Centroamérica, una región marginal en la marginalidad latinoamericana, ha tenido históricamente una atención especial de los Estados Unidos por su posición geográfica. Donald Trump, el obtuso, sabe en donde está: es en donde construyó su torre. Pero eso no significa ninguna ventaja.

En julio de 2011 se inauguró en Panamá la Torre Trump que, hasta el 2012, fue el edificio más alto de América Latina. Forma parte del horizonte de rascacielos que ha cambiado el perfil de Ciudad de Panamá a partir del año 2000, producto de un boom inmobiliario resultado en buena medida del lavado de dinero. La ciudad de los rascacielos, apenas habitada en un 30% de su capacidad, tiene como emblema el hotel de Trump, parecido en su arquitectura, que recuerda una vela, al Málaga de Qatar, otra ciudad que, al igual que la centroamericana, sucumbirá en fecha no muy lejana. Qatar será devorada por la arena como las pirámides de Egipto, y los rascacielos panameños se oxidarán inexorablemente frente al Océano Pacífico.

Si no fuera porque participó en la inauguración de su torre, seguramente Trump no sabría ni dónde está Centroamérica. Para él, como para muchos de sus compatriotas, lo que hay al sur del Río Bravo son mexicans que comen tacos y duermen una eterna siesta a la sombra de un nopal.

Antecesores suyos no tuvieron mayores conocimientos sobre nosotros. Para ser justos, hemos de consignar una excepción: Ronald Reagan. El señor Reagan, con su peinado a lo Hollywood y voz aterciopelada dijo ser un Contra, mientras sonreía a las cámaras acompañado de uno de los mercenarios que financiaba con dinero del tráfico de armas para Irán.

Donald Trump forma parte de la estirpe inaugurada por Reagan y, en relación con Centroamérica, poco se diferencia de ellos. Fuera del Panama Canal, los mexicans que les llegan y el tráfico de drogas que pasan por nuestras tierras y que su entorno consume, sabe poco de nosotros.

Nuestras pequeñas oligarquías lo ven sentándose próximamente en la silla presidencial norteamericana y se ponen a temblar. Sacan cuentas y se siente engañados. Resulta que precisamente en los años de Ronald Reagan les vendieron un paquete por el que se han quebrado el lomo y han empeñado su prestigio durante ya más de treinta años.

Ese paquete se llama Consenso de Washington y, para no hacer largo el cuento, consignaremos aquí uno de sus eslóganes centrales: “¡Que no nos deje el tren de la globalización!”.

Amparados como estuvieron estos señores en tal arrebato de combate “se abrieron al mundo”, y la culminación de tal apertura fue el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana, sintéticamente conocido como “el” TLC, el cual no ha hecho sino quintuplicar el déficit de la región con ese país.

Y ahora resulta que viene el tal Trump y se deja decir en campaña que los mentados tratados de libre comercio no le simpatizan. “¡Dios mío! (algunos dicen: Oh, my God!), pero ¿en qué mundo estamos?”, y se rasgan las vestiduras viendo cómo las maquileras, a las que tanto les cuesta competir con la mano de obra barata (“¡regalada!”) de China, pueden esfumarse.

Así de serias están las cosas en Centroamérica; pero ojalá ahí terminaran: está el tema de lo mexicans centroamericanos. Especialmente en el Triángulo Norte de Centroamérica han apostado por las remesas de quienes no teniendo otra opción migran en pos del american way of life. El 17% del PIB de El Salvador y Honduras y el 15% del de Guatemala se sustenta en ellas. Y entonces, ¿qué pasará si empiezan las deportaciones masivas?

De este problema, la otra cara de la moneda lo ven en Costa Rica: “¿será que se van a venir para acá?” La Nación, periódico portavoz de lo más rancio del pensamiento neoliberal en este país, ya se lo pregunta, y hace entrevistas amañadas a “especialistas” que, con ojos desorbitados, pintan el panorama apocalíptico de miles de centroamericanos cruzando sus fronteras.

Centroamérica, una región marginal en la marginalidad latinoamericana, ha tenido históricamente una atención especial de los Estados Unidos por su posición geográfica. Donald Trump, el obtuso, sabe en donde está: es en donde construyó su torre. Pero eso no significa ninguna ventaja.

(*) Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.