Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por fortuna, el presidente brasileño, Michel Temer, acertó al calificar de “intrascendente” la protesta protagonizada por la delegación costarricense en Naciones Unidas, junto con los países de la Alianza Bolivariana, aunque no en concierto con ellos si creemos las explicaciones del gobierno. Aparte de Telesur, la televisora de la Alianza Bolivariana, pocos medios de comunicación fueron más allá de un breve registro del incidente. Es una suerte para Costa Rica porque el ridículo internacional habría sido mayúsculo si la prensa mundial le hubiera dado importancia al caso.

El espectáculo en la Asamblea General fue apenas el abrebocas. Luego vinieron las explicaciones cantinflescas y ahí es donde debemos agradecer la intrascendencia de la protesta más allá de nuestras fronteras. Algunos temas, por vergonzosos, es mejor airearlos en casa. Para hacerles ver a los diputados la poca utilidad de interpelarlo, el canciller, Manuel González, hizo eco del justificado menosprecio de Temer al gesto de la delegación nacional.

En los anales de la diplomacia, pocos deben ser los ejemplos de un ministro de Relaciones Exteriores empeñado en demostrar la intrascendencia de sus actos y los del presidente de la República en la Asamblea General de la ONU. Por fortuna, los medios internacionales no informan sobre los esfuerzos de la Cancillería costarricense para demostrar la escasa importancia de la protesta, apoyándose en el testimonio de la víctima del desaire.

Si aceptamos la tesis, este editorial sobra. Ya Temer dijo que el incidente no tiene trascendencia. Pero la tiene para los costarricenses. El país no es una potencia militar o económica ni se impone en el concierto de naciones por la inmensidad de su territorio o el número de sus habitantes. La voz de Costa Rica pesa por su compromiso con los principios democráticos y las normas de la convivencia internacional. Esos atributos pierden todo valor si los ponemos al servicio de una censura teatral, intempestiva e inexplicable, en circunstancias que inevitablemente nos asocian con la Alianza Bolivariana.

Por eso la protesta contra el presidente de Brasil fue intrascendente en el concierto de naciones, pero reviste extraordinaria importancia en nuestro país. Somos demasiado pequeños, en territorio, población, poderío militar y riqueza para darnos el lujo de la intrascendencia. No obstante, la escasa importancia brindada al gesto teatral por los medios internacionales nos salvó de la difusión de las cantinfladas a dúo del canciller y el presidente.

Cuando al mandatario se le pidió precisar las razones del desaire a Temer, se rehusó a dar explicaciones por respeto al proceso de interpelación del ministro en el Congreso. González, dijo Solís, haría las aclaraciones ante los diputados. Al día siguiente, en el Congreso, el canciller dijo que ya el presidente se había referido al tema con suficiente amplitud. No hubo manera de sacarlo de esa trinchera salvo para repetir las vagas e ininteligibles razones del comunicado emitido el día de la protesta. Hay “dudas” sobre actos que podrían ser contrarios a la democracia en Brasil. Cuando la prensa insistió, el canciller remitió a declaraciones de Solís en una breve entrevista con CNN en español.

En esa entrevista, el mandatario repitió las vaguedades del primer día y solo añadió su preocupación por la “opacidad” de algunos “procesos” posteriores a la destitución de Dilma Rousseff, “la violencia contra la oposición política y la posibilidad de una ley de amnistía que, creo, dejaría impunes una serie de hechos muy cuestionables”. En otras palabras, Costa Rica se siente en libertad de opinar, con acentos dramáticos, sobre procesos internos y proyectos de ley bajo estudio de los legisladores brasileños. Además, rechaza con idéntica virulencia las acciones de la Policía ante las protestas de los simpatizantes de la expresidenta, aunque el continente ha sido testigo de situaciones mucho peores sin una reacción equivalente de la Casa Amarilla.

En fin, el presidente no explica porque eso le toca al canciller, quien se abstiene de explicar porque ya lo hizo el presidente en el curso de una entrevista donde no explicó absolutamente nada y más bien despertó nuevas dudas.

La intrascendente protesta alegró inicialmente a los países bolivarianos, pero pronto se vieron decepcionados. Costa Rica quedó mal con Dios y con el diablo. Al batirse en retirada, el gobierno no solo acogió las palabras de Temer sobre la intrascendencia de lo sucedido. También se sintió obligado, para distanciarse de los bolivarianos, a declarar legítimo el proceso de destitución de Rousseff que, según Venezuela y su combo, fue un “golpe de Estado parlamentario”.

La destitución de Rousseff se hizo según las previsiones de la Constitución brasileña, mediante un juicio político del Poder Legislativo ( impeachment ), bajo supervisión del presidente de la Corte Suprema de Justicia. El procedimiento no es inédito. En 1992, Fernando Collor de Mello, primer presidente elegido por sufragio popular después de largos años de dictadura, fue destituido por cargos de corrupción.

Ninguno de los cuatro presidentes elegidos desde entonces, Itamar Franco, Fernando Henrique Cardoso, Luis Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff se salvó de iniciativas similares, aunque solo el caso de Rousseff culminó con la destitución. La petición de un impeachment ha sido formalmente planteada en 132 ocasiones desde 1990 y el Partido de los Trabajadores, de la depuesta presidenta, destaca como el más inclinado a emprender el procedimiento, con 50 solicitudes, 17 de ellas contra Cardoso.

Pero los bolivarianos, entre quienes figuran los gobiernos más autoritarios de América, se rehúsan a reconocer la legitimidad del ascenso de Temer al poder tras la destitución de Rousseff. Por eso abandonaron el recinto de la ONU. Costa Rica no podía alegar el mismo motivo sin ahondar sospechas de contubernio con las dictaduras de izquierda. Por eso se vio obligada a pronunciarse sobre la legitimidad del impeachment y balbucear otras razones –muy poco creíbles y del todo incoherentes con su conducta tradicional–, pero sin especificarlas para no dar pie a un nuevo enojo brasileño. El resultado solo podía ser cantinflesco.

La Nación