Haití es el país más pobre del hemisferio occidental, su población arrastra una serie de problemáticas estructurales que lo llevan a ocupar el puesto 150 de los 177 en el Índice de Desarrollo Humano. La esperanza de vida en la nación caribeña es de apenas 52 años, sólo 1 de cada 50 habitantes recibe un salario, la deforestación arrasó el 98% de sus bosques, y los ingresos por sus exportaciones de manufacturas, café, aceites y mango son casi una propina, ante la deuda externa que poseen. Una realidad que ni los procesos electorales ni la ONU lograrán cambiar.

La cuna de la vida

Los Tainos, comunidad descendiente de los Arawak, la llamaban “Quisqueya” (la cuna de la vida) o “Ayiti” (el lugar montañoso). Sin embargo, la historiografía eurocentrista nos dice que Haití comienza con dos siglos de colonización española. El primer asentamiento español en la isla se llamó “La Navidad” y quedaba cerca de la actual Cap-Haïtiene. En el lugar, Cristóbal Colon dejó a 39 españoles con el único objetivo de extraer plata y oro. A su regreso, al cabo de un año, los encontró a todos muertos, los Tainos se habían cansado de tantos maltratos. Este carácter indómito de los pueblos Caribes va a quedar grabado a fuego en el pueblo haitiano.

Hacia finales del siglo XVI, los españoles creyendo haber saqueado toda la isla, se recogieron en el actual Santo Domingo. Al poco tiempo, piratas y colonizadores franceses “ocuparon el vacío” y nació la colonia francesa de Saint-Domingue para explotar a los nativos y a otros 450.000 africanos traídos como esclavos para poner a andar el modelo de plantaciones; los galos si dieron con el “oro”. A fuerza de latigazos, el 75% de la producción mundial de azúcar de la época provenía de Haití, se convirtieron en el primer productor de café, se destacaron con el cacao, el algodón, el añil y las maderas. Se desgastaron sus suelos. Se convirtieron en la colonia más rica de Francia. Hasta que en 1791 comenzó una revuelta esclava demandando “libertad, igualdad y fraternidad”, que se prolongó por 13 años.

En 1799, Napoleón llegó al poder en Francia, y envió a su cuñado, el General Lecrlerc y a 20.000 soldados veteranos, a restaurar el viejo status quo en Saint Domingue. Pero las fuerzas napoleónicas fueron derrotadas por la guerra de guerrillas. El 18 de noviembre de 1803, los franceses perdieron su última batalla, y el día de año nuevo de 1804 se proclamó el nacimiento del primer país libre de América Latina, los negros esclavos lograron resurgir al espíritu de los tainos, convirtieron en suya la isla que los originarios llamaban isla Ayiti… la gran Haití.

Sin embargo, a los haitianos les costó muy caro su osadía. En 1825, Francia los obligó a pagar 150 millones de francos oro (el equivalente hoy en día a unos 22.000 millones de dólares) para reconocerles su independencia. Una deuda que no se terminó de pagar sino hasta 1947.

El fracaso de la élite

Pero, la “alegría” duró poco, Haití a duras penas logró mantener su unidad nacional, el antiesclavismo como única bandera del consenso social no bastó para que la revolución de los esclavos lograra resolver las crisis impuestas desde el sistema colonial. No es sino hasta el 1859, con la caída del régimen autocrático de Faustin Soulouque, que se logra dar fin a la crisis política post colonial caracterizada por una sucesión de gobiernos breves de antiguos combatientes de la guerra de independencia.

Algo similar a lo que paso con las demás revoluciones decimonónicas de la América hispana, su oligarquía se hizo del poder. La élite mulata haitiana fracasó en la formación de las instituciones propias del criterio civilizatorio impuesto desde Europa y a su vez dio continuidad, durante el siglo XIX, al modelo de producción basado en plantaciones, los reglamentos agrarios de sus primeros gobernantes independientes contemplaban el trabajo de sol a sol e impedian al trabajador el abandono de las plantaciones, parte del campesinado haitiano trabajaba entonces en condiciones semiforzadas.

Las tensiones sociales irresolutas a través de la independencia cimentaron lo que fue otra crisis de fin de siglo para Haití, de nuevo un actor externo se vio inmiscuido en la misma, nada más y nada menos que el naciente imperio norteamericano.

El yankee en casa

A principios del siglo XX Haití fue nuevamente ocupado bajo la excusa de “la necesaria pacificación del país”. Esta vez por el ya mencionado imperio estadounidense (1915) que se encontraban en pleno periodo de expansión de su “patio trasero”. La Constitución haitiana fue reescrita para que las empresas estadounidenses se adueñarán de las grandes plantaciones. La ocupación de EEUU dejó entre 15.000 y 30.000 haitianos muertos y una economía dirigida a las necesidades del mercado norteamericano. Diecinueve años después, EEUU “se fue” pero dejó a las nefastas Fuerzas Armadas de Haití, el partido militar se encargó de buscar “solución” a la crisis social haitiana por vía de la represión durante el resto del siglo.

