El martirio de los jesuitas nos interpela para repensar y revitalizar sus contribuciones a la filosofía y las ciencias sociales, como herramientas necesarias en el análisis de los problemas que nos agobian actualmente, en los contextos de desigualdad, exclusión, violencia, pobreza y desesperanza que caracterizan a toda Centroamérica.

Recientemente se conmemoraron 27 años del asesinato de los sacerdotes jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Amando López, Joaquín López y López y Juan Ramón Moreno, acribillados a tiros en el centro pastoral del campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) en San Salvador, donde ejercían la docencia. El crimen fue organizado por altos mandos del ejército salvadoreño y perpetrado por soldados del batallón Atlacatl, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989. La Comisión de la Verdad que investigó los crímenes cometidos durante la guerra de 12 años en El Salvador (1980-1991), estableció que el de los jesuitas constituyó un caso ilustrativo de la violencia del Estado y sus agentes contra los opositores al régimen cívico-militar.

En su informe final, la Comisión señaló que, pese a que era público y notorio el papel que desempeñaba el rector Ignacio Ellacuría en la búsqueda de un acuerdo de paz que pusiera fin al conflicto, las fuerzas armadas salvadoreñas “solían calificar a la UCA como un refugio de subversivos” e identificaban a los jesuitas con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, debido a “la especial preocupación que dichos sacerdotes tenían por los sectores de la sociedad salvadoreña más pobres y afectados por la guerra”.

Tristemente, el legado ético, político, espiritual e intelectual de los jesuitas, mártires en su opción preferencial por los pobres, parece difuminarse y sumirse en el olvido de las sociedades centroamericanas. No obstante, el pensamiento de las víctimas de aquella infamia nos emplaza hoy con la misma fuerza –fuerza profética- que lo hiciera en los terribles años del conflicto armado; más aún, puede iluminar nuestras búsquedas en medio de la crisis civilizatoria por la que atravesamos, que es precisamente la crisis de la civilización del capital, tal y como la denunciara el padre Ellacuría.

En este sentido, cabe recordar, como incitación para profundizar en sus ideas, las palabras del rector Ellacuría en un discurso pronunciado en la ciudad de Barcelona, tan solo diez días antes de su muerte, y al que tituló El desafío de las mayorías pobres. En aquel momento dijo: “Esta civilización está gravemente enferma y […] para evitar un desenlace fatídico y fatal, es necesario intentar cambiarla desde dentro de sí misma. Ayudar profética y utópicamente a alimentar y provocar una conciencia colectiva de cambios sustanciales es ya de por sí un primer gran paso. Queda otro paso también fundamental y es el de crear modelos económicos, políticos y culturales que hagan posible una civilización del trabajo como sustitutiva de una civilización del capital. Y es aquí donde los intelectuales de todo tipo, esto es, los teórico críticos de la realidad, tienen un reto y una tarea impostergables. No basta con la crítica y la destrucción, sino que se precisa una construcción crítica que sirva de alternativa real”.

Esta civilización del trabajo no la concebía regida por las lógicas y dinámicas “del capital y de la acumulación”, sino por “el dinamismo real del perfeccionamiento de la persona humana y de la potenciación humanizante de su medio vital del cual forma parte y al cual debe respetar”. Y agregaba: “somos partidarios de poner en tensión a la fe con la justicia. La fe cristiana tiene como condición indispensable, aunque tal vez no suficiente, su enfrentamiento con la justicia; pero a su vez, la justicia queda profundamente iluminada desde lo que es la fe vivida en la opción preferencial por los pobres”.

Han pasado los años y el reto lanzado por Ellacuría a los intelectuales, especialmente a los centroamericanos, todavía sigue latente: las mayorías pobres nos desafían día tras día, abandonados a su suerte como están, y evidenciando la vergonzosa deshumanización a la que hemos llegado.

A casi tres décadas de la masacre de la UCA, y con el reclamo todavía pendiente de verdad y justicia para que se juzgue a los autores intelectuales y materiales de esa barbarie, el martirio de los jesuitas nos interpela para repensar y revitalizar sus contribuciones a la filosofía y las ciencias sociales, como herramientas necesarias en el análisis de los problemas que nos agobian actualmente, en los contextos de desigualdad, exclusión, violencia, pobreza y desesperanza que caracterizan a toda Centroamérica. Así ayudaremos a que, entre nosotros y con nosotros, ellos sigan viviendo y construyendo la civilización de la pobreza llamada a subvertir a la decadente civilización de la riqueza.

(*) Académico e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos y del Centro de Investigación y Docencia en Educación, de la Universidad Nacional de Costa Rica.