Por Abel Bohoslavsky*

Comandante de la Revolución Sandinista Carlos Fonseca: a 40 años de la caída del “tayacán vencedor de la muerte”

En noviembre de 1976 – no recuerdo la fecha con precisión – escuchaba como casi todas las noches mi entonces inseparable Tonomac, esa poderosa radio que tenía onda corta. Era uno de los momentos más terribles de la tenebrosa dictadura en Argentina. Diarios, radios y televisión eran un cerco informativo, que complementaban con su propaganda el terrorismo estatal. La onda corta nos permitía oxigenarnos escasamente para saber lo que pasaba en el mundo. Y también en nuestro país. Una de las emisoras preferidas, Radio Habana Cuba, cuyos noticieros daban bastantes informaciones del mundo, nos trajo la noticia: en Nicaragua había caído en combate Carlos Fonseca Amador, fundador y principal dirigente del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Conocía su nombre, pero jamás había podido leer nada de él o sobre él. Conocía la sigla de esa organización insurgente y en forma muy difusa, su ya larga lucha contra la dictadura de los Somoza. No podía imaginar que apenas tres años después conocería algunos escritos de Carlos Fonseca y en poco tiempo más sería parte de ese inédito proceso que se llamó Revolución Sandinista (1979-90). En el país más grande de Centroamérica – 130 mil km2 – con apenas tres millones de habitantes (el menos poblado de esa región en esa época), tras una desgarradora guerra civil había triunfado una insurrección el 19 de julio de 1979, derrocando para siempre a la tiranía de más de medio siglo sostenida desde la intervención militar norteamericana de 1926-33 y apoyada sucesivamente por todos los gobiernos de EE. UU. Ni ese apoyo militar de la potencia más poderosa del mundo, ni el de las vecinas dictaduras de Honduras y El Salvador, ni el armamento enviado por Israel, ni la presencia de armas y militares de la dictadura argentina, alcanzaron para mantener en pie la Guardia Nacional de Anastasio Somoza Debayle, el último dictador de la tiranía. Un ejército guerrillero mal armado forjado a partir de pequeños destacamentos durante 15 años y un pueblo de campesinos y obreros insurreccionado con armas arrebatadas a la propia dictadura, pusieron en fuga al dictador, derrotaron a las tropas y la aviación del régimen e instalaron un gobierno revolucionario que desarticuló un Estado capitalista endeble. Como ocurre en todas las revoluciones genuinas, una multiplicidad de factores económicos, políticos y sociales nacionales y una coyuntura internacional excepcional posibilitaron que desde 1978, en Nicaragua se abriese una situación revolucionaria en la cual, el activismo político y militar del hasta entonces pequeño FSLN, lanzase en abril de 1979, la Ofensiva Final. Las tropas de EE. UU. que intervinieron en Nicaragua desde 1853 con el filibustero William Walker a la cabeza para instalar un régimen esclavista, pasando por sucesivas invasiones en 1894, en 1912 – cuando no se podían justificar por el “peligro comunista” – y por fin en 1926 hasta 1933, esta vez no lo hicieron. Estaba muy cerca y muy fresca la derrota en Vietnam, cuando sus huestes tuvieron que huir de la ocupada capital del sur, Saigón, el 30 de abril de 1975, que a partir de ese día fue Ciudad Ho Chi Minh en un Vietnam liberado y reunificado. La insurrección triunfó.

Los guerrilleros sandinistas habían tomado su nombre del apellido de Augusto C. Sandino, un obrero nacido y criado en Niquinohomo, un pueblito rural, que había emigrado a México y regresó a Nicaragua en 1926 para involucrase en la guerra civil entre liberales y conservadores, en el bando de los primeros. Pero cuando ambas facciones de la oligarquía se avinieron a un pacto impuesto por sus mandantes norteamericanos, Sandino enarboló su estandarte rojo y negro tomado del sindicalismo revolucionario mexicano, conformó con obreros del mineral San Albino y campesinos de varias regiones, un insólito e indómito Ejército Defensor de la Soberanía Nacional. Resistió a los marines y sus bombardeos aéreos y en una inédita guerra de guerrillas en esas tierras. Derrotó al invasor. Fue el pequeño ejército loco, así bautizado por el historiador argentino Gregorio Selser. Pero el obrero Sandino elevado a victorioso General de Hombres Libres, cayó en una trampa y fue asesinado en 1934. Pasaron más de 20 años de consolidación de la dictadura, hasta que el 21 de septiembre de 1956, el joven poeta leonés Rigoberto López Pérez se inmoló dando muerte al fundador de la dinastía Anastasio Somoza García.

