Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Los latinos no fueron lo suficientemente activos y los varones blancos, en cambio, votaron con ganas: sintieron ganas de ir a votar y lo hicieron. Fueron protagonistas de la guerra interna que les propuso Donald Trump. Pusieron su rabia en las urnas.

El matrimonio entre los hispanos y el Partido Demócrata tiene poco más de 50 años. Muchos demócratas en el siglo XIX eran tan racistas que algunos hasta se opusieron al robo y la anexión de territorios que pertenecían a México. Y no porque respetasen la soberanía mexicana sobre California. El esclavista John Calhoun llegó a decir: “Nunca hemos soñado incorporar a nuestra Unión raza alguna que no sea caucásica: la libre raza blanca”. Agregaba: “Protesto contra la unión con México porque el nuestro es un gobierno de la raza blanca”. Recién en 1960, con John Fitzgerald Kennedy, los demócratas comenzaron a seducir a los hispanos o latinos. Lo lograron. Desde ese momento el voto mayoritario de la comunidad latinoamericana en condiciones de sufragar fue siempre para los candidatos del Partido Demócrata. El análisis final dirá hasta qué punto eso se concretó ayer en masa.

Según cifras de la ONG Votolatino.org cada 30 segundos un ciudadano norteamericano de origen latino cumple los 18. Son 803 mil en un año. Esa progresión hizo que en estas elecciones los latinos alcanzaron los 27,3 millones de votantes potenciales. Pero no todos se registraron pese a la campaña popular para que lo hicieran. Y ni siquiera todos los registrados votaron. Ya en 2012 el 41 por ciento de los latinos no se había inscripto para votar, un fenómeno muy marcado entre los menores de 30 años.

La otra organización importante además de Voto Latino es CHCI, un instituto motorizado por los congresistas de origen hispano que preside la representante (diputada) Linda Sánchez, hija de inmigrantes mexicanos. En el directorio figuran también los ejecutivos latinos de corporaciones, como Rudy Beserra de Coca-Cola, Ed Loya de Dell, Mario Lozoya de Toyota, y una dirigente sindical como Esther López, de los trabajadores de comercio.

Naturalmente no todos los dirigentes latinos son demócratas. Dos de los derrotados por Donald Trump en la interna republicana fueron Marco Rubio y Ted Cruz. Dos hispanos.

Y es obvio que, en la historia de las últimas décadas, los latinos que llegaron al Departamento de Estado no fueron los más flexibles hacia los cambios en el sur del continente. Basta pensar en el ex embajador en la Argentina Lino Gutiérrez o en el ex subsecretario de Asuntos Interamericanos Roger Noriega, un promotor de las acciones contra los gobiernos de Cuba y Venezuela y coautor de la ley Helms-Burton de 1996 que completó el bloqueo contra la isla castigando a las compañías de terceros países que comerciaran con ella.

En buena medida las posiciones políticas de la élite latina conservadora estuvieron determinadas por el conflicto con Cuba y la influencia del lobby anticastrista de Miami guiado por la Fundación Cubano Americana de Jorge Mas Canosa.

El lobby cubano de ultraderecha no desapareció pero perdió influencia por razones biológicas (las nuevas generaciones no tienen el odio de las viejas, un odio forjado en la Guerra Fría o en el propio exilio), por la mayor plasticidad de La Habana y por el crecimiento relativo mucho mayor de los latinos originarios de otras comunidades, notoriamente los de origen mexicano. Este contingente no tiene la política exterior como tema principal de su agenda sino las cuestiones de radicación, de trabajo y de comercio.

En los años 60 los latinos se preocupaban por el chicano pobre. En los ‘90 por el refugiado debido a la crisis mexicana, la violencia narco y la violencia de la guerra antinarco. En un ensayo recogido por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales el investigador José Manuel Valenzuela Arce escribió que ya no se puede entender qué sucede en México sin comprender el México de afuera, las redes comunitarias transnacionales y las industrias culturales. La frontera de tres mil kilómetros es a la vez un tema permanente y un límite que otros fenómenos traspasan y superan sin que por ello la supriman.

Los Estados Unidos de hoy no se entienden sin la migra, el servicio de patrullas que impide el cruce de los mexicanos hacia tierra norteamericana y luego persigue a los ilegales. En el mercado mexicano de Los Angeles la mayor cantidad de cartelitos promociona abogados especialistas en litigios de residencia. Y los que pasaron los obstáculos legales, ¿votan?

Canta Lila Downs: “Los hombres barbados vinieron por barco/ y todos dijeron mi Dios ha llegado/ ahora pal’ norte se van los mojados/ pero no les dicen welcome hermanos”. Y también: “Si el dólar nos llama la raza se lanza/ si el gringo lo pide al paisa le cuadra/ los narcos, la migra y el border patrol/ te agarran, y luego te dan su bendición”. Downs, de 48 años, nació en Oaxaca de madre indígena y padre norteamericano y a los 14 se radicó en los Estados Unidos.

Según escribió el estudioso Arturo Santa Cruz en el libro “La segunda presidencia de Obama”, que compiló el chileno Luis Maira, el voto latino en los Estados Unidos tiene dos raíces. Por un lado la raíz económica. En 2013 el ingreso promedio de los hogares latinos es de 38.039 dólares anuales, contra 51.861 dólares promedio de los hogares blancos. Los negros están todavía peor: 32.584 dólares de promedio. Entre los latinos la tasa de desempleo es tres puntos mayor que entre los blancos. Salvo en los estratos superiores, como los ejecutivos de Wall Street, hasta 2012, al menos, la relación entre voto y nivel socioeconómico fue directa. En las anteriores elecciones el 63 por ciento de los votantes con ingresos inferiores a 30 mil dólares anuales votó por Barack Obama. Tantos perjudicados, ¿votaron?

La otra raíz del sufragio es identitaria y hace que incluso sean mayoría los latinos que votan a los demócratas entre los sectores con ingresos superiores a los 80 mil dólares. La identidad es la noción de pertenencia a un mismo grupo social construida de manera muy fuerte en las marchas por la igualdad de los migrantes después de los años 60 e incluso en los 80. En las encuestas el 100 por ciento de los latinos o hispanos se identifican como tales. Lo hacen por esa idea de pertenencia, por lucha contra la discriminación o en menor medida como primer paso para emprender acciones colectivas.

La mayoría de los latinos piensa que el Partido Republicano o no se preocupa por ellos o es abiertamente hostil hacia los hispanos. Un espanto que el discurso racista de Trump. Sin embargo, el miedo no se convirtió en una fuerza política arrolladora capaz de vencer la inercia para que, más allá de sus creencias pasivas, los latinos se hicieran practicantes del voto. Esta ecuación entre crecimiento demográfico y nivel de sufragio efectivo será clave para un país donde, en 2060, los hispanos serán 138 millones. Uno de cada tres norteamericanos del futuro.

Página 12