Por Alberto Armendáriz

A Michel Temer le gustaría ser visto como un piloto de tormentas, alguien que no duda en hacer maniobras osadas con tal de salvar a los pasajeros de un avión en peligro. Llegado al poder tras el polémico proceso de impeachment a Dilma Rousseff, el nuevo presidente de Brasil dice que no le importa ser impopular con las medidas económicas que impulsa mientras logre que en el corto mandato que tiene por delante el país se recupere de la recesión.

“Si llegara al final de mi gobierno con un 5% de popularidad, pero consiguiera volver a colocar al país en sus carriles, yo me doy por satisfecho. No me preocupa nada la popularidad”, subrayó Temer, durante una entrevista con LA NACION y Clarín, antes de que emprenda mañana su primera visita a la Argentina, donde espera profundizar la “sintonía” con el presidente Mauricio Macri. “El pensamiento de Macri es muy coincidente con el que nosotros tenemos. Creo que pensamos de la misma manera; eso va a facilitar mucho las cosas”, dijo.

Abogado, respetado académico y hábil negociador desde su época de diputado, el ex vicepresidente de Dilma se mueve como pez en el agua con políticos y empresarios, pero le cuesta presentarse con gente común. Durante el encuentro en el Palacio del Planalto con los diarios argentinos estuvo acompañado por seis asesores y se acomodaba permanentemente en su sillón, como si estuviera incómodo o le quedara grande.

Desde que asumió efectivamente el poder, el 31 de agosto, Temer, del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), ex aliado principal del PT, pasó gran parte del mes en viajes oficiales. Ya en Brasil, ajustó su gabinete, que sufrió cuatro pérdidas en los primeros meses debido a críticas de ministros a las investigaciones anticorrupción en torno al escándalo del petrolão.

En todo este tiempo evitó el contacto libre con los brasileños. Tal vez por las protestas callejeras que bajo la consigna “¡Fuera, Temer!” lo acusan de “traidor” por instigar el “golpe” contra Dilma. Pero también porque ha estado buscando consenso para aprobar en el Parlamento las tres medidas clave que según su gobierno son necesarias para rescatar la economía brasileña, que el año pasado se contrajo un 3,8% y este año se estima se retraerá un 3,3%: una enmienda constitucional que impondría un techo a los gastos públicos, una reforma del sistema de jubilaciones y cambios a la legislación laboral.

-¿Para cuándo cree que la economía de Brasil va a comenzar a repuntar?

-Depende de algunos hechos determinados. El primero es la aprobación de la enmienda constitucional sobre el techo a los gastos públicos. Eso va a reestablecer la confianza, que llevará a que haya inversiones. He recibido muchos empresarios extranjeros que están interesados en invertir en nuestro país, lo que permitiría recuperar puestos de trabajo. Eso llevará un tiempo, pero calculo que a mediados del año próximo ya la economía se habrá recuperado.

-En el mes que tiene como presidente efectivo pasó gran parte del tiempo fuera de Brasil, pero ya en el país no se ha mostrado mucho con la gente. ¿No cree que esa actitud atenta contra el apoyo social que necesita para aprobar las reformas?

-He hecho muchas reuniones aquí con representantes de varios sectores…

-Se trata de audiencias cautivas, no es con el pueblo…

-Si quiere dividir a Brasil entre nosotros y ellos, como ya se hizo, eso es difícil. Lo que estoy tratando de hacer es pacificar al país, la reunificación. No podemos hacer esa división entre brasileños. Estoy muy empeñado en la aprobación de la enmienda constitucional sobre el techo a los gastos públicos, y esa va a ser la piedra fundamental de nuestro gobierno. En el pasado los gastos crecieron de forma irracional. Lo que estamos haciendo es recuperar la credibilidad fiscal.

-¿No cree que mostrándose más con el público mejoraría su popularidad, hoy del 13%?

-No estoy con una preocupación electoral. Si llegara al final de mi gobierno con un 5% de popularidad pero consiguiera colocar al país en sus carriles, yo me doy por satisfecho. No tengo ninguna preocupación por la popularidad. Hasta porque algunas de las medidas que propongo pueden parecer, en un primer momento, impopulares, pero luego de que sean entendidas, serán enteramente populares.

-¿No necesita el apoyo de la población para encarar los desafíos que tiene por delante?

-Necesito el apoyo del Congreso. Teniendo el apoyo del Congreso voy a tener naturalmente el apoyo popular.

