Por Eliana Gilet

Su acento resuena en un auditorio colmado al final de la conferencia inaugural del Congreso de Comunalidades, en Puebla, México, durante la última semana de octubre. Tiene tanto para decir que el tiempo no le alcanza y se lamentará a medida que la memoria le vaya tirando esas ideas que le iluminan el gesto, franco, amable, como destellos.

“Me parece importante establecer, en contra de la teoría dominante, que el capitalismo ha producido escasez, no riqueza. Al menos para nosotros ha sido un empobrecimiento. Hemos perdido nuestra relación con la naturaleza. ¿Cómo podían los polinesios navegar el mar sin instrumentos, sólo con la comprensión que su cuerpo hacía del vaivén de las olas? Yo no puedo comprender esto. Hemos perdido nuestra relación con nuestro cuerpo y con los demás. Nos ha recluido a estas cosas pequeñas, aisladas, que tienen miedo de los otros. El empobrecimiento es no ser capaz de comprender y apreciar la riqueza que significa la relación con los demás”. Silvia Federici la comprende por eso sonríe, paciente, ante la larga fila que carga en sus manos un libro o un cuaderno para que le dedique, para que exponga sus ojeras de septuagenaria ante las cámaras que la fotografían una y otra vez.

Nacida en Parma, Italia, Federici fue una de las principales exponentes de los distintos feminismos que explotaron en la década de 1970, y cuando tiene que presentarse no duda en plantar en ese momento las raíces de su pensamiento. Catalogarla de “marxista”, como dicen los manuales, no alcanza porque en realidad es más. Lo ha ampliado y transformado, como ella misma ha dicho. ¿Dónde quedan las mujeres en la lucha de clases? La clave de esa respuesta fue centrarse en la división del trabajo y el “gran territorio de explotación” que significa el trabajo doméstico. “El capitalismo se apropió del trabajo no pagado, se construyó sobre la degradación del trabajo de reproducción y del cuidado. Pero no es un trabajo marginal sino el más importante, porque produce sobre todo la capacidad de la gente de poder trabajar”, ha dicho.

Su obra fundamental se titula “Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria”, editada en 2004, en la que hace un estudio histórico de la Caza de Brujas que se da a partir del siglo XV. Ese momento en que la división de la tierra en Europa, en los orígenes del capitalismo, fraccionó las tierras comunales en pos de propiedades individuales, que fueron entregadas al varón. En aquella instancia en dónde el cultivo para el sustento se separó del cultivo para el mercado, expulsando a las mujeres a un segundo plano, en cuyos cuerpos se libraron las batallas que llevaron a muchas de ellas, sobre todo a las viejas depositarias de saberes y cultura, a la hoguera.

Cuando la fila de los autógrafos termina, Federici se dispone a la entrevista. Tiene la capacidad de acortar la distancia en segundos, como quien acaricia las manos de alguien que tiene frío, instintivamente, lo conozca o no. Se le mezclan un poco las palabras: “hablar en español cuando estoy cansada no es fácil”, dice, pero hace el esfuerzo, atenta a la primera pregunta.

-¿Hay una explicación histórica para el aumento de la violencia contra la mujer?

-Es importante reconocer que la violencia ha estado siempre presente en forma potencial en la relación entre hombres y mujeres en esta sociedad. Muchas mujeres son golpeadas si no han preparado la comida, a muchas mujeres se les dice que no deben salir de noche, que deben quedarse en casa atendiendo a sus hijos como una parte de reglamento del trabajo doméstico.

Creo que hay muchas razones para el aumento de la violencia. La primera es la búsqueda de autonomía, por el rechazo a cumplir con los servicios que tradicionalmente han brindado a los hombres. Es una búsqueda que las orilla al peligro. Por ejemplo, con la inmigración: las expone a la violencia con las autoridades en la frontera, en el trabajo en casas de personas que no conoce, que la maltratan. Esto no quiere decir que las mujeres deban quedarse en casa, sino denunciar una situación de mucho riesgo en el empleo para alcanzar la independencia económica. En segundo lugar, pienso que las mujeres han estado y están involucradas en tantas luchas que la violencia no les viene sólo de hombres individuales, sino que es violencia de Estado y de los paramilitares.

Federici se planta en este punto de su discurso que no es menor, dice. “Las mujeres han defendido un uso no comercial de la riqueza natural porque tienen una concepción distinta de qué es lo valioso ¿Qué te da la seguridad? No tienen confianza en el dinero, sino en la seguridad de tener animales, vacas, árboles. Hay violencia en contra de ellas porque son las protagonistas de tantas luchas”.

-¿Puede trazarse un puente entre aquellas violencias de la Edad Media con las actuales?

