Loser, perdedor, es una de las palabras preferidas de Donald Trump. La enciclopedia estadounidense Merriam Webster, señala que loser es una persona que no es exitosa o atractiva. Trump llegó a decir que Jesús era “un socialista loser” porque alimentaba a los pobres y sanaba a los enfermos. “No tengo respeto por él, no creo que sea muy bueno como deidad.. Nunca fue dueño de casinos, nunca se casó con una modelo, como yo. Creo que está sumamente sobrevalorado”. Amén.

Loser es una palabra que aparece permanentemente en los medios de comunicación, en las tiras cómicas, naturalizando maneras despectivas y discrimanadoras para dominar a los otros. No se trata de ser el mejor para eventualmente ganar, sino de ganar para ser considerado el mejor, la falacia vigente del mercado, la ideología mercantil-empresaria trasladada al amor, al poder político, las artes, la fama y, sobre todo, la popularidad.

“El perdedor es el que no gana; el ganador (winner) es el que se impone entre pares y gana (solo él) (…) En la sociedad contemporánea, en la vida cotidiana, en la realidad concebida/ pintada/vendida y celebrada como territorio de competencia y confrontación (la cultura generada por la ideología capitalista) solo caben ganadores (pocos) y perdedores (todos los demás)”, señala el argentino Juan Sasturain en su Manual de Perdedores.

Para el portal loser.com, Trump es un loser, porque de self-made man no tiene nada: es hijo de un constructor millonario, con palacio en Palm Beach “y un indecoroso escaqueo para no cumplir con el servicio militar” según el diario español La Vanguardia. Claro, además, de xenófobo, racista, misógeno.

El arco completo del gremio liberal pensante estadounidense –señala José Steinsleger- subestimó la profecía de los Simpson cuando anunciaron la llegada de Donald Trump en Bart al futuro (19 de marzo de 2000). ¿Ficción, realidad? La verdadera discriminación consiste en separar alta y baja cultura. Porque el único muro realmente existente en Estados Unidos es el muro mental que los Trump erigieron durante 240 años.

Bastaba con mirar con la cabeza fría el abandono que sufren millones de norteamericanos a los que les prometen diariamente una dieta de sueño americano y apenas llegan a meterse en la boca la sensación de ser uno más de esos loser de las peores series, señala el español Juan Carlos Monedero.

“Entre una amiga de los banqueros -decía Hillary Clinton que el socialismo de Sanders era un terrible peligro- y un rico, la gente escogerá al rico. Porque saben que es el jefe. Aún más si es hombre. Porque la estructura laboral, los anuncios, los cuidados, el ejército, los salarios y la violencia recuerdan a cada paso que los que mandan son los hombre. Y los ricos. Lo que pasa en nuestras sociedades es estructural”, añade.

En los debates con Clinton, el enfoque no estuvo tanto en la economía, las guerras, la lucha antiterrorista o el cambio climático, sino en el sexo, las mentiras, las videograbaciones y los correos electrónicos. Eran momentos de un éxodo de políticos republicanos de la campaña, como resultado de declaraciones grabadas hace una década que revelan su agresión sexual contra mujeres. Los asesores de Trump rescataron su campaña con sexo, mentiras y videos.

Lo cierto es que las mejoras con Barack Obama, han sido mínimas y hoy los ricos son infinitamente más ricos y los pobres son más y más pobres. La ciudadanía estadounidense, saturada audiovisualmente, tuvo delante un dilema difícil de digerir: elegir a alguien que va a mandar todo al diablo, o más de lo mismo.

Y, como en los años treinta, en una situación de desempleo, de precariedad laboral, de impunidad política, de violencia estructural y guerra, de miedo y amenaza, los fantoches de la extrema derecha emergen

Trump, los medios y las redes

Buena parte de la prensa hegemónica muestra hoy su pesadumbre por creer que son ellos mismos los que han alimentado a la figura de Donald Trump, regalándole una cobertura mediática por valor de casi 2.000 millones de dólares a Trump (contra 746 millones para Clinton, 321 millones para Sanders o 313 para Cruz). Lo cierto es que sus publicistas bien sabían que cualquier información sobre él generaba una inmensa cantidad de visitas, mejoraba todos las cuantificaciones de audiencias.

Son muchos los estadounidenses que desprecian la supuesta ecuanimidad de la prensa convencional. Quieren reafirmarse en sus convicciones previas, y para eso ya disponen de unas redes sociales que se han convertido en círculos cerrados de partidarios y detractores. Lo cierto es que Trump tiene más seguidores en twitter que el Wall Street Journal o el Washington Post, que los blogs y páginas web de la llamada “derecha alternativa” (alt right) como Breitbar.com, y de una cadena tan influyente en el debate político como Fox News, propiedad del ultraconservador Rupert Murdoch.

Trump se nutre de la atención de los medios, pero también sabe que a medida que la prensa se hunde en la estimación del público, cualquier cobertura dura de él se hace menos creíble.  Los medios principales –especialmente las televisiones, y entre ellas CNN-se han sentido obligados a expiar el pecado de haber dado un tiempo de cobertura excesivo a una candidato histriónico y arrogante que, no nos engañemos, elevaba los índices de audiencia, señala Rafa de Miguel en El País de España.