-Las reformas que impulsa son cuestiones socialmente duras…

-Pero alguien tiene que hacerlo. En función de una cierta cobardía que existía en el pasado es que el país está como está; yo no tengo esa cobardía, tengo coraje para impulsar esas medidas. Si alguien no tiene el coraje de hacer la reforma, el país no se salva.

-¿Hasta qué punto la legitimidad del juicio político estuvo afectada por las acusaciones de corrupción que recaen sobre toda la clase política brasileña?

-Es difícil distinguir la legitimidad de la legalidad porque en un impeachment se debe aplicar lo que establece la Constitución. Eso en lo que atañe a la legalidad. La legitimidad está relacionada en primer lugar a una alegación, sin consistencia, de que el vicepresidente no fue elegido, no recibió los votos populares. Eso es falso porque cuando se vota en la fórmula presidencial se vota tanto al presidente como al vice. Sobre la legitimidad frente a las acusaciones de corrupción por las que son investigados varios políticos, estoy muy atento a la división entre los órganos del poder. Se trata de un proceso que está separado del impeachment porque no tiene nada que ver con la legitimidad y la naturaleza constitucional del juicio político.

-La semana pasada, su ministro de Justicia recibió críticas por declaraciones que podrían ser entendidas como una intervención del gobierno en las investigaciones anticorrupción al afirmar que habría más operativos en los días siguientes. ¿Puede dar garantías de que el gobierno dejará actuar la Justicia aún cuando estén investigados políticos de su partido, el PMDB?

-Claro. Reitero lo que he dicho en varias oportunidades: no habrá jamás ninguna interferencia de mi gobierno en las investigaciones anticorrupción.

-Recientemente, la Corte también aceptó una investigación preliminar sobre usted por declaraciones de un arrepentido en el petrolão que lo involucran. ¿Aún así garantiza la independencia de la Justicia?

-Sin dudas. Subrayo la palabra preliminar; aún no se trata de una investigación formal. Lo que hubo fue una mención irresponsable del ciudadano que me involucró y justamente el Procurador General de la República pidió la separación de los casos para que se decida luego si se piden investigaciones formales y se realizan denuncias o no.

-Uno de sus ministros apartados, el de Planificación, Romero Jucá, apareció en una grabación diciendo que la Lava Jato debía ser contenida, eso generó muchas suspicacias.

-Sí, pero ¿cuál fue el gesto concreto que se verificó como intento para paralizar la Lava Jato? Al contrario, después de eso los operativos de la Lava Jato se intensificaron, y entonces yo ya era presidente interino. De modo que yo he hasta incentivado la Lava Jato.

-Los operativos se intensificaron especialmente en relación al PT. ¿Hay una persecución política contra el PT?

-Hay unos cinco o seis partidos que son objeto de investigación, incluso varios políticos del PMDB. Tal vez por haber ocupado el poder por 13 años el PT gana más relevancia en las investigaciones en relación a sus miembros, inclusive un ex presidente. Pero si verifica los incriminados, unos 50, pertenecen a todos los partidos.

-Usted acompañó a Dilma en sus dos mandatos. ¿Cómo procesa este cambio de rumbo y por qué cuando Dilma intentó hacer el giro de política económica en el arranque del segundo mandato el Congreso no apoyó el ajuste?

-Una de las dificultades de la ex presidenta fue una falta de interlocución, de diálogo, con el Congreso. Cuando surgieron las acusaciones sobre ilícitos fiscales, el Congreso resolvió examinar eso, y determinó que hubo un crimen de responsabilidad. Con respecto a mí, hubo un distanciamiento desde el momento en el que el PMDB, del cual yo era presidente, lanzó el documento “Un puente para el futuro”. Ahí sugeríamos por dónde Brasil debería ir, y hasta el ministro de Economía [Joaquim Levy] me llamó para decirme que era posible adoptar muchas de las propuestas. No era un documento de oposición, al contrario, era de auxilio al gobierno. Pero fue tomado como un documento de oposición basándose en que yo como vicepresidente no podía sugerir nada. Ahí comenzó una separación muy natural entre el PT y el PMDB. Por entonces, millones de personas salieron a las calles pidiendo la caída del gobierno. Todo eso movilizó al Congreso, que en el pasado apoyaba al gobierno, y pasó a buscar el impeachment.

La Nación