Durante los años 40 y 50, el norte le alterno los presidentes a la nación caribeña, hasta que, en 1957, en unas elecciones poco transparentes, se impuso François Duvalier alias “Papa Doc”, quien instauró una cruenta dictadura que se perpetró hasta 1971 formalizando así la crisis política producto de la tensiones a raíz de la campante desigualdad social. En ese tiempo, su milicia personal, los Tontons Macoutes, desaparecieron a más de 30 mil haitianos, y a mediados de la década de los 60, el 80% de los profesionales cualificados haitianos ya habían dejado el país. El Duvalierismo dio inicio al terrorismo de Estado que servirá como arma de doble filo contra los anhelos de inclusión social de la población y garantía para los intereses yankees en plena guerra fría.

EEUU, Francia y otros Estados occidentales apoyaron económicamente esta masacre. De hecho, el embajador estadounidense durante la administración Nixon, fue bautizado como “Tonton Macoute honorario”. Tras la muerte de Duvalier, en 1971, fue sucedido por su hijo de 19 años Jean-Claude Duvalier alias “Baby Doc”, quien siguió el legado de su padre durante 14 años más, tiempo en el que llegaron a Haití las denominadas “maquilas”, fábricas textiles orientadas al mercado norteamericano, que se instalan en los alrededores de la capital, atraídas por los bajos impuestos y los sueldos de miseria, así como la falta de derecho de las trabajadoras.

También durante la dictadura, la deuda externa de Haití se multiplicó por 17,5 entre 1957 y 1986. Al momento de la caída de Jean Claude Duvalier, la deuda era de 750 millones de dólares, y la fortuna de la familia Duvalier, depositada en bancos occidentales, de 900 millones de dólares.

La estrella fugaz

Con la caída de Duvalier los aires de democracia empezaron a soplar. Se escribió una nueva constitución y el Creole fue declarado idioma oficial. En medio de aquellos movidos días, una figura empezó a destacar; el cura progresista Jean-Bertrand Aristide, quien finalmente se presentó a las elecciones presidenciales de diciembre de 1990, donde resultó vencedor, gracias a un programa de gobierno que ponía por delante las necesidades de las clases populares en detrimento de los sectores privilegiados por el duvalierismo.

Precisamente por eso, en menos de un año, Aristide fue expulsado del poder por el “Duvalierismo sin Duvalier”, con un golpe de Estado liderado por Raoul Cedras y consentido por los EE.UU. La presión popular se hizo sentir y gracias a ella, 3 años después, Aristide pudo volver a Haití y disolver el ejército. Su retorno, sin embargo, fue vigilado por los EEUU, con condiciones estrictas, como la aceptación de los programas de ajuste estructural del FMI y el Banco Mundial, en efecto esta suerte de políticas impuestas lograron restarle fuerza al movimiento popular liderado por Aristide y frenar la efervescencia de los sectores sociales desfavorecidos y su optimismo en torno a lograr visibilización e igualdad. Al no poder presentarse a un 3er mandato, Aristide cedió el liderazgo a René Preval, quien ganó las elecciones en 1995, para seguir las políticas neoliberales. Aun así, en el 2010, Aristide triunfa una vez más. Entonces, EEUU congeló las ayudas a Haití, argumentando irregularidades en el proceso electoral, e inflamando la tensión que existía en el país entre partidarios y detractores del “Sacerdote de los pobres” que para la fecha venía arrastrando errores y contradicciones de su movimiento, con la repetición, en buena medida, de vicios del Duvalierismo, en torno a la violencia política. En el 2004, Aristide sufre un nuevo golpe de Estado, y fue forzado a subir en un avión camino al exilio en República Centroafricana.

Tras este golpe de Estado, la inestabilidad ha sido el único gobierno posible en una nación condenada al olvido. Esto permitió la entrada al país de las tropas de Naciones Unidas, primero bajo las siglas FMI (Fuerza Multilateral de Intervención) y después bajo el mandato de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH) con el atenuante de que las tropas también estaban compuestas y lideradas por latinoamericanos. ¿Por qué? y ¿qué ha implicado todo esto?

La excusa perfecta

En ese entonces, el objetivo de las tropas era “restablecer la estabilidad política” en el país, pero tras 12 años de presencia ininterrumpida, no lo ha logrado, además se han visto envueltas en graves “polémicas”.

Tras el terremoto del 12 de enero de 2010, que dejó en Port-au-prince y sus alrededores entre 200.000 y 316.000 muertos, según diferentes estimaciones, y con pérdidas valoradas en el 120% del PIB del país, los soldados de la MINUSTAH, mejor conocidos como los “cascos azules”, fueron acusados de introducir una epidemia de cólera en Haití que cobró la vida de más de 10 mil personas y de abusar sexualmente de al menos 225 mujeres locales, un tercio de ellas menores de 18 años, a las que “compensaron” con comida y fármacos, algo similar a lo que hicieron en República Centroafricana, entre diciembre de 2013 y junio de 2014.

