La puja entre el gobierno y la oposición en Venezuela se agudiza y los niveles de confrontación crecen día a día.

Si las palabras tienen sentido y significado en política, y vaya que las tienen (!), la oposición apostó por derrocar al presidente Nicolás Maduro el miércoles 26 de octubre movilizando a sus seguidores en las calles. Y no cabe la menor duda que tienen una gran capacidad movilizadora, como lo han demostrado en numerosas oportunidades. Ese día, la consigna para las movilizaciones fue “La Toma de Venezuela” y varios de sus principales dirigentes incluso planteaban la posibilidad de ir hacia el Palacio de Miraflores, la casa del gobierno.

“La toma de Venezuela” no puede ser interpretada metafóricamente teniendo en cuenta que, por ejemplo, el sábado 22 el portal Dólar Today –hecho por venezolanos en Miami- tituló “¡Insurrección Nacional! Leopoldo López: Unidos tomaremos Caracas”, citando a unos de los principales referentes de la oposición.

El domingo 23, la Asamblea Nacional, controlada por la oposición, aprobó una resolución en la que declaró “la ruptura del orden constitucional y la existencia de un golpe de estado cometido por el régimen de Nicolás Maduro”, sin nombrar a Maduro siquiera como Presidente de la República.

El mismo día, Henrique Capriles dijo que no descartaban ir a Miraflores, mientras que el diputado Freddy Guevara fue más explícito al decir que “si tenemos que rodear Miraflores los días que hagan falta hasta que Maduro salga del poder lo vamos a hacer”.

Plantear como consigna “la toma de Venezuela” y “rodear Miraflores” no deja dudas respecto de las intenciones de la oposición: derrocar al gobierno. Las movilizaciones no fueron solamente una nueva demostración de fuerza, también tenían como objetivo “medir” hasta dónde podían llegar y, si podían, “tomar Venezuela”. El mismo Guevara, el miércoles 26, dijo: “Sólo nos falta declarar la falta absoluta del presidente en la AN (…) No sólo se trata de salir del gobierno, sino de hacerlo bien: para hacerlo tenemos que lograr pasar la última etapa”.

Pero el gobierno de Nicolás Maduro no cayó el 26 de octubre y la oposición tuvo que reconocer –sin decirlo- que había fracasado. “No vamos hoy –dijo Capriles- porque también tenemos que darle la oportunidad a toda Venezuela de participar”, reconociendo implícitamente el fracaso de “la toma de Venezuela” pero amenazando con ir a Miraflores el próximo 3 de noviembre.

No asombra que numerosos dirigentes opositores piensen que haya que destituir al presidente Nicolás Maduro por cualquier vía ya que consideran que existe una dictadura en Venezuela. Algunos, incluso, piensan que hay una dictadura desde que Chávez asumió el poder en 1999. Basta con leer los numerosos artículos que se publican en el diario El Nacional para comprobarlo. Además, hay que recordar que varios de los principales dirigentes de la oposición fueron activos partícipes del fallido golpe de Estado contra Hugo Chávez en abril 2002.

Por esta razón, tampoco es necesario entrar en los detalles de las pujas legales entre la Asamblea Nacional y el gobierno para comprender la pelea de poderes que se está desarrollando desde que la oposición lograra la mayoría en la Asamblea en las elecciones de diciembre del año pasado. El día que Ramos Allup juró como nuevo presidente de la Asamblea Nacional en su discurso de apertura de sesiones señaló “la búsqueda, por parte de nosotros, dentro del lapso de seis meses a partir de hoy, de una salida constitucional, democrática, pacífica y electoral para la cesación de este gobierno”.

Esto quiere decir que la oposición no oculta sus intenciones de destituir al presidente Maduro desde la Asamblea y en las calles. Sin embargo, el gobierno de Maduro no permitirá un escenario similar al de Honduras, Paraguay o Brasil, donde los parlamentos, en manos opositoras, destituyeron a Manuel Zelaya, Fernando Lugo y Dilma Rousseff sin que hubiera resistencia popular. A diferencia de los tres casos mencionados, en Venezuela el Parlamento no es más poderoso que el Poder Ejecutivo, que es fuerte y cohesionado con la suficiente capacidad de ignorar las decisiones del Parlamento, y cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas que juegan un papel muy importante en la política venezolana.

Pero, por sobre todas las cosas, cuenta con masas movilizadas dispuestas a defender al chavismo como representante de los intereses de las mayorías marginadas durante décadas hasta sus últimas consecuencias. La oposición también lo sabe.

Y el camino a Miraflores está plagado de obstáculos, algunos de ellos gigantes y muy poderosos.