El presidente de Colombia Juan Manuel Santos recibió el viernes 7 de octubre el premio Nobel de la Paz como un regalo del cielo en una semana muy complicada para él después de que su propuesta de Acuerdo de Paz con las FARC fuera derrotada en el plebiscito cinco días antes.

El comunicado de prensa del comité que entrega el premio fue inusitadamente largo y explicó en detalle los motivos por los que decidió otorgarle el reconocimiento a Santos incluso después del rechazo al Acuerdo en el plebiscito. “El referéndum no fue un voto a favor o en contra de la paz -dice el comunicado- Lo que rechazó el “No” fue un acuerdo de paz específico pero no el deseo por la paz”. En este sentido el premio está en sintonía con las importantes manifestaciones del miércoles 5 en varias ciudades y donde se pedía por la paz sin banderías “por todo lo que nos une y en contra de todo lo que nos separa.” Sin lugar a dudas el premio es un aliciente para continuar con el proceso, más después del revés sufrido el 2 de octubre.

Es innegable que el resultado del plebiscito ha modificado el curso del Acuerdo aunque no lo ha liquidado. Santos continúa siendo el presidente, el gobierno y las FARC han decidido respetar el cese del fuego y Álvaro Uribe, el gran vencedor del plebiscito, ha planteado modificaciones, pero sin forzar –por ahora- un retorno a foja cero.

Hay dos cuestiones que llaman poderosamente la atención del plebiscito para refrendar los Acuerdos de Paz. En primer lugar que el gobierno no tuviera un “plan b”. En segundo lugar que tantos políticos, analistas y comunicadores se asombrarán del resultado del plebiscito como si la victoria del Sí hubiera estado garantizada de antemano. Es verdad, el acto de firma de la paz en Colombia en la ciudad de Cartagena de Indias irradió una imagen tan poderosa a nivel local e internacional que muchos olvidaron que todavía faltaba un plebiscito para refrendar el acuerdo.

Las encuestas favorables al SÍ parecían garantizar su triunfo, pero la sociedad colombiana es bastante más compleja que una encuesta y contiene numerosas variables que permitían avizorar una contienda muy reñida si uno las miraba con detenimiento. Como sucede en otras latitudes confiarse en las encuestas fue un error, mucho más si se piensa que una semana antes del plebiscito la empresa Ipsos Napoléon Franco daba un 66 por ciento para el SI
(http://telemedellin.tv/encuesta-ipsos-napoleon-franco/145123/).

Basta revisar los datos de las últimas décadas para corroborar que Colombia es un país con altos niveles de abstención, entre otros motivos por la violencia que existe en diversas regiones y que dificulta cualquier proceso electoral.

Dos meses antes del plebiscito, NODAL publicó un documento de la Misión de Observación Electoral que alertaba sobre las dificultades que existen para desarrollar un proceso electoral en regla en un 22 % de los municipios del país, algo realmente muy poco común. Allí se señalaba diversos tipos de riesgo que enfrentaba la votación y que iban desde la violencia política y social, la presencia de los grupos guerrilleros, los desplazamientos masivos y las violaciones a la libertad de prensa.
(http://www.nodal.am/2016/08/los-riesgos-del-plebiscito-por-la-paz-en-colombia/)

Por otra parte, en las elecciones presidenciales de 2014 en la primera vuelta votó apenas el 40 por ciento del padrón. En esa instancia, Santos obtuvo el 25 por ciento de los votos siendo superado por Oscar Zuloaga -el candidato del expresidente Álvaro Uribe y principal opositor al acuerdo de paz- que obtuvo el 29 por ciento, un claro reflejo de la fuerza del uribismo. Santos pudo remontar el resultado en segunda vuelta y triunfar, pero el porcentaje de votos tampoco alcanzó el 50 por ciento del padrón. Si se toma en cuenta que las últimas elecciones ya fueron un enfrentamiento entre Santos y Uribe y votó menos del 50 por ciento del padrón, y que en el plebiscito votó apenas el 37 por ciento, uno no puede menos que llegar a la conclusión de que la mayoría de los habitantes de Colombia descree del sistema político en su conjunto ya que ni siquiera se sintió convocado a participar de un plebiscito sobre un tema que hace más de cincuenta años involucra a toda la sociedad.

Los comunicadores, analistas y políticos que tanto dependen de las encuestas hubieran debido mirar con más atención aquellos sondeos de los últimos meses que indicaban que la popularidad de Santos no alcanzaba el 30 por ciento –entre otro motivo por la impopularidad de las medidas sociales que tomó su gobierno- mientras que la de Uribe superaba el 50 por ciento. Estos indicadores y elementos permitían pensar en un plebiscito reñido.

La fuerza del uribismo y la popularidad de Uribe es incontestable. No es una dato menor que se hubiera atrevido a encabezar una manifestación de rechazo al Acuerdo en las calles de Cartagena mientras se lo estaba firmando ante la presencia de numerosos mandatarios, el secretario de Estado norteamericano John Kerry y los medios de comunicación de todo el mundo.

Álvaro Uribe supo canalizar un rechazo a las FARC en la sociedad que Santos, que las combatió hasta hace muy poco, no supo revertir.

Pero en la política uno más uno no siempre es dos. Lo que parecía un triunfo categórico de Uribe el domingo por la noche se fue modificando durante la semana. El lunes se encontró con Santos después de casi seis años y –aunque en una posición de fuerzas por el resultado- parece reconocer el marco general del acuerdo. Su jefe de campaña renunció después de reconocer que la estrategia del NO se basó en mentiras y tergiversaciones; las manifestaciones del miércoles 5 por la paz ratificaron un deseo de continuar con las negociaciones y el Nobel a Santos le dan un inesperado espaldarazo. Resta saber si el presidente lo podrá capitalizar en un país en plena efervescencia.


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