Agotadas las opciones políticas del establishment y ante el inminente giro fascista en el desarrollo imperialista de los Estados Unidos, ¿será la presidencia de Trump el catalizador para una auténtica rebelión democrática y para la construcción de alternativas posneoliberales, surgidas desde el corazón de una sociedad estadounidense más consciente de las verdaderas causas de su crisis y de sus responsabilidades nacionales y globales?

Donald Trump, esa grotesca metáfora del capitalismo y de la cultura machista, patriarcal, xenófoba y racista que subyace en las profundidades del mundo libre; ese reflejo deformado y amenazador en el que se miran, asombrados, millones de hombres y mujeres en la Roma americana, será el próximo presidente de los Estados Unidos.

Contra todos los pronósticos de los opinadores y analistas del mainstream; desafiando la poderosa matriz propagandística que activaron las usinas del poder mediático global para llevar a la Casa Blanca a la candidata del establishment y consentida de Wall Street, y aún contra la élite del Partido Republicano; pero, al mismo tiempo, moviéndose siempre bajo las reglas electorales de la democracia burguesa –a la que no va a desafiar, a pesar de la retórica agresiva que utilizó para cazar votos-, el triunfo del magnate fanfarrón expresa a plenitud la degradación política, cultural y espiritual de la principal potencia militar del mundo, hoy incapaz de enarbolar muchos de los principios que están en la raíz de su mito fundacional. Que no se pueda decir nada mejor de la rival de Trump en la contienda del 8 de noviembre, da una idea cabal de la profundidad de la crisis en la que se encuentra la sociedad norteamericana.

Sin embargo, no debiéramos dejarnos llevar por la sorpresa de un resultado que entraba perfectamente en el juego de posibilidades, por más que las proyecciones de casi la totalidad de las encuestas y el lodazal de la campaña salpicó en todas direcciones, se empeñaran en presentarle a los electores, y al mundo entero, la imagen de una victoria arrolladora de la candidata demócrata Hillary Clinton. La elección de Trump se explica más por factores culturales, sociológicos, que no siempre logran salir a la luz de la discusión pública, pero que gravitan con fuerza en la vida de quienes deben enfrentar, día tras día, la desesperanza, el desempleo, los salarios que no alcanzan para adquirir el paraíso del consumo, y en general, la falta de oportunidades de movilidad social que son el resultado de la aplicación de las políticas neoliberales en los Estados Unidos.

“La fuerza de Trump en los estados industriales [los más afectados por la crisis económica] fue clave en generar un apoyo masivo entre trabajadores, resultado de su constante consigna contra los acuerdos de libre comercio, sobre todo el tratado con México y Canadá. En parte, esto es la cosecha de tres décadas de políticas neoliberales aplicadas dentro de Estados Unidos, parte de lo cual fue atacado por el magnate”, explicó David Brooks. Ni siquiera la alianza entre jóvenes, afrosdescendientes, mujeres y latinos, a la que apeló Clinton, logró “derrotar la apuesta de Trump sobre los blancos, sobre todo los no jóvenes, y un reducido sector latino conservador y antimigrante”. Como dice el periodista argentino Martín Granovsky, “los latinos no fueron lo suficientemente activos y los varones blancos, en cambio, votaron con ganas: sintieron ganas de ir a votar y lo hicieron. Fueron protagonistas de la guerra interna que les propuso Donald Trump. Pusieron su rabia en las urnas”.

Esa rabia expresa, fundamentalmente, los miedos exacerbados por el discurso incendiario de Trump, el hartazgo con la clase política dominante y su modus operandi –siempre al servicio del poder corporativo-, que Clinton representó sin ruborizarse, y el profundo malestar con el neoliberalismo y sus inevitables consecuencias de exclusión y desigualdad social, que han hecho añicos el sueño americano para amplios sectores de la población.

Howard Zinn, ese valiente y crítico intelectual, autor de A people’s history of the United States(traducido como La otra historia de los Estados Unidos), escribió: “La idea de los salvadores ha sido incorporada en toda la cultura, más allá del fenómeno político. Hemos aprendido a mirar a las estrellas, a los líderes y expertos en cada campo de manera que renunciamos a nuestra propia fuerza, rebajamos nuestras propias habilidades y nos eliminamos nosotros mismos. Pero de vez en cuando los americanos rechazan esta idea y se rebelan”.

Agotadas las opciones políticas del establishment en sus versiones pretendidamente progresistas (Obama y Clinton), descarrilada la única opción capaz de inspirar la esperanza (Bernie Sanders, saboteado por su propio partido) y ante el inminente giro fascista en el desarrollo imperialista de los Estados Unidos, ¿será la presidencia de Trump el catalizador para una auténtica rebelión democrática y para la construcción de alternativas posneoliberales, surgidas desde el corazón de una sociedad estadounidense más consciente de las verdaderas causas de su crisis y de sus responsabilidades nacionales y globales?

América Latina demostró al mundo que es posible resistir y vencer al neoliberalismo, aunque ello suponga enfrentarse a poderosos intereses y librar largas y cruentas batallas. No hay garantía de victoria final, pero en esa lucha van las esperanzas de un futuro distinto, con más justicia social y solidaridad. Ojalá los estadounidenses valoren lo sucedido, se organicen y emprendan la marcha por los caminos de la reinvención de su democracia.

(*) Académico e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos y del Centro de Investigación y Docencia en Educación, de la Universidad Nacional de Costa Rica.