A partir de allí, numerosos intentos de rebelión forjados mayormente por jóvenes, adoptaron formas diversas. Uno de ellos es nacido en Matagalpa en 1936, hijo de la campesina cocinera Faustina Fonseca y del administrador de una mina de propiedad norteamericana, Fausto Amador. Identificándose con el origen de clase de su madre y repudiando al de su padre, se hizo conocer como Carlos Fonseca. De niño y adolescente trabajó vendiendo caramelos y diarios, siendo mensajero y ayudante de bodeguero. Y ávido lector. Lee a Tomas Moro, a Howard Fast (el de Espartaco y La pasión de Sacco y Vanzetti), la Historia de Estados Unidos y a Marx. Simpatiza con la Unión Nacional de Acción Popular, después con el Partido Renovación Nacional y propagandiza el periódico Unidad del Partido Socialista, al cual se integró por un tiempo. Fue bachiller medalla de oro, director de una biblioteca y se matriculó sucesivamente en Economía y Derecho, siendo dirigente estudiantil antidictatorial, editando volantes y periódicos. En septiembre 1956 es detenido por primera vez tras el ajusticiamiento del dictador. En 1957 viaja a la URSS a participar en el V Festival de la Juventud y al año siguiente escribe Un nicaragüense en Moscú. En 1959 organiza la Juventud Democrática Nicaragüense, es apresado numerosas veces e integra la columna guerrillera “Rigoberto López Pérez”, que es masacrada, siendo herido seriamente y trasladado a Honduras. Regresa a la militancia universitaria, contacta con la Juventud Patriótica, es nuevamente detenido. En 1961, funda el Movimiento Nueva Nicaragua y ese mismo año, en una reunión secreta con Santos López (veterano coronel sobreviviente del Ejército de Sandino), Tomás Borge, Silvio Mayorga y Faustino Ruiz fundan el Frente de Liberación Nacional al cual Fonseca propone añadirle el calificativo de Sandinista y que, a partir de allí, va a ser conocido como FSLN. Su bandera será la roja y negra de Sandino. La novel organización comienza un trabajo político en muchas zonas rurales, en varias ciudades y en distintos frentes. Fonseca es tres veces capturado y deportado, regresando siempre para continuar la militancia en forma clandestina. En 1967, un frente guerrillero abierto en Pancasán es destruido por la represión. En 1969, emite en forma radial y escrita, la Proclama del FSLN que se constituye en el Programa Histórico de 15 puntos la Revolución Popular Sandinista para la transformación del país. El objetivo estratégico está condensado en esta propuesta: “La reivindicación socialista y la emancipación nacional, se conjugan en la Revolución Popular Sandinista. Nos identificamos con el socialismo, sin carecer de enfoque crítico ante las experiencias socialistas”. En agosto es capturado en Costa Rica y en diciembre, un operativo guerrillero para liberarlo, fracasa. Pero el 21 de octubre de 1971, un comando del FSLN logra por primera vez un canje de prisioneros y es liberado junto a otros compañeros. En 1972, estando en Cuba, escribe el libro Sandino, guerrillero proletario y Reseña de la secular intervención norteamericana en Nicaragua. Otros textos suyos combinan manifiestos, análisis políticos, reflexiones históricas que ponen de relieve su talento literario y su enfoque marxista. En noviembre de 1975, cuando el FSLN atraviesa una crisis que escinde a la organización en tres tendencias, en plena lucha contra la dictadura, Fonseca regresa a Nicaragua, a pesar de la gran limitación física que constituía una severa miopía que le provocó una gran disminución de su capacidad visual. Recorre ciudades y montañas reuniéndose con las direcciones clandestinas y trata de reunificar la militancia. No escatimó ningún esfuerzo para tratar de limar las asperezas entre los protagonistas principales de la división del FSLN. En la ciudad escribió “Notas sobre algunos problemas de hoy” y en la montaña “Notas sobre la montaña y algunos otros temas”. Numerosos testimonios han quedado acerca de este último período: en un combate fue herido en una pierna. Todos lo ponderan y ponen de relieve su audacia de poner en riesgo su vida nuevamente para enderezar el rumbo hacia la conquista del poder.