-En las últimas dos décadas se ha dado una nueva forma de lo que Marx llamó “acumulación primitiva u originaria”, una nueva ola de ampliación sin mesura del mercado global, para lo cual debe desplazarse y destruir muchas comunidades. Se ataca a las tierras comunales pero también a las relaciones que produce la gestión comunitaria de la tierra.

El ataque a la mujer es fundamental hoy como lo fue en el siglo XVI y XVII porque son las mujeres quienes mantienen unida la comunidad, son las que están involucradas en el proceso de reproducción, son las que defienden más directamente la vida de la gente. Atacar a las mujeres es atacar a la comunidad.

-¿Qué es lo que ha generado esta nueva etapa de producción capitalista orientada únicamente al mercado financiero?

-Otro problema que me parece importante es que nos han hecho un lavado de cerebro exactamente sobre estos temas, nos convencieron que la producción es un fin en sí misma, que nada la equipara en valor, que lo sabio es someter la vida humana a la producción. Es uno de los principios fundamentales del capitalismo y para ello todo es legítimo: el asesinato, el despojo, la guerra.

Pero esto también ha penetrado en nuestra personalidad, lo hemos incorporado. Hace muchos años que siento que el monstruo está en nosotros mismos. Por ejemplo, que se tiende a reducir el tiempo que se da a la amistad, al amor, a la convivialidad. Raúl Zibechi me comentaba que el tiempo compartido es una de las claves en las comunidades zapatistas. Me parece fundamental y a la vez tan difícil, porque debemos cambiarnos a nosotros mismos, convencernos que una de las riquezas más grandes son las relaciones con los otros. Y que una de las tareas más grandes es desarrollar nuestra personalidad.

Se le da valor a un teléfono nuevo, pero no a la capacidad de los seres humanos de ser más solidarios, de no tener hostilidad, de no tratarnos como enemigos. No se da valor al desarrollo de la capacidad de comprensión, compasión y empatía con el resto. La colaboración es importante en el capitalismo sólo cuando sirve para producir algo que se puede comercializar, por eso es que necesitamos un cambio de subjetividad.

Encontré estas mujeres en una villa de Buenos Aires que me impresionaron por la personalidad tan rica que tenían. Habían hecho asambleas y discutido sobre lo que necesitaban. Esto significaba un montón de trabajo, pero sobre todo, un montón de decisiones. Cuando te mueves fuera de la lógica del Estado y del mercado todo es riesgo, y debe medirse bien qué es lo importante y qué no lo es. Solamente en una relación de solidaridad eso se puede definir.

-¿Las nuevas formas de resistencia pasan por el encuentro?

-El concepto de crear lo común significa también reconstruir el tejido de nuestras sociedades. Cada ola de desarrollo capitalista ha destruido las relaciones de confianza, de conocimiento, el vecinado.

Por ejemplo, en Estados Unidos en los últimos 30 años, la reestructuración territorial ha destruido todas las comunidades del noreste. Allí donde la gente trabajó durante años y habían construido formas de contra poder porque se conocían, y sabían que cuando había una huelga, tu vecino estaba a tu lado, podía apoyarte. Todo ha sido destruido. ¿Por qué es tan fácil hoy expropiar, gentrificar (recambiar la población de un lugar)? Porque no hay nada que una a la gente a los lugares. Hay ciudades americanas donde toda la población es nueva. No se conocen, entonces, no tienen capacidad de resistencia. La gente no es loca. No puedes resistir a la opresión y la dominación si no tienes confianza de que otros van a luchar contigo.

-¿Qué efectos tiene esta etapa global sobre nuestros cuerpos?

-El cuerpo de la mujer es tratado cada vez más como una máquina. Un ejemplo son los vientres de alquiler, en que a las mujeres que son fertilizadas no se las trata como a las madres de los bebes que engendran. Se les prohíbe, en los contratos que firman, desarrollar afecto por ese niño que van a parir.

Otro ataque tiene relación con la cosmética. En el movimiento feminista, las mujeres habían luchado contra la estética como disciplina, que había sido usada para dividir a las mujeres. Esta comercialización del cuerpo de la mujer está regresando. Aunque creo que el campo donde se ve mejor es en la salud. El cáncer al pecho es un ejemplo paradigmático de cómo se imponen terapias que no tienen consideración de lo que las mujeres sienten, de sus miedos, de la posibilidad de curas alternativas.

Otro capítulo importante es el de la maternidad. En Estados Unidos, en Tennessee, se aprobó en Agosto del año pasado una ley que establece la pena de “asalto agravado” a las mujeres que usan marihuana cuando están embarazadas, por las que se las puede dar una pena 15 años. Lo consideran como una forma de homicidio del feto, que tú lo asaltas. Muchas veces digo que el cuerpo de la mujer es la última frontera del capitalismo, producir vida por fuera de su cuerpo. Es la última frontera que no ha sido capaz de vencer.

El Furgón