Por otra parte, este terremoto movió una suma millonaria de donaciones provenientes de todas partes del mundo. El gobierno haitiano esperaba recibir 14 mil millones de dólares, se recaudaron 11 mil, de los cuales 4 mil millones fueron entregados a la misión y las ONG. ¿Qué pasó con ese dinero? Nadie sabe. Como tampoco se sabe nada de las más de 10 mil Organizaciones No Gubernamentales que operan en Haití sin ningún tipo de supervisión.

Más recientemente el huracán Mathew, acaecido el 4 de octubre de 2016, causó la muerte de 573 personas, dejó 75 desaparecidos y mil 890 millones de damnificados. La ONU hizo un llamado de emergencia para recaudar 120 millones de dólares destinados a atender las necesidades vitales de las víctimas del huracán. Hasta la fecha se ha conseguido el 12 por ciento de la cifra, que parece irse exactamente por el mismo desvío.

Hoy, la Minustah en Haití está integrada por 2.370 militares y 2.601 policías que se mantendrán, en principio, hasta abril del año 2017. Vale acotar que la ONU realizó en sus primeros 40 años de vida 13 “misiones de paz”. Durante los siguientes 20 años, el número se triplicó: fueron creadas 43 más. Hoy existen 18 supuestas operaciones de paz, que utilizan alrededor de 81000 militares y policías de 112 países. Estas misiones están en países como Liberia, la República Democrática del Congo, Timor Oriental, Kosovo y Líbano. Absolutamente ninguna ha dejado saldos verdaderamente positivos.

Por eso, hace apenas 4 meses, más de un millón de personas se manifestaron en Burundi para rechazar el envío de 228 efectivos al país. Mientras que Sudán del Sur denunció como los denominados “cascos azules” abandonaron sus posiciones para esconderse en sus bases durante un ataque a la ciudad de Yuba, el pasado 11 de julio. A la par, el pueblo libanés repudio que la tropa de la MINUSTAH en su país esté envuelta en una red de tráfico de productos alimentarios en al menos cinco de los 21 puntos de distribución existentes.

¿Hermanos latinoamericanos?

La presencia de una fuerza de ocupación -independientemente de sus fines- compromete la soberanía de un país. El componente militar de la MINUSTAH está liderado por latinoamericanos. Hasta algunos de los llamados gobiernos progresistas sudamericanos, con la excepción de Venezuela, enviaron tropas, policías y funcionarios. Los motivos por los cuales algunos países sudamericanos contribuyen con esta misión de la ONU parecen tender más al pragmatismo que a la solidaridad, Brasil; -que comanda la misión- por ejemplo; quiere cumplir con el reto impuesto por occidente para ingresar al club de países “grandes”, entonces Haití es la plataforma con la cual se le puede demostrar a la comunidad internacional que el gigante del sur si puede “mantener la región en orden”. Probar el funcionamiento, dotar de experiencia a las tropas, y quedar bien con los gringos también tiene su peso en esto de “dotar de estabilidad” a Haití.

Haití se ha vuelto dependiente de la ayuda internacional que constituye el 68% de su PIB, ¡el país ya no produce! Pero hoy la dependencia no es solo económica. El vacío que dejaría un hipotético retiro de los miles de funcionarios civiles y militares que hoy están en Haití, pondría en riesgo no al país, sino al gobierno de turno que no tendría en qué apoyarse para seguir en el poder. La misión de los países latinoamericanos debería ser mantener el orden o ¿dejamos que la problemática estructural, las “crisis no resueltas”, la desigualdad y la pobreza las resuelvan los haitianos sin sus hermanos?

¿Y quién pone la plata?

Pero además, los cascos azules suelen construir mini ciudades a partir de estructuras rectangulares a las que llaman “corimec”, proporcionadas por la propia ONU, en donde funciona la “central” de la misión. En estos espacios hay agua potable, luz y conexión a internet las 24 horas, canteros con flores, salas con televisores LCD, gimnasios, consultorios odontológicos, policlínicas con camas de internación, y hasta una estación de radio, como el caso de Goma, al pie del volcán Nyiragongo, en el Congo.

Sin contar que, un soldado, es decir, el grado más bajo en el escalafón de los subalternos, además de percibir el sueldo mensual por parte de las Fuerzas Armadas de su país, obtiene también una cifra cercana a los US$ 10 mil, el monto que paga Naciones Unidas. ¿El dinero que deberían utilizar para verdaderamente reconstruir a las naciones?

Asimismo, y aprovechando las facilidades que da trabajar para las Naciones Unidas, como los vuelos gratis entre distintas ciudades, los militares utilizan sus días de franco y su licencia anual para hacer turismo. Uganda, Ruanda, Tailandia, Kenia o India son algunos de los destinos elegidos. Nuevamente, lo que para algunos representa una tragedia, para otros es un negocio más.

Bervum