Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Hablar de “violencia de género” en lugar de “violencia contra las mujeres” fue un paso crucial – fruto del trabajo de académicas y activistas feministas- para comprender que este no es un asunto únicamente de hombres con problemas psicológicos individuales. Sino, que forma parte intrínseca de un sistema social que distribuye el poder de manera asimétrica y jerárquica entre lo femenino y lo masculino; donde lo primero está claramente subordinado a lo segundo.

Gayle Rubin (1975) en su célebre artículo “Tráfico de mujeres…” afirma que “Una mujer es una mujer, sólo se convierte en doméstica, esposa, mercancía, conejito de playboy, prostituta o dictáfono humano en determinadas relaciones” (p. 96). Parafraseando, se podría afirmar que una mujer solo se vuelve vulnerable a la violencia doméstica, al acoso, a la violencia sexual, al feminicidio, a la trata y a un largo etc. en el contexto de las relaciones de poder que configuran el sistema de género.

Esta mirada sistémica muestra que la violencia contra las mujeres, además de manifestarse de manera directa e interpersonal, es estructural y simbólica. Por ejemplo, diferencias salariales y de acceso a poder político; cargas desproporcionadas en la economía de los cuidados y el trabajo doméstico; situación legal desfavorable en relación con la autonomía y los derechos sexuales y reproductivos. Esto último, muy evidente en las leyes que penalizan el aborto, o programas como el de las esterilizaciones forzadas de los noventa, donde mujeres pobres e indígenas fueron las más vulneradas.

Masculinidad y violencia

Rita Segato (2003) en “Las estructuras elementales de la violencia”, nos explica que la persistente violencia contra las mujeres por parte de los hombres, es consustancial al vínculo entre lo masculino y lo femenino. Se trataría de una especie de “tributo” que extraen los hombres de las mujeres a fin de sostener otro tipo de relaciones más igualitarias y relevantes para ellos: los vínculos con sus pares masculinos.

La construcción de la masculinidad -ese privilegio- exige demostración permanente y se valida en el encuentro entre iguales (otros hombres) en dinámicas basadas en muestras de poder sobre desiguales (mujeres y hombres feminizados) que van desde el fanfarroneo sobre conquistas sexuales, bromas homofóbicas, hasta asuntos como la violación y el feminicidio.

Según Segato, mal haríamos en entender la violación o el feminicidio únicamente como mensajes de odio hacia las mujeres. Estos serían parte de una gramática de comunicación entre hombres, ya sea que estén presentes materialmente (violaciones colectivas), o no (“interlocutores en las sombras”). Al violar se comunica una virilidad extraída del cuerpo femenino. Al matar se restituye la honra masculina despojada por presuntas infidelidades o abandono (justificaciones más frecuentes).

Sobre el caso extremo de las violaciones callejeras dice Segato: “La entrega de la dádiva de lo femenino es la condición que hace posible el surgimiento de lo masculino y su reconocimiento como sujeto así posicionado. En otras palabras, el sujeto no viola porque tiene poder o para demostrar que lo tiene sino porque debe obtenerlo” (p.40). Es inevitable la analogía: la masculinidad, como el capital, requiere un cuerpo, un territorio, del cual extraer para ser y nutrir su poder.

Trascender las jerarquías aparece como la única salida del ciclo estructural de la violencia de género. No se trataría solo de trascender el patriarcado (una forma específica de organización del género) sino del utópico horizonte de trascender el género del todo. ¿Qué otra cosa podría significar igualdad plena? ¿Acaso existe algún ejemplo de un sistema genéricamente diferenciado sin jerarquías?

Apelar a argumentos como que “el hombre de verdad no lastima a las mujeres” o “el valiente no es violento” (frases usadas en campañas contra la violencia de género) no hace más que reforzar el tipo de masculinidad que contiene el germen de la violencia. Una contradicción de términos.

Más violencias y necesarias alianzas

La organización del género está fundada sobre la heterosexualidad en la mayor parte de sociedades conocidas. Por eso, el sistema de género está en el origen de la opresión contra otro tipo de prácticas e identidades sexuales sobre las cuales impone estigma, discriminación y violencia cotidiana, lo cual afecta de maneras múltiples a mujeres y hombres de las comunidades de Trans, Lesbianas, Gays, Bisexuales, Intersexuales y Queer (TLGBIQ). La transfobia, lesbofobia y homofobia tienen por función intentar desesperadamente restablecer el principio heteronormativo que a su vez sustenta el poder de la masculinidad hegemónica. Es por eso que las luchas feministas y las de los movimientos TLGBIQ tienen importantes puntos de encuentro.

Finalmente, a pesar de todos los privilegios, la masculinidad hegemónica también violenta a los sujetos que la detentan. El elemento de subordinación en la escala jerárquica, aun cuando es el principal, no es el único que genera violencia en el sistema de género. Las exigencias asociadas a ese poder son muy tenaces. La demanda de fortaleza a toda prueba, por ejemplo, genera un tabú en torno a la violencia sexual cuando es sufrida por hombres, por ser una experiencia que los feminiza y debilita. Ello reduce las posibilidades de denuncia y búsqueda de justicia, y genera falta de empatía en la sociedad ante estas situaciones.

No se puede afirmar que todxs están afectados por la violencia y con ello oscurecer el lugar particularmente desfavorable de la mujer. Relativizar la violencia contra la mujer diluyéndola en medio de otros tipos de violencia sería ridículo. Sin duda, la violencia contra la mujer y hacia el polo de lo femenino es de lejos la más flagrante y endémica. Pero vale la pena señalar que el lugar del hombre como aliado en esta lucha no pasa por el de simple benefactor desde una incuestionada masculinidad hegemónica. Tampoco pasa solo por un idealismo igualitario, progresista, entendido como generoso al renunciar a sus privilegios desde la empatía. El sistema de género también violenta y reduce las potencialidades humanas de los hombres de modo que ellos no solo tienen que perder, sino también que ganar si el sistema se transforma.

Más que de violencia de género podríamos hablar del sistema de género en sí mismo como una forma de violencia.

*Antropóloga, magister en Género y doctora en Salud Colectiva. Investigadora del Centro de Investigación Interdisciplinaria en Sexualidad, Sida y Sociedad de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

Otra Mirada