas, deslegitimando los procesos electorales.
La participación prometida no sería simplemente un mecanismo para obligar al ELN al fin del conflicto armado sino a empezar desde ya, en ese ejercicio de democracia, una real construcción de paz, lo que implica un proceso y no solo un acto puntual de participación.
Para ser consecuentes con la participación de la sociedad, tanto el gobierno como la insurgencia deben garantizar que esa sociedad organizada, dispuesta a participar, sobreviva. Es decir, que el respeto a la población civil (aún en medio de la confrontación armada) no es negociable. Y aún más, que el fenómeno paramilitar es incompatible con la construcción de paz.
¿Por qué al gobierno le asusta la participación? Porque las expectativas de paz son muy altas y no es lo mismo irrespetar acuerdos locales que fallarle a un proceso de paz. Y el gobierno tiene temor, además, porque una de las características que piden desde el sector social históricamente excluido, es el carácter vinculante de su participación. En otras palabras, la sociedad no quiere ser invitada de piedra, ni muñeco de feria, al que se le escucha pero no se le tiene en cuenta.
El mecanismo propuesto por el ELN incluye la participación de la sociedad en la implementación; pero no reducida a cargar ladrillos sino con capacidad de veedora, lo que implicaría, en un escenario decente, que no basta con enunciar, por ejemplo, “la construcción de vías terciarias”, sino que esta meta debe acompañarse de tiempos, porcentajes de cumplimiento y presupuestos que sean verificables (lo digo con ironía, verificables en el más bello estilo neoliberal que tanto gusta a los tecnócratas).

Hay muchísimas excusas para rechazar la participación o para reducirla a una farsa. Veré algunos académicos (y académicas, para que no suene sexista) diciendo que tienen la fórmula de la participación según el modelo de alguna universidad extranjera de turno; veré otros diciendo que los pobres no tienen nada que decir porque no tienen doctorado en Administración Pública; y unos últimos argumentarán que necesitamos una paz exprés que no da tiempo para esas participaciones.

Este escenario ideal de participación se enfrenta con muchos obstáculos. El primero es que el ELN presupone una sociedad democrática plural e incluyente, para que lleve a cabo esta tarea; pero la realidad que tenemos es conocida por todos. Tenemos una sociedad que cae fácilmente en la tentación de crear instituciones y/o de formular normas. Ese culto a la representación recuerda la famosa frase que dice: “cuando uno quiere hacer algo, hace algo; cuando no, crea un comité”. Y el culto a las normas desconoce que el país ya tiene reglas para casi todo y que el problema es su cumplimiento. La crisis de la Constitución de 1991 no se resuelve necesariamente con una nueva constitución sino volviendo a los orígenes que planteó el constituyente en ese momento.

El modelo propuesto por la agenda gobierno-ELN implica que la sociedad misma decida los mecanismos de participación (no la sociedad civil sino simplemente la sociedad); es cierto que el país tiene muchísimas experiencias de paz durante décadas, pero no es menos cierto que, hoy por hoy, no existe una propuesta específica para que la sociedad participe en el proceso gobierno-ELN. Pero tal vez el reto más grande es el poder real de la sociedad. No hablo de la Sociedad Agricultores de Colombia, ni de los gremios financieros; no hablo de ese fragmento de la sociedad que sale a marchar en contra de la paz; hablo de esa sociedad que se erige sobre sus sueños de un país mejor.

Una trabajador por la paz de Boyacá decía “Digamos un sindicato, el sindicato dice: Vamos por un pliego. Si tiene fuerza, tiene la posibilidad de irse a una huelga, y van allá sin mendigar, van a negociar, y eso es un proceso que se ha construido, digamos con muchos años”. ¿Qué tanto poder tiene la sociedad para imponer una agenda? ¿Con qué músculo político cuenta? ¿Cuál es el grado de reconocimiento desde las instituciones? ¿Tiene la sociedad actual una cultura política para estar a la altura de los retos que impone la construcción de paz? ¿Puede la sociedad, por ejemplo, imponer una tregua multilateral?

La paradoja está en que si tuviéramos una sociedad ideal, ésta ya hubiera creado una sociedad mejor. Mujica dijo que: “es difícil construir edificios socialistas con albañiles capitalistas”, pero ese es el escenario real que tenemos. ¿Seremos capaces?

Víctor de Currea-Lugo. Profesor y analista en conflicto colombiano.

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