Ronald Reagan fue el primero en darse cuenta de que, en la era de la televisión, bastaba con suministrar imágenes atractivas para dar de comer a los informativos, y así permitió que se lo grabara caminando por los jardines de la Casa Blanca al helicóptero presidencial. Entre el ruido ensordecedor del motor y las aspas, quedaban apagadas las preguntas sobre el escándalo del Irán-contras y sólo se veía a un presidente sonriente y enérgico que saludaba a los pocos curiosos congregados.

En este mundo paralelo del que se nutren los seguidores de Trump, da igual que lo que se cuenta  sea verdad o no. Algunos medios hablan ya de la “era postfactual”, o de la era “postverdad”. Los vehículos para la transmisión de los mensajes ya no son los “medios”, sino los dispositivos móviles y la llamadas redes sociales. Nada importan las calumnias o las injurias porque el (inexistente) código ético y profesional de estos no tiene nada que ver con el periodismo tradicional, tal y como se entendió y veneró en Estados Unidos liberal.

No sé de qué nos extrañamos: es con lo que somos bombardeados todo el día en nuestras casas, en nuestros televisores, radios, periódicos, en nuestras comunicaciones o recepciones por internet, en las redes sociales, por intermedio de información (incluyendo la imposición de imaginarios colectivos en esta llamada guerra de cuarta generación, a través de mentiras, medias verdades, mensajes únicos, golpes bajos, manipulación), publicidad y entretenimiento, llámese series de televisión o ciberjuegos.

También es cierto que la mitad de la población de Estados Unidos no ha leído nunca un periódico. Y la mitad de los norteamericanos no ha votado nunca a un Presidente, como recordaba Gore Vidal.

Aprendiendo a leer a Donald

La victoria de Trump debe leerse en el marco de una tendencia mundial de ascenso de movimientos populistas con caracteres derechistas y xenófobos que se viene expresando en Europa, EE.UU. y partes de América Latina o Asia, que en pocos meses ha conseguido dos triunfos importantes, el del Brexit y el de Trump.

Estos movimientos populistas derechistas están encauzando el profundo malestar existente entre amplias capas populares contra los efectos de la globalización a través de discursos demagógicos que señalan las soluciones en el impedimento de entrada o expulsión de los inmigrantes y en el reforzamiento de los sentimientos nacionalistas. Tanto EE.UU. como Europa comparten una fuerte presión migratoria de vecinos mucho más pobres, de áreas geográficas (en el caso europeo) asoladas por las guerras.

Esto es percibido por los estratos de trabajadores nacionales menos cualificados como una competencia por empleos cada vez más escasos y peor remunerados, y por unos recursos sociales públicos en retroceso, desde el desencadenamiento de la crisis económica actual y el desmontaje de los llamados estados de bienestar. Y, de allí, las amenazas xenófobas relacionadas con la inmigración; los objetivos proteccionistas que pueden variar la trayectoria de la frustrante globalización neoliberal impulsada desde la administración de Ronald Reagan.

Junto a ello, amenaza con una nueva arquitectura de las relaciones internacionales con tendencia a un mayor aislacionismo y un nuevo enfoque sobre los aliados, para hacerla más favorable a los intereses de las corporaciones estadounidenses,  sustituyendo algunos de los grandes tratados comerciales existentes o en curso por acuerdos bilaterales dónde se impongan más nítidamente los intereses propios. Reagan tenía en la mira a Rusia, Trump en cambio, tiene a China.

Hace “apenas” 44 años, el chileno Ariel Dorfman y el belga Armand Mattelart, escribían

“Para leer al Pato Donald”, donde señalaban que las historietas de la factoría Disney no sólo eran un reflejo de la ideología de la clase dominante, sino, además, eran cómplices activos y conscientes de la tarea de mantenimiento y difusión de esa ideología.

En la representación del buen salvaje, el indígena es tonto por naturaleza, no entiende el uso de las cuantiosas riquezas con las que cuenta y por eso debe ser expoliado de ellas. Es fácil engañarle y recibe gustoso tecnología a cambio de los tesoros que esconde. Así, enseñaban al lector como opera la usurpación imperialista.

El lado más peligroso está en el Trump “populista”, que amenaza no solo a Cuba y Venezuela, sino también a  México y los migrantes, porque junto al nacionalismo interno, puede reanimar el intervencionismo en América Latina, al estilo del cowboy Teddy Roosevelt , a inicios del siglo pasado.

Hoy debemos aprender a leer a este nuevo Donald, deshojando la realidad virtual, para entender qué puede pasar en nuestra América latina, para dejar de seguir comprando espejitos de colores.

(*) Magister en Integración, periodista y docente uruguayo, fundador de Telesur, director del Observatorio en Comunicación y Democracia, presidente de la Fundación para la Integración Latinoamericana.