Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Va a ser difícil digerir el resultado de las elecciones que dieron al republicano Donald Trump la presidencia de Estados Unidos. La guerra sucia que desató durante la campaña, los insultos y escándalos que lo rodearon y, más aún, las inquietantes posturas sobre temas tan delicados como la seguridad, la inmigración o el libre comercio hicieron que el mundo recibiera conmocionado la noticia de la inesperada derrota de Hillary Clinton. No se dio la feliz circunstancia histórica de una primera mujer a la cabeza de la Casa Blanca. Sí, la del primer antipolítico.

Pero así son la democracia y sus reglas, y a ellas hay que atenerse por encima de cualquier consideración partidista o ideológica. Por lo mismo, no se debe entrar en pánicos estériles, pues la lógica hace pensar que uno es el tono del candidato en pleno fragor de la batalla electoral y otro, el del presidente, investido de la autoridad que da el cargo más influyente del mundo. Ayer, por ejemplo, ya no pidió cárcel para Clinton, sino un aplauso por sus servicios a la nación.

De hecho, el sistema institucional estadounidense está concebido para no dejar que un líder acumule demasiado poder, y un sofisticado sistema de pesos y contrapesos no permite, en teoría, la irrupción de tiranuelos. Esto, incluso, ante el escenario de que Trump controlará el Ejecutivo, su partido seguirá teniendo mayoría en las dos cámaras legislativas y es previsible que los conservadores asuman el control de la Corte Suprema de Justicia.

Esta misma perspectiva de serenidad debería aplicarse a los asuntos de la agenda bilateral entre Bogotá y Washington, en particular en tres temas sensibles: el proceso con las Farc y el denominado Plan Paz, narcotráfico y TLC. Estos ítems están a la espera de una señal de la nueva administración, dado el grado de involucramiento que con ellos llegó a tener el saliente gobierno de Barack Obama. Al respecto, no sería realista esperar cambios drásticos o radicales, toda vez que la política en los tres aspectos mencionados ha contado con apoyo bipartidista, y gobiernos tanto republicanos como demócratas han intervenido en su confección. A lo sumo vendrían algunos ajustes en vista de los intereses del nuevo gobierno, en especial si siguen creciendo los cultivos de coca, pero nada que dé motivos para la alarma. Lo que no significa que Colombia deje de hacer las tareas diplomáticas de rigor.

Más allá de este impacto, y en un plano más global, llama la atención que EE. UU. no se libró del fenómeno populista o antiestablecimiento, que ya no es una lucha entre ricos y pobres, ni tampoco entre paradigmas ideológicos de izquierda o derecha. Es más el reflejo del profundo descontento que hay en la sociedad con la clase política y las instituciones tradicionales, y que de alguna forma se hizo presente tanto en el ‘brexit’ británico como en el triunfo del No en el plebiscito por la paz en Colombia. Es claro que los populistas saben decir lo que la gente quiere escuchar, y en ese sentido las iniciativas y los partidos progresistas y garantistas deben volver a escuchar a las gentes. Una lección invaluable en estos tiempos en los que extrañas y controvertidas justas democráticas ponen el mundo patas arriba.

El Tiempo