Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Cuarenta días después del plebiscito en que se impuso el No, como en el diluvio bíblico, la emblemática paloma anuncia un nuevo acuerdo de paz en La Habana entre el Gobierno y las Farc. La aspiración es que por fin, luego de 52 años de un conflicto que ha costado tantas vidas, incontables atropellos y dolor, los colombianos podamos pasar la página de esta larga tragedia.

Con las naturales salvedades de que aún falta camino para la puntada final, lo alcanzado es motivo de esperanza y ha sido, en general, bien recibido. Además, deja valiosas reflexiones, que pueden ser más bien lecciones sobre la capacidad de llegar a consensos en momentos críticos para la vida de la nación.

Valga subrayar que aquí hay una manifiesta expresión de lo que es la democracia cuando es bien entendida y acatada. El Gobierno y su contraparte en la mesa supieron respetar la voluntad de más de seis millones de colombianos que no estuvieron de acuerdo con el pacto inicial, firmado el 26 de septiembre en Cartagena.

Es menester resaltar la voluntad de todos: del jefe del Estado, que tomó en serio el desafío de escuchar; de la oposición, que hizo aportes constructivos; de la sociedad, comenzando por los jóvenes que enviaron el mensaje claro de exigir un acuerdo pronto. Así lo comprendieron los equipos negociadores, que han dedicado extenuantes jornadas para lograr, en tiempo récord, modificar 56 de los 57 puntos identificados como importantes, salidos de cerca de medio millar de observaciones específicas.

La solución no era fácil. En tal sentido, es necesario reconocer que las Farc mostraron más flexibilidad de la que los escépticos preveían, debido a lo cual también merecen un reconocimiento.

Por contradictorio que parezca, lo que el 2 de octubre se pensó que era un iceberg contra el cual se estrellaba el barco resultó ser un empujón hacia adelante.

Ahora lo clave es que el desenlace sea un factor de unión y que se aplique aquel refrán según el cual ‘lo mejor es enemigo de lo bueno’. En este sentido, hay que hacer un llamado a los diferentes actores para que antepongan sus posturas individuales a lo que necesita el país, que es pasar la página y seguir adelante por el camino de la reconciliación.

No vale la pena ir punto por punto, pues los detalles sobre lo conseguido han sido descritos por los medios de comunicación y los pronunciamientos oficiales. Simplemente, es justo señalar que se hicieron precisiones fundamentales que eliminan una buena cantidad de zonas grises, las cuales van desde el respeto a la propiedad privada o a la sostenibilidad fiscal hasta establecer en qué consiste la restricción de la libertad que se les impondrá a los guerrilleros que sean juzgados por delitos graves.

Por otro lado, tampoco es menor el ajuste a la Jurisdicción Especial para la Paz. Son conocidos los cuestionamientos que se le hicieron a un esquema que generaba no pocos interrogantes, buena parte de los cuales han sido respondidos por medio de acortar su duración, cerrarle la puerta a la presencia de magistrados extranjeros y darle un papel a la Corte Constitucional, que establece un vínculo con la arquitectura institucional vigente.

Es obligatorio referirse al punto de la elegibilidad, en el cual no se consiguieron los cambios solicitados por los partidarios del No. A pesar de que a más de un colombiano le puede caer mal ver que un antiguo integrante de las Farc ponga a consideración su nombre en comicios regionales o nacionales, el propósito de fondo de este esfuerzo es que las ideas reemplacen a los fusiles. Prohibir la participación en política de los miembros de la guerrilla sería un contrasentido que se opondría a lo establecido en procesos similares en otras partes del mundo.

Ahora la incógnita es conocer la respuesta de los opositores al acuerdo original con respecto al texto reformado. Más de uno podría verse tentado a proponer otra ronda de conversaciones con el fin de darles otra vuelta a diferentes temas y ajustarlos a sus aspiraciones. Ojalá no sea así, sin desconocer que para ciertos dirigentes hay píldoras que son difíciles de digerir.

Por tal razón, es hora de hacer de tripas corazón y seguir adelante. Debido a ello, hacemos votos para que en cuestión de días quienes se sentaron a la mesa en Bogotá con los negociadores del Gobierno le expresen su apoyo a lo obtenido en La Habana. No es este el momento de mezquindades sino de grandeza, lo cual quiere decir que los intereses nacionales deben ponerse por encima de los de las colectividades.

Tal como lo señaló el sábado el propio Juan Manuel Santos, el nuevo acuerdo supera en calidad al de antes. Ahora lo que corresponde establecer es un mecanismo que permita poner en marcha los desarrollos judiciales necesarios, al igual que las vías de concentración y verificación que conduzcan a la dejación de las armas en los plazos establecidos y con participación de las Naciones Unidas.

A este respecto, es menester insistir en que el Gobierno debería seguir consultando con la oposición los pasos que siguen. Tal como lo señalamos en su momento, la crisis que surgió tras el plebiscito del 2 de octubre podía convertirse en una oportunidad. Aprovechémosla para que el país siga unido en torno a un propósito como la paz, el más importante de todos.

El Tiempo