En sus Memorias de la Lucha Sandinista, la Comandante Guerrillera Mónica Baltodano, relata los últimos momentos: “Siempre en base al testimonio de Francisco Rivera ‘El Zorro’, parece que el grupo de los once compañeros que estaban con Carlos, fue dividido por él, y les dio misiones. El grupo uno, compuesto por Inés Hernández y Víctor Manuel Urbina, iban a abrir la ruta a Honduras; el grupo dos, integrado por Facundo Picado, Silvio ‘116’ y ‘Mayra’, cuya misión era ir a El Bote a ‘El Zorro’, Claudia Chamorro, Leonel ‘112’ y el ‘113’, que debía quedarse en Kusulí, para garantizar el traslado hacia Iyas de los dirigentes que venían del Pacífico. Y Carlos se quedó sólo con Benito Carvajal ‘114’ y Crescencio Aguilar ‘Danilo’. En su relato, ‘El Zorro’ dice que él y Facundo Picado se opusieron desde el primer momento a la decisión de Carlos Fonseca, porque significaba que él iba a aventurarse por una ruta que era desconocida, con dos inexpertos: ‘Danilo’, un chavalo campesino de dieciséis años, reclutado el año anterior, y Benito Carvajal ‘114’, otro chavalo todavía más nuevo, que había llegado de la ciudad apenas seis meses antes. Carlos se marchó con ellos el 7 de noviembre por la noche hacia su cita con la muerte”. Y siguiendo con el relato de Rivera, rememora: “Y tampoco olvido su estampa al irse, la barba de meses poco desarrollada, su gruesos lentes que le eran tan necesarios por la miopía, su uniforme verde olivo, sus botas altas, su escopeta automática calibre 12, su pistola Browning 9 milímetros de 14 tiros y una granada de fragmentación al cinto. Salía de noche porque a pesar del problema de la vista que le dificultaba la marcha en la oscuridad, el primer trecho había que hacerlo por un camino transitado, antes de penetrar al monte por un abra. Así fue que cayó en Boca de Piedra, Comarca de Zinica, esa misma noche del siete de noviembre del 76, sorprendido por una patrulla de guardias a pocas horas de marcha de El Varillal, donde nos habíamos despedido sin que yo lograra oír los tiros, debido al ruido del aguacero que siguió cayendo al amanecer. Combatió en desventaja, el ‘114’ cayó con él y ‘Danilo’ pudo escaparse, pero fue emboscado y muerto posteriormente. Fue directo a su muerte, Carlos Fonseca, obsesionado por esa idea de una reunión para la unidad, medio ciego, guiado por un niño bajo la lluvia en la noche cerrada de la montaña y cercado de los peores presagios: patrullas asesinas, helicópteros, perros de presa; las comarcas sembradas de muertos, los ranchos y las milpas quemadas, los caminos vigilados palmo a palmo, la Guardia acampando en las capillas y en las ermitas, y cuando todo el mundo nos denunciaba por miedo y eran pocos los que se atrevían a colaborar”

Carlos Fonseca fue herido gravemente y en la mañana del 8 de noviembre, fue sorprendido solo por la patrulla de la Guardia Nacional que cobardemente lo remató. Un exponente teórico y destacado combatiente de la generación de cheguevaristas que se propuso, como él lo planteó, conjugar la revolución socialista y la emancipación nacional.

Cuatro décadas después – para uno, toda una vida, para Nuestra Historia, apenas un nuevo período – la evocación del novio de la patria rojinegra, nos despierta emociones y plantea desafíos a las nuevas generaciones. Si en condiciones tan difíciles, hubo revolucionarios marxistas como Carlos Fonseca que supieron ensamblar sentimientos, inteligencia, audacia, coherencia y ciencia, ¿cómo no retomar su ejemplo para que las revoluciones por venir no desbarranquen en caricaturas? Hace 40 años, las ondas del éter nos traían la mala noticia de la caída del visionario miope de ojos azules intensos. Esperamos que nuevos mecanógrafos/hormigas//martillos nos pinten los letreros subversivos del futuro.

*Médico graduado en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Autor de Biografías y relatos insurgentes (CESS-SITOSPLAD, 2011) y Los Cheguevaristas, la Estrella Roja, del cordobazo a la Revolución Sandinista (Imago Mundi, 2016) y otros ensayos.


Canción del cantante nicaragüense Carlos Mejía Godoy en homenaje a Carlos Fonseca